Todo Melville

Jean Pierre Melville (1917-1973) pertenece a la tribu de esos pocos directores –sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX– de quienes podría afirmarse que el cine actual no sería el mismo sin su sello. Entre octubre y noviembre, con motivo del centenario de su nacimiento, la Cineteca Nacional ha organizado una retrospectiva completa del más reciclado y destilado autor del cine francés.

El gángster solitario que padeció alguna catástrofe histórica de la cual nunca habla, de amores imposibles, condenado a muerte cuando acepta su último trabajo, continúa renaciendo en el cine americano y asiático.

Todo en Melville –pseudónimo de Jean Pierre Grumbach en honor al autor de Moby Dick es diseño y artificio; de lentes oscuros, sombrero y gabardina casi siempre, él mismo vistió la imagen que estampaba en sus personajes solitarios, matones y policías; posteriormente, Godard y Chabrol, autores de la Nueva Ola Francesa de la que Melville, sin proponérselo, fue el precursor, le rinden homenaje en sus cintas. Después de combatir en la Segunda Guerra Mundial y en la Resistencia, tuvo que aprender a hacer cine por sí mismo, porque la burocracia le negó la licencia de asistente de dirección, y como bien afirma Alain Garel (Enciclopedia Universalis), Melville fue el primero que rompió con las estructuras de producción elaboradas durante décadas.

Lo que sorprende es el rigor de sus propias convenciones luego de haber roto las establecidas.

Melville aprendió a hacer cine viéndolo, nunca se repuso de sus primeras impresiones de los clásicos americanos de niño y adolescente, y más allá del sentido trágico que impregna su obra, el encanto proviene de la pose y la coreografía, del juego trágico de caballeros valientes al que invita al público masculino. Claro, hace falta consultar mejor la opinión del público femenino, pero acusar a este realizador –que le permitió a Emmuelle Riva y a Simone Signoret lucirse en la pantalla– de misoginia, es injusto; aunque no cabe duda que la imagen de la mujer es, ante todo, un fetiche tan peligroso como la pistola que cargan el policía o el gánster en la bolsa de su gabardina y que sólo sacan para matar.

De sus incondicionales, a Quentin Tarantino le corresponde el honor de haberle dado vuelta al género del melancólico asesino (Bill Kill), pero la heroína predestinada a matar actúa de acuerdo al fetiche erótico del director, si acaso hace aún más explícito el tema de la bella letal, como el combate de gladiadoras entre Uma Turman y Daryl Hannah. De sus herederos asiáticos, John Woo hereda el código de antigua caballería, y Johnny To el sentido coreográfico.

La originalidad del estilo de Melville es artilugio puro, pura abstracción, lo natural queda excluido, emociones condensadas que, como el desasosiego, la claustrofobia, la necesidad de escapar, el dolor de la traición, imponen un lenguaje visual, como en el Teatro No, donde la inclinación del sombrero, el reflejo del policía solitario (Le Flic) en el automóvil, el cuello de la gabardina, funcionan como ecuaciones que en la medida que se despejan traen como resultado la muerte.