Cuando dos años después de que le había sido encomendada, el compositor argentino Osvaldo Golijov entregó a la Academia Bach International de Stuttgart su Pasión según San Marcos, el representante de la Academia, Helmuth Rilling, le preguntó asombrado: ¿Es ésta una pasión?
El asombro y la pregunta eran por demás justificados porque –de acuerdo con la tradición y cánones formales de lo que se nos ha enseñado– es una “pasión” en música; lo que Golijov entregó nada tiene que ver con eso, sino todo lo contrario, porque en más de un momento suena a música festiva y, en otros pocos, hasta podría pensarse en un carnaval. Se entiende pues el asombro germánico ante la “irreverencia” de un latinoamericano (argentino, judío además), con ancestros en la Europa oriental. Ya sólo esta mezcla nos pone en la antesala de algo no “normal”, pero si avanzamos un poco y vemos el material utilizado para escribir esta Pasión…, nuestros ojos se agrandarán pese a ser también latinos, y si seguimos avanzando y observamos los elementos que el compositor exige para la interpretación, entonces sí ya estamos a las puertas del desquiciamiento, que se corroborará al escuchar la inconmensurable diversidad de sonidos que hacen, de la Pasión según San Marcos, algo verdaderamente excepcional.
Déjenme contar en principio que el propio Golijov, antes de empezar a escribirla, se planteó: si Bach fuera latinoamericano y viviera en nuestro tiempo, ¿cómo habría escrito esta pasión? Dándose respuesta el argentino, internacionalmente galardonado, se dio una concepción ecléctica de la música de hoy, de aquí y de allá, y a lo largo de hora y media nos da una extrañísima pero estupenda poción de música y ritmos afrocubanos, más brasileiros, más venezolanos y hasta el tango argentino, pero no el tradicional gardeliano, sino el contemporáneo piazzolano. Y ya con esto bien movido en la licuadora que unifica, le agregó un chorrito de Klezmer (dejaría de ser judío si no lo hace), y entonces sí ya está listo todo el guiso para el toque final: unas gotitas de Stravinsky… ni modo de olvidar a los ancestros.
Por lo demás la cosa es sencilla ya que, textualmente, el compositor apenas si reúne unas cuantas frases atribuidas al propio evangelista: de los Salmos 113 a 119, de la poetisa gallega Rosalía de Castro, algo de las Lamentaciones del profeta Jeremías, y un poco de esa profunda lamentación judía que es el Kadish. Más ecléctica no puede ser la cosa. Con la combinación de músicas señaladas y ésta de textos, puede el lector imaginarse la locura que esto resulta, sólo falta darle la dotación musical.
Una orquesta sinfónica, en este caso nuestra Orquesta Sinfónica Nacional bajo la dirección de su titular, Carlos Miguel Prieto –que estrenó la obra la semana pasada–; un coro no menor de 60 voces, aquí el de Madrigalistas de Bellas Artes y el Solistas Ensamble, también del INBA; una soprano, una vocalista, un cantante y bailarín, un pianista que también se encarga de alguna percusión, un especialista en tambores batá, otros dos percusionistas, guitarra, tres y cavaquinho, contrabajo, acordeón y –por si lo anterior no fuera suficiente– un intérprete de berimbau que, además de tocar ese instrumento, también debe bailar capoeira. ¡Ufff! La sola enumeración agota pero, créame, el resultado es sensacional.
Importantísimo estreno que nos llega a 17 años del absoluto en el año 2000 en Stuttgart, que ojalá pudiera repetirse muchas veces aunque hay que admitir que su puesta en escena, porque es toda una puesta en escena, debe ser carísima








