Dos hermanas, Clara (Joanna Larequi), treintona y pasada de peso, y Valeria (Ana Valeria Becerril), adolescente despreocupada y embarazada, viven en una casa de playa en Puerto Vallarta; aunque la mayor trabaja en una imprenta, ningún adulto parece estar a cargo, y cuando llega Abril (Ema Suárez), la madre de ambas, de inmediato toma el control, de forma casi imperceptible, y todo se desliza hacia el horror.
En el cine de Michel Franco la familia es el caldo de fermento de la psicopatía; en Las hijas de Abril (México, 2017) las fracturas familiares se van mostrando abismales. De entrada a nadie sorprende que el padre de Valeria la haya abandonado, que esté casado con una mujer 35 años menor que él y haya formado otra familia; si acaso inquieta el portazo y su actitud intolerante cuando Abril acude a pedir ayuda para la hija en común. La misma intolerancia muestra el padre de Mateo (Enrique Arrizon), el sumiso novio de Valeria, que cuando nace la bebé, su nieta, no acepta ni verla.
Con la ausencia y la inconsistencia de la figura masculina, la familia se siente descoyuntada; la mujer, en diverentes versiones, busca ajustar o ajustarse a la institución más vieja del mundo; la madre de Mateo con el sometimiento al marido, Clara con su trabajo, Valeria se rebela con sexo y reventón, y es Abril quien decide cómo deben hacerse las cosas, a su manera, claro.
Sin sangre ni descuaritizados, el método Abril va mostrando el espanto, como si esta mujer aficionada al yoga, madre encantadora abierta a todo y que apoya sin juzgar a su hija, fuese poseída por sus demonios, dormidos antes o a penas escondidos. Con el campo abierto, la madre devoradora no resiste darse un festín.
Las hijas de Abril se construye a base de elipsis, mismas que al principio incomodan porque secuencias y escenas, dirigidas con pulso firme, parecen deshilvanadas, no resueltas del todo: el espectador debe ir llenando los huecos en la urdimbre de relaciones y pormenores. Trampa descomunal la que Michel Franco esconde en su narrativa, primero porque al armar la historia que no se ve, el público que se involucra con los personajes, también debe hacerse cargo de los juicios morales que el director no asume, en principio. Al igual que las ellipsis, los gerundios son inevitables al hablar del proceso Michel Franco.
Los comentarios sobre esta cinta premiada en Cannes insisten en la influencia de Haneke por la mirada aparentemente fría ante el sufrimiento, pero se pasa de alto la ternura de la que nunca exime Franco a sus criaturas, y se confunde con crueldad la técnica epidérmica, como la figura embarazada de Valeria desnuda (o la piel enferma en su anterior El ultimo paciente, 2015). La seductora presencia de Ema Suárez, actriz de Almodóvar, sugiere afinidad con el realizador siempre enamorado de sus personajes; tanto uno como otro parten del melodrama, sólo que Almodóvar se distancia con el humor, y Franco entrando por los poros y tocando el alma de sus personajes.








