El grito futbolero más famoso del presente siglo en México comenzó a fines del siglo pasado, producto de la añeja rivalidad entre los dos equipos tapatíos más tradicionales: el Atlas y el Guadalajara. En el torneo Invierno 1999 el portero Oswaldo Sánchez, quien comenzó su carrera jugando para el Atlas, fue adquirido por Las Chivas, procedente del América. Para la afición rojinegra el hecho de que su otrora portero consentido hubiera ido a parar con el odiado rival era algo parecido a una traición.
Y el disgusto de la fanaticada atlista se manifestó de inmediato de varias formas, la más perdurable de la cuales fue un grito que apareció en ese encuentro entre rojinegros y rojiblancos –ya con el portero en cuestión del lado de estos últimos–, un grito que salía repetidamente de la porra de animación del Atlas (la famosa Barra 51) cada vez que el entonces flamante guardameta de Las Chivas se prepara para despejar la pelota desde su portería: “¡Eeeeeh…, puto!”, grito que iba acompañado de un acto coreográfico con la mano derecha extendida, mientras el ahora inane comentarista deportivo de Televisa se disponía a tomar vuelo para patear la pelota, a fin de que el “¡puto!” coincidiera con el instante del despeje. Y a esa ocurrencia de La Barra 51 fue siendo adoptada por otros aficionados –primero del propio Atlas y después del resto de los equipos– para fastidiar al portero del adversario y para escándalo de algunas “buenas conciencias”, incluidas las autoridades de la FIFA.
Previamente al arranque de la presente temporada del futbol mexicano profesional, la Comisión de Arbitraje, con el aval de la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut), ha vuelto a recalentar el grito de marras. La novedad es que ahora se amenaza con castigar, con sanciones más disparatadas que severas, no sólo al equipo anfitrión, sino al público que asista al estadio, incluidos quienes no participan en ese acto de lúdica hostilidad en contra del portero rival. Y con lo de “lúdica hostilidad” no se pretende justificar una conducta jocosamente inadecuada de una parte de los aficionados que acuden a los estadios, sino sólo decir que entre la raza de bronce existe algo que, en los años cuarenta, Jorge Portilla llamó “filosofía del relajo”. Según palabras de este pensador mexicano, se trataría de una “forma de burla colectiva, reiterada a veces estruendosa que surge (tanto de manera espontánea como motivada) en la vida cotidiana de nuestro país”.
Y dentro de esta mexicana fenomenología del relajo, que no tiene que ver con alguna actitud discriminatoria, entran muchas otras conductas cotidianas de diversos grupos sociales. Así, por ejemplo, la forma en que una chica trata a sus padres o maestros es muy distinta a la que emplea con sus amigas, a las que con todo desparpajo puede darles el trato de ¡güey!. La pregunta sería si con este término las ofende. Tanto ella como sus amigas, que de seguro también la güeyean, estarán convencidas de que no y de que, por el contrario, ese término aparentemente ofensivo, es entre ellas un signo de confianza, cercanía y amistad verdadera.
En la misma categoría de la filosofía del relajo habría que ver, mal que les pese a la FIFA, a su filial mexicana Femexfut y la Comisión de Arbitraje, ese grito que se repite en los estadios contra el portero rival. El grito en cuestión y en particular la palabrita del escándalo (“puto”) aun cuando ciertamente no son un halago, sino una expresión grosera pero jocosa, propia de esa mexicana alegría, es en esencia una expresión con la que se busca presionar, aturdir y hostilizar verbalmente al guardameta del equipo contrario. Esa hostilidad verbal es parte del relajo, pero no tiene que ver con una conducta homofóbica o discriminación sexual, pues con ella únicamente se le está llamando al portero del equipo adversario miedoso, zacatón, torpe, poco hábil, atolondrado…, pero no necesariamente homosexual o gay, aun cuando ésta sea una de las acepciones que el diccionario le dé a dicha palabra.
Más allá del dictamen reprobatorio que puedan dar lexicógrafos dogmáticos, o campeones de la corrección política, o comisarios del lenguaje, o quienes andan en busca del pelo en la sopa, con ese grito no hay nada personal en contra del guardameta visitante y menos aún en contra de sus preferencias sexuales hasta el punto de que, si dicho portero jugara para el equipo de casa y no para el adversario, con toda seguridad no escucharía ese grito hostil en contra suya. Y consecuentemente, si el portero que ahora juega para los de casa mañana lo hiciere para otro equipo –y máxime si es para el más odiado rival como le sucedió a Oswaldo Sánchez hace 18 años– de seguro sería recibido y despedido con el mismo grito que por estos días ha alcanzado una impensada fama nacional e internacional incluso fuera de los estadios.
Por ser el futbol una representación no es raro que haya algo de carnavalesco entre sus seguidores más apasionados, seguidores a los que por algo se les llama, en distintas partes del mundo y no sólo en México, con términos que denotan una alteración en su personalidad o una enfermedad: hinchas (hinchados), tifosi (enfermos de tifo), hooligans (rufianes) fans (fanáticos), etcétera. Pero es precisamente esto lo que no debiera perderse de vista: que el futbol es también una puesta en escena, una guerra simbólica e inocua (léase no cruenta), que termina cuando el árbitro da el silbatazo final y todo vuelve o debiera volver a la normalidad.
Hay pues una mala apreciación al querer igualar el grito mexicano contra el portero rival con la discriminación o el insulto que equis futbolista recibe por sus presuntas preferencias sexuales, su nacionalidad o por su origen racial como ha sucedido –y todavía sigue sucediendo– en no pocos estadios de Europa.
Dicho de otra manera, con la intervención de la FIFA y ahora de la misma Femexfut –incluido su apéndice de la Comisión de Arbitraje, la cual no descartan una sanción desmesurada y fuera de toda razón–, que amenazan no sólo al equipo mexicano que juegue de local sino también a sus seguidores si corean dicha palabra en contra del portero del cuadro adversario, se está haciendo lo que típicamente se llama una tempestad en un vaso de agua. A esos espíritus cuadrados y gazmoños, que insisten en que el mencionadísimo grito no sólo es injurioso, sino también sexista y discriminatorio, habría que recordarles que los modales de una persona o un grupo de personas no son los mismos en el trabajo que en una fiesta, en una procesión religiosa o en un antro, en la medida en que no es lo mismo ir al santuario que al estadio.
En el primer caso, aquí y en China, se va a orar, y en el segundo a apoyar al equipo que porta los colores con los que la afición se identifica. Y ese apoyo incluye lo mismo porras (consignas de ánimo) para los de casa que reclamos injuriosos al árbitro y mofas para los rivales, entre ellos el famoso grito, hecho en México, con la castiza, majadera y eufónica, relajiante palabra de dos sílabas que ahora podría llegar a ser motivo no sólo de interrumpir un partido de futbol durante varios minutos, sino, en un caso extremo, obligar a todo el público a que se salga del estadio, incluidas las personas que no se sumen a ese grito.
A ese extremo ha llegado el grito que nació en el estadio Jalisco, en el torneo de Invierno de 1999, cuando el exatlista Oswaldo Sánchez no sólo acababa de pasar a defender los colores de Las Chivas, sino que se vio precisado a enfrentar a su equipo de origen, provocando con ello que la afición rojinegra más recalcitrante lo llenara de improperios y le manifestara su jocoso repudio con cuatro letras: “¡Puto!”.








