En 1998, al celebrarse el cincuenta aniversario del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, se editó el libro Historia e historias, en el cual varios académicos de la institución dan su testimonio a través de entrevistas realizadas por sus colegas Laura Espejel, Alicia Olivera y Salvador Rueda Smithers.
Actual director del Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec, este último presenta la historia del doctor Álvaro Matute Aguirre, quien falleció el pasado martes 12 de septiembre. Premio Universidad Nacional e Investigación en Humanidades en 1997 y Premio Nacional de Ciencias y Artes 2008, Matute comienza por relatar el peso que tuvieron en su vocación su abuelo, el general revolucionario Amado Aguirre, y el historiador Eduardo Blanquel:
“Mi abuelo fue un hombre que tenía vocación histórica. Antes de su retiro fue formando una biblioteca de la cual tengo todavía memoria. Era una biblioteca muy rica en cuestiones, desde luego, militares, aunque él no era militar de carrera, sino un ingeniero de minas que se metió a la Revolución. Pero como buen ingeniero, tenía disposición para entender asuntos de tácticas y estrategias militares. Tuvo una biblioteca muy rica en esa especialidad, aunque también en esa biblioteca hubo muchos libros de historia universal y de México.”
Le cuenta también a Rueda que el general Aguirre, quien participó en el Constituyente de 1917, hizo ensayos e investigaciones históricas y atesoró un valioso acervo en poder de la Universidad Nacional:
“Mi abuelo no sólo fue dueño de una biblioteca que hoy sería envidiable, sino también tuvo el cuidado, la conciencia, de que no se perdieran sus papeles. Tenía documentos suyos y de la División de Occidente, lo que pudo guardar y cuidar con mucho celo; él personalmente ordenó y clasificó este material y lo legó a uno de sus hijos, a mi tío Amado –también ya fallecido–, quien tuvo el buen tino, cuando supo que entré a la Facultad de Filosofía y Letras a estudiar historia, de obsequiármelos. Fue uno de esos regalos que se agradecen toda la vida. He tratado de darles el mejor uso posible, después de haberlos revisado hasta el cansancio. Los leí con mucho cuidado, intenté reordenarlos, porque habían perdido su ordenamiento original y estaban un poco caóticos.”
Le dice a Rueda Smithers que ese acervo fue finalmente depositado en el Centro de Estudios Sobre la Universidad, donde está a disposición de los investigadores. Le habla también de otro regalo de la vida, que recibió en la secundaria y marcó también su orientación de historiador:
“Estudié en el Colegio Franco Español. Todavía me tocó el predio viejo; era un espacio agradable. Fundamental en mi inclinación vocacional fue Eduardo Blanquel: quiero decir que tuve un maestro de lujo en la secundaria. Un día faltó un profesor y como no les gustaba a las autoridades que los grupos se quedaran naufragando, porque un conjunto de adolescentes, solo, siempre puede ser peligroso, me imagino que pescaron en el pasillo a Blanquel, que no tenía en ese momento clase y entró al salón a cuidarnos.
“Desde joven fue muy buen orador, y en esa ocasión nos habló de leyendas coloniales como ‘El alacrán de fray Anselmo’, que él había leído en Valle Arizpe; nos tuvo entretenidos esa hora libre que se presentó accidentalmente (…) Desde entonces me impactó cómo exponía Blanquel; me gustaba cómo nos comunicaba esas historias aisladas, para mantenernos entretenidos y evitar que causáramos algún desorden.”








