El encuentro Estrada-Picasso

La exposición Picasso y Rivera: Conversaciones a través del tiempo, inaugurada en el Palacio de Bellas Artes en junio pasado, exhibe la obra El arquitecto, retrato de Jesús T. Acevedo, realizada por Diego Rivera en 1915 en su etapa cubista; perteneció al diplomático Genaro Estrada, de quien la adquirió el Instituto Nacional de Bellas Artes en 1948, señala el catálogo de la exposición Diego Rivera y el cubismo. Memoria y Vanguardia.

Además de ensayista y poeta, Estrada fue un coleccionista no sólo de arte, amante de las vanguardias, también “acumuló cucharitas y pisapapeles” y “buscó el libro para ser bibliófilo”. Y por igual, su figura “de mediana estatura y obesa” fue captada por los trazos de artistas como Miguel Covarrubias, Xavier Villaurrutia y Rufino Tamayo.

Autor, entre otras obras de Bibliografía de Goya, “la más completa hasta ese momento” y la obra Genio y figura de Picasso, “primer estudio global sobre el pintor hecho en Latinoamérica”, destaca Luis Mario Schneider en Genaro Estrada. Obras completas, publicadas en dos tomos por Siglo XXI Editores.

En éstas se compila el texto sobre Picasso, escrito en 1936, en el cual el autor de la Doctrina Estrada relata, casi como en una comedia de enredos, su encuentro en París, Francia, con el pintor español un día de noviembre de 1933. Mientras buscaba la galería Rosemberg de la calle Baume, dio por casualidad con la casa de Paul Guillaume en la calle Böetie.

Se interesó por un libro de André Derain, preguntó si podían enviárselo a su dirección en Madrid, y en ese momento una voz le preguntó si eran españoles. “Mexicanos”, respondió Estrada, y agregó que por el momento vivían en Madrid. Y siguió un diálogo casi lacónico. Continúa la narración:

“El señor insignificante, que llevaba encasquetado su sombrero, continuó en un tono gris:

–¡Ah, en Madrid!… y… ¿interesa a ustedes la pintura?

Le respondió sí “y por decir algo más agregué:

–Y usted, que habla tan bien el español ¿conoce usted España?

–Sí; soy español. También soy pintor.

Esto picó sólo un poquito mi interés. Miré nuevamente, aunque ahora con más atención, a aquel sujeto que me decía ser español y pintor (…) Debe ser –me dije para mis adentros– algún pobre pintor que viene a perder el tiempo a París.

–Vea usted: conozco algunos pintores españoles. Usted…

–Yo me llamo Picasso –díjome sencillamente y en un peculiar tono de voz baja.

Luego de dudas y un diálogo que casi se “zarzuelizaba”, el diplomático mexicano acabó por corroborar que se trataba de Pablo Picasso:

“Aquella mañana hablé con Picasso de tantas cosas, de prisa, atropelladamente, como para aprovechar momentos que podrían ser únicos: de pintura, sobre todo, y después de su alojamiento de España, de sus exposiciones, de México y de sus pintores. Me habló con gran aprecio y con interés de nuestros Diego Rivera y Clemente Orozco. Díjome que él vivía por ahí, a unos pasos, en la misma calle de la Böetie, por donde transitaba diariamente paseando su perro, quiso que le enviara la fotografía de uno de sus cuadros que había adquirido en Madrid, me alargó un papelito con sus señas y finalmente me ofreció facilitarme una visita a la galería privada de M. Paul Guillaume, en la cual se conservan muchos cuadros picassistas.”

Lo consideró un “espléndido regalo espiritual” pues pudo ver obras de Derain, Cézanne, Modigliani, Soutine, Renoir, Rousseau, Chirico, Laurencin, Goerg, Faurtrier, entre otros, y pudo ver hasta el hartazgo las obras de Picasso: la costurera, la mujer con sombrero, la melancolía, los saltimbanquis, bodegones y “tantos de sus cuadros famosos y de sus esculturas”.

“Así conocí a Pablo Picasso.”

Luego de esa narración, Genaro Estrada presenta su texto analítico sobre el pintor malagueño y cómo éste va desarrollando su obra a través de una suerte de magia, aunque en realidad es una búsqueda a la cual define más bien como hallazgos:

“La magia de Picasso se revela ya plenamente en el cubismo y llega a las más sorprendentes creaciones de pura plástica, en donde el dibujo y el color, disociados, forman empero una unidad genial…”

Y dice:

“Toda la pintura de Picasso avanza por un camino constante, cada vez superado, aunque sin predeterminación programática ese camino, ya lo he dicho, es el de la exploración y el descubrimiento. Pero no insiste en ninguna veta, sino para separar y guardar de ella las pepitas esenciales. Esta exploración no supone un abandonarse a la casualidad ni una marcha al buen tuntún (…) Por el contrario, un examen de la obra del pintor enseña que no hay nada inopinado en la exploración y que cada paso es seguro, aunque libre y espontáneo…”

Estrada consigna además una vasta bibliografía, donde se pueden mencionar el texto “Picasso” o el libro Les peintres cubistes de Guillaume Apollinaire, Picasso dans son élement de André Breton, Ismos de Ramón Gómez de la Serna, Picasso de André Level, Picasso et ses amis de Fernando Oliver. Tiene también una lista de las 236 obras expuestas por Picasso en 1932 en las Galerías George Petit.