Los libros I y II de El Clave bien Temperado de Johan Sebastian Bach son, sin duda, una cumbre en la creación musical universal de todos los tiempos. Cada uno de ellos contiene 24 preludios y fugas compuestas utilizando todas las notas de la escala. Por ejemplo, Preludio y Fuga No. 1 en do mayor y Preludio y Fuga en si menor, pasando, por supuesto, por todas las demás tonalidades intermedias. La audición completa de esta gigantesca obra requiere de unas cuatro horas. Sin embargo, como cada una de las partes de ambos libros tiene valor propio, pueden escucharse por separado con gran beneplácito en cada ocasión.
Lo normal en los conciertos es que se toquen una o más partes, pero combinadas con obras de otros compositores. Excepcionalmente algún pianista ofrece un concierto incluyendo varias obras de uno u otro libro, o combinando piezas de ambos. Es importante señalar que si bien en función del tiempo en que vivió Bach compuso sus obras para clavier, es común ahora que se interpreten en piano.
Y una veradera hazaña pianística fue la que acometió, la semana pasada en Bellas Artes, el estupendo pianista húngaro András Schiff cuando, en un único concierto, ofreció la versión completa del Libro I. Es decir, interpretó los 24 preludios y fugas en un solo concierto, hecho excepcional.
En verdad extraordinaria, la audición se ejecutó sin interrupción con un legato impresionante. Entre una y otra, apenas il tempo necesario que así mismo se puso el maestro para respirar y retomar aliento. Tempi brevísimos que contribuyeron o aumentaron el efecto hipnótico que el intérprete y su ejecución ejercían sobre todos los que tuvieron el privilegio de presenciar lo nunca visto.
Con el teatro lleno –lo que de por sí es extraordinario tratándose de un concierto de piano–, puede asegurarse que por lo menos el 90% de los asistentes jamás habían presenciado un tour de force de esta dimensión. Consciente de lo que iba a hacer, el maestro, a través de una voz en off, advirtió que se trataba de un concierto con duración aproximada de una hora con cincuenta minutos, sin interrupción, y que no habría aplausos ni ningún otro tipo de manifestación. Y hasta pidió que nadie se moviera de su asiento.
Algo inusitado realmente, pero que el público cumplió de maravilla en el concierto que sobrepasó por cinco minutos lo inicialmente estimado, es decir, una hora con cincuenta y cinco minutos. Auténtica hazaña no sólo por la duración, sino porque, desde luego, fue cumplida de memoria, prodigiosa sin duda, y con dominio técnico absoluto.
El maravilloso Bach es grato y sencillo al oído y ánima, pero nada de sencillo ni fácil tienen sus estructuras musicales ni su interpretación y, menos aún, la trasmisión de toda esa inmensa riqueza espiritual de su música en general y del sentido de su Clave bien Temperado en particular. El maestro András Schiff nos dio todo eso en este su extraordinario, inolvidable, magnífico concierto.








