Indocumentados, al rescate de Houston

En medio del caos que dejó en Houston el paso del huracán Harvey, la comunidad de mexicanos indocumentados salió a las calles a rescatar a la ciudad, a los ciudadanos, arriesgando no sólo su estancia en el país –hasta que las autoridades anunciaron que no tomarían medidas contra ellos, dada la emergencia– sino sus propias vidas.

Houston, Texas. Luego de que sufriera las consecuencias de recibir en tres días la cantidad de lluvia que en circunstancias normales hubiera recibido en todo un año, esta ciudad inició la etapa de recuperación: miles de voluntarios apoyan a la Guardia Costera, al ejército y a la policía en las labores de rescate.

El 30 de agosto, el primer día de sol después del paso del huracán Harvey, Houston sólo podía recorrerse en bote. Los vecinos sacaron sus lanchas, flotadores y barcos pesqueros para hacer una evaluación de los daños en la ciudad y rescatar a quien lo necesitara.

Uno de los contingentes de rescate más numerosos es el de los más de 470 mil indocumentados, en su mayoría mexicanos, que residen en la ciudad.

El miedo de las familias indocumentadas a salir y pedir ayuda, incluso cuando el agua ya entraba a sus viviendas, los mantuvo encerrados durante la tormenta. Las autoridades anunciaron por radio y televisión que no arrestarían indocumentados durante el paso del huracán por Texas.

Luego, la necesidad de rescatar a una ciudad bajo el agua fue mayor que el temor a ser deportados.

El día que salió el sol no fue reconfortante para Ricardo Mares, un indocumentado mexicano residente de Houston desde hace 20 años. Era la hora de abrir los ojos a una realidad devastadora. Sólo en su vecindario, en el cruce de la calle Tidwell con la avenida 8, el agua había cubierto por lo menos la mitad del primer piso de los complejos departamentales. Los rayos de sol se abrían camino entre las nubes sólo para reflejarse en el toldo de los automóviles cubiertos de agua. Rick –como lo llama su familia– subió a su pick-up y salió a las calles a rescatar personas.

“Tenía que salir y ayudar a mi comunidad y a quien lo necesitara. Salí con vecinos y familiares y empezamos a sacar gente de los departamentos y llevarlos a los albergues o a lugares no inundados”, dice a este semanario.

Rick, con otros tres vecinos, recorrió las calles del centro y norte de Houston en una Ram con suspensión alta. Pasaron por caminos donde el agua les llegó a los pies dentro de la camioneta y, según su testimonio, rescataron a unas 100 personas.

Igual hizo Julio César López, un indocumentado procedente de Veracruz y quien al ver perdidas todas sus pertenencias en su departamento de la calle Banhut, decidió que el resto de las personas no pasarían por lo mismo.

“Mi departamento se inundó por completo, perdimos todo: ropa, muebles, documentos… Y ya así, pues ¿qué más hacía? Salí a ayudar a salvar gente para que no se quedara bajo el agua”, dice López, aun empapado, frente al Centro de Convenciones George Brown, donde se instaló el albergue más grande de la ciudad, con más de 10 mil refugiados.

López, con ropa de camuflaje, sólo pudo salvar una pequeña caja de plátanos, su pasaporte y un par de camisetas. Lo demás se lo llevó Harvey, dice.

Dentro del Centro de Convenciones, Sergio Martínez, otro indocumentado proveniente de Guanajuato, decidió dejar su departamento para unirse al grupo de voluntarios que atendía a los miles de refugiados de la tormenta.

“Yo salí a ayudar, a apoyar de otra manera. Mis amigos salieron a rescatar y yo me vine a los albergues como voluntario, a sacar adelante a esta ciudad”, explica Martínez mientras entrega pantalones y suéteres a blancos, afroamericanos, indios y mexicanos que se acercan a conseguir algo de ropa tras haber perdido sus pertenencias por el huracán.

