El 27 de abril pasado, los soldados que mantienen un retén en la zona de El Grullo y Autlán abatieron a cuatro muchachos. Según versiones de mirandillas –es decir, ningún boletín oficial del caso–, los muchachos pasaron por un retén militar en El Mentidero, un punto que queda a la mitad de la carretera entre estas dos poblaciones. Algunos lugareños afirman que los militares les marcaron el alto y que éstos no obedecieron; otras voces sostienen que los muchachos ni llegaron al retén, sino que se dieron vuelta en u, buscando evadir su registro en el retén y escaparse. El hecho fue que se desató la persecución.
La alta velocidad que desarrollaban los muchachos hizo que volcaran la unidad en unos topes que hay justo en frente del ingenio de azúcar Melchor Ocampo. Ya no pudieron huir más. Hay dos versiones del desenlace de la historia. Una dice que los muchachos esperaron a que llegaran los soldados y que los recibieron a tiros. Otra dice que los soldados los sometieron y remataron. En la zacapela murieron los cuatro civiles. Al no tener un informe oficial, la rumorología es la que se impone. Los cuerpos de los difuntos fueron trasladados a El Grullo. Uno fue reconocido por sus familiares y recogido de inmediato para darle sepultura. Los de los otros tres permanecían en el Semefo sin ser identificados todavía una semana después.
En distintas partes del país se viven situaciones candentes, como la aquí narrada. Como es una situación generalizada, nos obliga a reflexionar a fondo sobre la aplicación que se está haciendo de la fuerza pública. No basta con que pontifiquemos que se trata de una asignatura que llevamos reprobada. Cuando los estudiantes reprueban una materia, ponen remedio. Se sientan a estudiar en serio o abandonan la plaza. Nosotros no podemos abandonar el cuadro. Se trata de nuestra casa común, se trata de nuestro espacio vital. Estamos obligados como colectivo, como cuerpo social en crisis, como comuna que arde en llamas, a meter las manos al fuego y frenar ya tantos hechos de sangre. No podemos seguir ciegos ante la tragedia.
Para abordar el problema con seriedad, hemos de hacer a un lado la actitud sectaria, con tintes hasta de facciosa, con que lo han estado atendiendo hasta hoy las autoridades. Reproducen siempre una perspectiva maniquea con la que nos dosifican la información en los partes oficiales. Cuando hay registro de personal del orden caído, se lamenta nada más la muerte de estos oficiales y soldados caídos en el cumplimiento de su deber.
Esa actitud es parcial y discriminativa. Tan paisanos, tan caídos, tan dolorosa es la muerte de los uniformados como la de los demás sacrificados en los enfrentamientos. Hasta la fecha no hay registros en las actas, en las pocas que se dan a conocer, de caídos extranjeros, ni de Namibia ni de Etruria, por sólo mentar uno o dos puntos ajenos a nuestra geografía. Se trata de paisanos, en todos los casos. Tal actitud sectaria, maniquea, infamante, tiene que concluir.
No pueden nuestros ministerios públicos tampoco buscar de inmediato la incriminación de los muertos que levanta en las calles, como lo hacen hasta hoy. También ésta es una conducta aviesa. Sea por justificar la inacción para esclarecer las razones de los crímenes o por tender cortinas de humo, no puede seguir tolerándose más esta práctica que ya es costumbre. El caído, si es oficial, andaba en el cumplimiento de su deber. Si no es oficial, andaba en malos pasos; pertenecía al crimen organizado; era un malandrín. Ya no hay que removerle a su expediente. Es más, ni expediente ocupa. Consiguió lo que buscaba.
Son tantos ya los homicidios que registramos al día, que hasta perdimos la cuenta. Ojalá fueran nada más los desa-parecidos en combate. Hace ya buen tiempo que se escarba aquí, allá y acullá y por todo el territorio nacional aparecen fosas clandestinas repletas de cuerpos. Muchos de ellos permanecen sin identificar. No se sabe quién los sacrificó, si los abatieron las fuerzas del orden u otros paisanos enfrentados a ellos. No sabemos quién los sepulta, sin atenerse a los protocolos marcados para estos hechos. Son pues muchos nuestros hábitos necrófilos que deben ser desmontados. Urge hacerlo, antes de que se nos empantane el mundo.
En este orden de ideas, tiene que cegarse la fuente que genera nuestras desa-venencias. Podemos decirlo de manera simplista pero clara. Lo que las origina es nuestro funcionamiento anómalo o defectuoso de nuestra economía. Si nuestra población económicamente activa (PEA) está compuesta de 55 millones de individuos y 30 de éstos están inscritos en el rubro de la informalidad, a 30 millones de mexicanos en edad de merecer, nuestra economía no les ofrece salida siquiera decorosa. Les escamotea la posibilidad de reproducir su vida bajo las formas lícitas o sancionadas positivamente. Pero como el hambre no se hace a un lado por mero arte de magia, sino que hay que conseguir el pan, para sí y para quienes dependan de ellos, pues toda esta multitud desempleada, informal, marginada, trotará por los resquicios y agujeros que les presente tan defectuosa economía.
Hace días la parafernalia federal realizó exequias a los soldados caídos enfrentados a los huachicoleros en Puebla. Se reportaron cuatro mílites caídos, y seis “civiles”. Las cifras ya no sorprenden. Se habló también de un enfrentamiento en San José del Cabo, de otros en Tepic y en Reynosa. Es escena corriente en cualquiera de nuestras ciudades. Los números siempre son elevados. De lo de Puebla brota una pista ilustrativa. El lío con los huachicoleros proviene del oscuro negocio con el robo de combustible a los ductos de Pemex. Al concluir el sexenio de Fox se habló de 204 tomas clandestinas. Al concluir el sexenio de Calderón el registro se elevó a mil 744 puntos de éstas, detectadas y selladas. Ahora (para diciembre de 2016) se maneja la cifra de 6 mil 873. ¿Qué hay de fondo en el crecimiento de estos actos delincuenciales, en el que el gobierno mismo no es ajeno?
Estamos hablando apenas de una página abierta. Pero toda nuestra economía está lacrada con semejantes irregularidades. Ya dijimos que en la narrativa oficial se emplea el tono épico cuando hace referencia a los uniformados. Para los demás muertos, se apunta a su condena, a su satanización. Es grave que los números tampoco terminen de ser precisados y puestos en claro. Se evade la información, se mantiene en la vaguedad o de plano se oculta. Se aduce que no se procesan más datos para no entorpecer las investigaciones, que aún no han sido levantados todos los casquillos del lugar del crimen, o que por razones de Estado conviene que la investigación sea clasificada. No se dará a conocer hasta dentro de cinco o 10 años. Tenemos muchas fórmulas para escurrir el bulto.
Así no podemos seguir. Con tales prácticas no podremos conseguir la sociedad sensata que nos proponemos ser. Urgen pócimas eficientes que pongan remedio a males tan serios. La pústula que nos infecta nos tiene complicados a todos. Tenemos que reaccionar antes de que sea tarde. Hay que enderezar cuanto segmento descubramos que funciona mal. No atender lo que nos queda en corto, lo que podemos sanar en cada caso que enfrentamos, hará que la indolencia general siga dominando la escena y que nuestros males se profundicen y lleguen al punto para el que luego no hay retorno.








