“Un viaje por la paz”

Hay que darle una oportunidad a la paz, como diría John Lennon, y también habrá que dársela a Un viaje por la paz (The Journey; Irlanda-Gran Bretaña; 2016), dirigida por Nick Hamm y escrita por el novelista Colin Bateman, quienes componen un drama, bien intencionado, sobre el encuentro en Escocia entre dos líderes irreconciliables de Irlanda del Norte:

Uno del Sinn Féin y otro del DUP (Partido Democrático Unionista). El tratado de Saint Andrews eventualmente conduciría a un proceso de paz en ese país aquejado por décadas de terrorismo y guerra intestina.

La situación, un viaje en automóvil camino al aeropuerto de Edimburgo, que reúne a Martin McGuinness (Colm Meaney), e jefe del IRA, miembro del Sinn Féin y del parlamento británico, con el iracundo ministro portestante Ian Paisly (Timothy Spall), es una ficción que en la Gran Bretaña (incluyendo Irlanda del Norte) hizo derramar bilis de todos colores, empezando por los participantes de los sucesos reales, gente de diferentes partidos politicos, escritores y maestros de historia, ecandalizados porque los alumnos llegaran a creer que así fue como ocurrieron los hechos.

Quizá el tema que más erizó a los involucrados e interesados en los hechos reales fue el atrevimiento de Bateman, el guionista, de presentar a los servicios secretos británicos como autores del ardid; se trataría de una misión orquestada por el MI5, los spooks (espías) británicos, que colocan una cámara en el auto con la que monitorean el encontronazo cuerpo a cuerpo entre dos gladiadores; un accidente, provocado, los deja un lapso de tiempo atrapados en el bosque, a ver si se entienden. El irónico comentario de un crítico británico, aunque despiadado, describe el espectáculo: un experimento que coloca juntos a dos pandas adultos para obligarlos a que se crucen.

La verdad es que para quienes vean la situación con más distancia, cultural y geográfica, Un viaje por la paz es un drama bien escrito y estupendamente bien actuado; en el rol del mega reaccionario, anticatólico y homófobo por gracia de Dios, el irancundo Paisly, Timothy Spall encarna a un hombre 20 años mayor que él, y explota cada parte de su rostro para iluminar sus diálogos; Spall y Colm Meany se arman un duelo de patriarcas con ecos del Antiguo Testamento y rabietas infantiles.

La humanidad se asoma en la medida que reconoce, desde su propio pedestal, los puntos en común, obvio resorte dramático que los actores disparan de manera espontánea, sin renunciar a la solemnidad, claro está, porque cada uno es consciente de su papel en la historia.

Por supuesto que este filme no puede anunciarse como una historia real, la ficción de diálogos imposibles para ilustrar alguna lección es un recurso viejo, como El diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu en el infierno, escrito por el satirista Maurice Joly en el siglo XIX. Y es una buena dosis de sátira lo que le hizo falta a este viaje por la paz.