Encubierta por la seducción del humor, la mirada artística del pensador y provocador gráfico Eduardo del Río –autonombrado Rius y definido como caricaturista, historietista y monero– era sumamente aguda, sensible y reflexiva. Indiferente ante los estereotipos de lectura que ha impuesto el conocimiento académico, Rius concentró su atención en la comunicación visual de las imágenes vinculando pasados y presentes.
Después de afirmar en su Pequeño Rius Ilustrado –Grijalbo, 1978– que “Para apreciar el arte hay que olvidarse de los artistas”, el también pintor publicó en 2001 un espléndido libro en el que recrea grandes obras del pasado como si fueran cartones que hacen explícita la intención bromista o crítica de sus autores, mediante un texto encerrado en un globo.
Integrado por 152 reproducciones en blanco y negro de obras en su mayoría de los períodos renacentista, barroco y moderno –con algunas presencias de la antigüedad griega, el arte prehispánico y el arte hindú–, Los Moneros Antiguos. Un carcajeante recorrido por los grandes museos del mundo entero –también de la editorial Grijalbo–, es una verdadera clase de cómo se puede leer una imagen cuando se mira sin las limitantes de un significado aprendido.
Trabajadas como si fueran viñetas, las obras de arte se convierten bajo la mirada de Rius en escenas que, al margen de lo que dicta la historia del arte, adquieren significado por las actitudes psicológicas y corporales de los personajes. Interpretadas a partir de diferentes preguntas que transitan entre lo que se representa y su vinculación con la cotidianidad nacional, las imágenes se convierten en protagonistas con pensamientos o declaraciones relacionadas con su situación: El pensador de Rodin en su total desnudez se pregunta “¿Dónde pude haber dejado los calzones?, y el recién asesinado Marat de Jacques-Louis David declara: “Sólo vi que era un vocho, pero no le alcancé a ver el número de placa”.
Con una abundancia notoria en desnudos, temáticas religiosas y comentarios de divertido contenido sexual, las interpretaciones de Rius logran a través del chiste, la irreverencia y la risa, que el espectador recorra visual e intelectualmente las imágenes, descubriendo significados como el machismo de la pornografía renacentista y barroca, el absurdo de escenas de adoración religiosa, la teatralidad de recursos formales como el claro-oscuro, y la similitud entre sensualidades aceptadas y censuradas.
Especial en el contexto de sus narrativas didácticas por ser el único libro que dedicó al arte hegemónico –a los artistas moneros sí dedicó varios–, el libro es sobresaliente no sólo por el interés de poner el arte “al alcance de cualquier persona por medio del humor” sino, también, por su eficacia para enseñar a ver y pensar las imágenes desde una conciencia personal.
Sobresaliente en la creación de personajes a través de sus famosas historietas Los Supermachos y Los Agachados, Rius, quien nació en Zamora, Michoacán, en 1934 y murió en Tepoztlán, Morelos, el pasado martes 8 de agosto, sí merece ser un artista con representación permanente en el espacio público.
Colocar en La Alameda Central de la Ciudad de México una interpretación escultórica de sus personajes más entrañables, sería un acierto artístico y cultural que congregaría recuerdos y memorias de varias generaciones de mexicanos.








