Fátima (Soria Zerual), inmigrante marroquí, divorciada, trabaja en Lyon (sur de Francia) de sirvienta para mantener a sus dos hijas adolescentes, habla mal idioma, y la comunicación con ellas –que entienden mal la lengua materna– es toda enrevesada; mientras que Nesrine (Zita Hanrot) prepara el primer año de medicina, Souad (Kenza Noah Aiche), explosiva, despierta y con ganas de enseñar hombros, se avergüenza de ella; aunque ciertos modos culturales chocan con sus convicciones, Fátima sólo quiere que sus hijas tengan las mismas oportunidades que una mujer gala.
Inspirada en los poemas y escritos de Fátima Elayoubi, Oración a la luna (Prière à la lune), Fátima (Francia-Canadá, 2015) recibió el César a la mejor película por la estupenda creación de este trio de mujeres, tan cercanas a la experiencia cotidiana del pueblo francés.
Al igual que los hermanos Dardenne (Rosetta), el cine de Philippe Faucon cautiva con la llaneza con la que cuenta historias de personajes complejos que, víctimas de la intransigencia social y económica, mantienen un trasfondo de pureza aun en acciones extremas como las del joven norafricano convertido al terrorismo en la cinta que resultó profética, La desintegración (2012), estrenada justo un mes antes del ataque terrorista de Merah.
Aquí, sin extremismo, la no integración se percibe en la desconfianza y el racismo velado que padece Fátima, desde la patrona que desconfía de su honestidad o la dueña que rehúsa rentar un departamento a mujeres con velo, el rechazo de su hija, la censura dentro de la misma comunidad del Magreb en Francia, fermentan el caldo de humillación en este personaje que Faucon, él mismo nacido en Marruecos y de madre argelina, concibe de manera concisa y sin demagogia.
No cabe duda que la habilidad de Faucon para condensar a sus personajes, actuados por actores no profesionales, y mostrarlos en fragmentos de vida cotidiana, provoca reflexiones serias sobre la condición humana; Fátima y sus hijas nunca parecen encarnar ideas, existen antes y después de la película. Uno de los ingredientes de la vergüenza es la falta de comunicación, el oprobio de la palabra para expresarse, la ansiedad de Fátima con el mundo externo empieza desde el trato con sus hijas, no sólo por la falta de francés sino por la dificultad para comprender el código adecuado de conducta.
Cuando un accidente obliga a Fátima a pasar un tiempo sin trabajar, se le ocurre comenzar un diario en árabe, para anotar todo lo que quisiera comunicar con sus hijas; simple reacción que deja entrever la educación y riqueza que hereda de una civilización rica en poesía, al mismo tiempo que el prejuicio cultural occidental que presupone ignorancia y alfabetismo en aquellos que emigran por condiciones económicas o políticas. Más que hablar de naturalismo como en el caso de Ken Loach o Mike Leigh que documentan la realidad social, en el trabajo de realizadores como Faucon o los Dardenne, herederos de Bresson, habría que notar la forma en que componen cantos poéticos con sus personajes.








