La situación de Venezuela tiene consternados a quienes dan seguimiento a lo que ocurre en América Latina. Semanas de enfrentamientos entre opositores y fuerzas del gobierno han resultado ya en cerca de 40 muertos; la economía ha colapsado al punto que la sobrevivencia se convierte en el primer reto para millones de venezolanos, en particular los sectores más desfavorecidos que dependen de apoyos sociales que el gobierno ya no puede proporcionar; las condiciones de salud son deprimentes en hospitales carentes de medicamentos y frecuentemente de electricidad. Las instituciones políticas han perdido sentido. Maduro llama a la elaboración de una nueva Constitución que, evidentemente, sólo ahondará la polarización existente.
En el panorama anterior no parece haber puerta de salida. ¿Cuánto tiempo pueden durar los enfrentamientos callejeros? ¿Cuáles son los escenarios posibles hacia el futuro? Las respuestas no son tranquilizadoras. Puede evolucionar hacia mayor represión y la instauración de un régimen abiertamente represivo y violento; puede evolucionar hacia el desgaste de ambos contendientes, la oposición y el gobierno, que conduzca a la búsqueda inevitable de una negociación para llegar a un pacto político que intente avanzar hacia la normalización de la vida del país; semejante opción lleva, necesariamente, mucho tiempo.
El llamado para que los países americanos contribuyan a encontrar una solución a la tragedia venezolana es frecuente. Lo cierto es que ya han tenido lugar diversas acciones externas, de carácter multilateral, a través de las cuales se ha buscado presionar para encontrar soluciones; desafortunadamente, los resultados han sido pobres o inexistentes.
Los primeros intentos se dieron en 2016 y 2017, cuando los expresidentes de República Dominicana, Panamá y España, con el respaldo de Estados Unidos y el Vaticano, intentaron ser mediadores entre el gobierno y la oposición. Personajes de ambas partes participaron en pláticas auspiciadas por la Unión de Repúblicas de América del Sur (Unasur). Al final, sólo quedaron acusaciones en el sentido de que Maduro utilizaba esas pláticas para desprestigiar a la oposición y ganar tiempo para seguir adelante con el desmantelamiento de las instituciones democráticas.
El segundo esfuerzo, muy publicitado, tuvo lugar en el seno de la OEA. En trabajos anteriores en este semanario he comentado sobre las debilidades de lo que puede alcanzarse allí. El recurso de mayor fuerza contenido en la famosa Carta Democrática Interamericana es la suspensión de un Estado de su participación en las actividades de la Organización. Los efectos de semejante suspensión son bastante ilusorios. Así se hizo evidente cuando Maduro decidió, motu proprio, abandonar la OEA. No por ello se encontró aislado; aún hay partidarios suyos dentro de esa Organización que impidieron, al pronunciarse en contra, la celebración de una reunión del Consejo de Ministros para seguir ocupándose del tema. Con esos antecedentes, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, supeditado como es normal a la voluntad de los Estados miembros ha quedado paralizado.
Las esperanzas se colocan ahora en las acciones de un grupo de países latinoamericanos –Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú– que, a más de condenar las acciones antidemocráticas de Maduro, fueron quienes pidieron la reunión del Consejo de Ministros. Hay motivos para el escepticismo respecto a la eficiencia de sus acciones posteriores. Algunos de ellos, como Brasil y México, se encuentran en medio de problemas internos complejos que apenas dejan tiempo para otorgar atención a los problemas de Venezuela.
El éxito limitado de la acción externa lleva a reflexionar sobre nuevos caminos a explorar. En primer lugar, se advierte la ausencia de los países que pueden ejercer verdadera presión. En primer lugar, Estados Unidos. Sin embargo, existe allí justificada preocupación por el efecto que acciones unilaterales de este país tendrían al exacerbar, aún más, el sentimiento anti imperialista de los partidarios de Maduro. Por lo tanto sus acciones, si la desordenada situación del gobierno de Trump lo permite, tendrían que venir acompañando las de países latinoamericanos.
Ahora bien, el país latinoamericano con mayor peso en Venezuela es, sin lugar a dudas, Cuba, a quien no se le ha tomado en cuenta en los esfuerzos de mediación, en parte, aunque no únicamente, por no ser miembro de la OEA. El papel cubano en la realidad venezolana es considerable. Su presencia se hace sentir en los sistemas de seguridad, tanto en el ejército como en las milicias surgidas de los colectivos. Se advierte, incluso, en la represión de las manifestaciones que, toda proporción guardada, ha sido moderada. Difícil imaginar el cambio en la vida política de Venezuela sin tomar en cuenta el papel del ejército y, a su vez, la influencia allí de Cuba.
El segundo aspecto que merece repensarse son las metas fijadas por la acción externa. La prioridad otorgada, hasta ahora, a la celebración de elecciones lleva a un callejón sin salida: Maduro no las va a convocar ante el temor de perderlas. Tampoco son suficientes para enfrentar la situación actual. En el nivel de deterioro que atraviesa el país, lo urgente es contener la crisis humanitaria, diseñar un proyecto para hacer funcionar, aunque sea de manera muy elemental, la economía, comenzar a enmendar el tejido social destrozado y asegurar la cooperación económica internacional. Tumbar a Maduro por vía de la acción en las calles es muy cuesta arriba y no parece suficiente para darle viabilidad al país.
Las acciones externas podrían contribuir, identificando a fuerzas moderadas de uno y otro lado, alentando pláticas para la firma de un pacto social lo más incluyente posible. No podrían quedar fuera totalmente las voces del ejército, ni de los antiguos chavistas que estén listos a negociar. Se requiere un gobierno de transición que pueda evitar la solución extrema, la cual bien puede pasar por un baño de sangre y haría más difícil la convivencia en el futuro.
Se trata de una tarea que llevará tiempo y puede tener altibajos frustrantes. El camino para la normalización de la vida política en Venezuela no se ve cercano. Por lo pronto, estarán presentes de manera sobresaliente la ira y la impaciencia.