Y otros cuatro indocumentados también pusieron su grano de arena, aunque de forma distinta: los cuatro, panaderos, quedaron atrapados por la inundación dentro de su centro de trabajo, El Bolillo Bakery, según reportó el periódico texano The Independet, y para despejar sus mentes se pusieron a hornear.

Los cuatro, dijeron, se pusieron a trabajar la noche y el día siguiente y hornearon todas las barras de pan que pudieron, afirmó Brian Alvarado, gerente de la
panadería.

Cuando fueron rescatados habían horneado tanto pan, que lo mandaron a todos los centros de emergencia de la ciudad.

Lo que “Harvey” se llevó

El 28 de agosto, con la tormenta aún sobre ellos, cinco migrantes mexicanos subieron a un bote e iniciaron por su cuenta labores de rescate en calles que se habían convertido en potentes ríos. Cerca del atardecer la lancha en que viajaban fue atrapada por la corriente de una calle con una pendiente. Los mexicanos perdieron el control de la lancha y se estrellaron contra un poste de luz con cables de alta tensión. Cuatro murieron electrocutados y el quinto quedó herido. Tuvieron que pasar tres días para que la lluvia cesara y saliera el sol y con ello aparecieran los cuerpos de estos mexicanos. El sobreviviente apenas tuvo fuerzas para llegar al hospital.

Los fallecidos, originarios de San Luis Potosí, fueron identificados como Gustavo Rodríguez, de 40 años; Jorge Pérez, de 33, casado y con dos hijos; Yahir Vizuet, de 25, y Benjamín Vizuet, de 31. José Vizuet, de 30, está hospitalizado.

Para César Espinoza, director de la asociación promigrantes FIEL en Houston y quien llegó a esta ciudad como indocumentado hace más de 15 años, el hecho de que la comunidad migrante de Houston se haya unido para rescatar a sus residentes es una muestra del compromiso que tienen con el que ahora es su país.

“Eso nos demuestra que los indocumentados no están aquí por las razones que dice (el presidente Donald) Trump: para robar empleos o para cometer delitos, sino que estamos aquí para apoyar a nuestra comunidad, para trabajar duro por este país”, dice Espinoza.

A pesar de no contar con un estimado preciso, César asegura que son más los indocumentados que decidieron salir a ayudar que quienes salieron de sus casas a pedir ayuda.

En esto coincide Óscar Rodríguez, cónsul general de México en Houston.

“En los albergues difícilmente vamos a ver indocumentados mexicanos. Tienen temor, a pesar de que se anunció que no se tomarían acciones migratorias en contra de nadie. Salieron a las labores de rescate, junto con sus familias y amigos”, expone el cónsul.

Rodríguez dice que los próximos días son cruciales para la ciudad. Es cuando más se necesita del apoyo de una comunidad “fuerte y que no le saca, como la mexicana”, afirma. Pero pide a la gente no arriesgarse, no aventurarse en el agua, que ya cobró la vida de seis mexicanos.

Después de la tormenta…

Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero para los habitantes de Houston no hay tregua: ahora sus habitantes están saliendo para buscar a sus familiares. Algunos han muerto, otros están heridos. Muchos perdieron sus pertenencias.

Carreteras principales, como la I-10, que cruza la ciudad de este a oeste, están prácticamente paralizadas. El agua que trajo la tormenta se tragó varias arterias principales y en tramos sólo hay dos de cinco carriles para circular. A los lados de este mismo camino, los imponentes edificios que albergan oficinas de abogados, escuelas, complejos departamentales y hogares, están sumergidos hasta la mitad. De los autos sólo se puede ver el techo.

La economía de la que es la principal ciudad de Texas y la cuarta más importante en Estados Unidos también está paralizada. Al ser la ciudad abastecedora de petróleo más grande de Texas, la gasolina comienza a escasear y en las gasolineras hay que esperar hasta 40 minutos para obtenerla.

Igual se acaba el agua potable, tanto en barrios populares como en exclusivas zonas residenciales, como los lujosos departamentos The Woodlands. Sólo es posible conseguirla en los supermercados.

