La trama de Kaili Blues (China, 2015) sólo puede mencionarse a partir de temas y líneas de flujo, como la búsqueda, el tiempo, el viaje… modernidad que coexiste con tradiciones ancestrales.
Por otra parte, el recurso de la cámara digital, emplear actores no profesionales, el retrato de la descomposición social, la pócima de desarrollo capitalista con la corrupción de valores predicados por el Libro rojo, provienen de la llamada Sexta Generación que salió a la calle sin permiso para hacer cine, pero el arte del joven director Bi Gan trastoca los ideales de tal corriente.
La larga marcha de Chen, médico exconvicto que sale en busca de Weiwei, su pequeño sobrino, vendido por el propio padre, llega a todas partes y a ninguna, el tren y el río se desplazan hacia el pasado y hacia el futuro. El punto de partida es Kaili –ciudad de origen del director– el destino es Zhenyuan, donde el niño fue comprado por un relojero; de paso por Dangmai se abre una dimensión donde tiempo y espacio se confunden, Chan encuentra gente de su pasado y de su futuro.
En esa Odisea alucinante, la música de los Miao, un grupo étnico minoritario, sirve de guía para cumplir parte de la misión. La épica cubre desde vista de montañas, viaje en río, hasta la banalidad de un viaje en motocicleta por un túnel y vericuetos urbanos. Una misteriosa peinadora, que podría o no ser su difunta esposa, lo lleva a un salón de belleza y arregla la camisa de Chen.
Bi Gan escribe poesía y se describe a sí mismo como un poeta mediano; Yongzhong Chen, tio de Bi en la vida real, que interpreta a Chen, es también poeta. El ritmo de secuencias cortas y largas de Kaili Blues aspira a reproducir técnicas de composición de la poesía clásica china, pero no es erudición ni sensibilidad de aristócrata (como ocurre con la Quinta Generación) de donde proviene el encanto, pues el gusto de los planos interminables es resultado del trabajo de documentar bodas en las que había que grabar todo lo que ocurría en un festejo.
Sobra tarea de tesis comparativa entre el largo plano-secuencia del Birdman de G. Iñárritu (despliegue de virtuosismo técnico), y la de 40 minutos de Kaili Blues, un viaje donde espacio y tiempo se confunden, realidad y ensoñación (que no sueño), tierra y agua, motocicleta y lancha, pierden su frontera. Los 40 minutos corresponden al tiempo que toma recitar el Sutra del Diamante, de donde sale la cita del inicio de la película, un canto al desapego y a la impermanencia de la vida. “El Libro del Desasosiego” era el título que Bi quería para su película, y que no fue aceptado por los productores.
Más que insistir en las influencias obvias sobre Bi Gan, Tarkovsky, David Lynch o el tailandés Weeserathakul, vale apreciar la construcción del mito sobre la infancia perdida. Al niño Weiwei (¿alusión al artista censurado?) le fascinan los mecanismos de relojería –el tipo al que lo venden es un relojero, una especie de ogro del tiempo que devora la infancia, la historia y la vida.








