Señor director:
Quiero expresar que el Estado español todavía se cree un imperio. Después de colonizar y explotar vastas regiones de América y de otros continentes continúa con la subyugación de los pueblos. Ahora, de nuevo, le toca a Cataluña. Los resultados del referéndum el 1 de octubre fueron contundentes: victoria aplastante por el “sí” a la independencia, con dos millones 20 mil 144 votos en favor (90% de la consulta), con 176 mil 566 en contra (7,8%), 45 mil 586 en blanco y con 20 mil 129 nulos.
Los anteriores resultados se lograron pese a la represión desenfrenada y violenta del Estado español, encabezado por el rey Felipe VI y el presidente del gobierno Mariano Rajoy.
“El Rey es el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia (…)”, dice la constitución española en su artículo 56.1. Sin embargo, considero que se consagra una dictadura en la jefatura de Estado contra los derechos humanos.
Deseo centrarme en esa atribución de “unidad y permanencia” propia del heredero del dictador Franco. El caudillo fascista derrocó la democracia para asegurar la “unidad” de España. Casi cuatro décadas después, antes de morir, nombró al padre de Felipe VI su sucesor y este papel de garante de la “unidad” española quedó entronizado –valga el juego de palabras– en la constitución.
El referéndum catalán constituye un ejercicio del derecho de libre determinación de los pueblos (artículo. 1.1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos), concepto que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ya se ha encargado de recordarle al Estado español.
Entonces, lo que ocurre es el choque entre la “unidad” de España y la libre determinación del pueblo catalán que decidió independizarse.
No obstante, los dos cabecillas españoles niegan esa posibilidad: uno de ellos calla y se esconde tras una supuesta “neutralidad política”, cuando en realidad rechaza la soberanía del pueblo catalán. El otro personaje justifica lo injustificable, que todo se vale para mantener la “unidad” de España: la manipulación de la maquinaria estatal, la violencia, la mentira y cualquier otro medio despreciable y antidemocrático.
Pero no es una unidad genuina, obviamente. Es la unidad de la uniformidad, de la imposición, del miedo. Es la unidad a costa de los derechos humanos, a costa de la democracia, de la libertad. Es la unidad de cobardes que utilizan el poder para oprimir en nombre de la “legalidad” (todos los dictadores se apoyan en la “legalidad”, por supuesto).
Es la unidad del maltrato, del abuso, de la explotación. Esa unidad la conocemos desde hace mucho tiempo. Es la unidad del imperio, del totalitarismo, del fascismo. El Estado español pertenece a la Unión Europea y estamos en el siglo XXI, pero sus dirigentes comparten y practican esa ideología fascista de la “unidad” de España a cualquier precio. El rey anda desnudo; creyéndose demócrata defiende la “unidad” violenta.
Atentamente:
Guillem Compte Nunes