En algunos condados de las afueras de Houston se han registrado explosiones químicas, lo que, según las autoridades, empeorará el desabasto de agua en los próximos días.

El jefe de la Policía de Houston, Arturo Acevedo, aseguró el 30 de agosto que la dependencia había recibido más de 70 mil llamadas de residentes del área metropolitana pidiendo ayuda.

Hasta el pasado 31 de agosto el conteo oficial de rescatados era de 3 mil y se esperaban unos 30 mil refugiados en albergues. La cuenta de muertes había superado las 30, según el Departamento de Policía de Houston.

“Lo único que podemos esperar es que el número de muertos no ascienda dramáticamente”, dijo Acevedo.

Según sus cálculos, un tercio del área de Houston aún está bajo el agua, por lo que es difícil evaluar los daños. Cuando baje la inundación se podrá conocer el impacto real de la tormenta, explicó.

Mientras el nivel del agua baja, los residentes de Houston recorren la ciudad en busca de sus automóviles.

Raúl Montes, un mexicano que desde hace siete años vive en esta ciudad, intentó salvar el suyo, que estaba frente al complejo de departamentos donde vive. Sin embargo, era él o su auto.

“No lo pude sacar, ya el agua se había metido hasta los asientos y a mí me rescataron miembros de la Guardia Costera. Lo encontré apenas hoy (30 de agosto) en un camellón central a varios metros de donde lo dejé”, cuenta Montes.

En todas las estaciones de radio locales de Houston los mensajes no cesan: “Estoy con una madre de nueve hijos. Se quedaron sin nada, en la calle y sin alimento. Si alguien escucha esto, estamos en el downtown, necesitamos ayuda”; “estoy buscando a mi familia. No los he visto desde hace un día y creo que pueden estar en peligro”; “hay un rescatista voluntario desaparecido. Lo vimos por última vez sobre la avenida 8”…

Las autoridades locales han advertido que luego de la tormenta hay que hacer una evaluación de la destrucción que podría durar semanas, y luego afrontar una recuperación que podría tomar años.

Algunos medios repararon en un hecho: en 2015, el entonces presidente Barack Obama logró la aprobación de la ley que creó el Estándar Federal de Manejo de Riesgo de Inundaciones, el cual obligaba a hacer estudios detallados sobre el riesgo de inundación a toda nueva infraestructura en todas las ciudades estadunidenses, tomando en cuenta los posibles efectos del cambio climático.

Pero el pasado 16 de agosto –10 días antes de que Harvey tocara tierra en la costa este de Estados Unidos– Trump abolió dicha ley, alegando que retrasaba el desarrollo de las ciudades. Argumentó además que al eliminar dicha norma los proyectos de infraestructura serían aprobados con mayor agilidad.

Una noticia agridulce

La noche del 30 de agosto, mientras los estragos de la tormenta aún estaban por conocerse, un grupo de migrantes de distintas ciudades de México se reunieron alrededor de una gigantesca pantalla en el albergue provisional en el Centro de Convenciones George Brown.

Una noticia estaba por convertir sus rostros de preocupación y tristeza en una victoria, aunque temporal: la ley SB4, que obligaba a las autoridades de Texas a requerir el estatus migratorio de cualquier persona en el estado, había sido revocada temporalmente por un juez federal.

“Desde luego es una victoria; nosotros estamos aquí luchando no sólo por nuestra gente, como en medio de esta tormenta, sino también por todo un país que hoy nos necesita”, dijo Jorge Montes, uno de los mexicanos frente a la pantalla.

Para el cónsul general de México en Houston, la revocación de la ley SB4 en Texas fue una de las consecuencias de Harvey. “Sin duda tuvo que ver. El juez, a pesar de que estaba ya evaluando dicha ley, seguro ponderó también lo sucedido en Texas con esta tormenta y decidió suspenderla temporalmente, en lo que pasamos este mal momento”, dijo.