Este domingo 7, una vez que concluya la segunda vuelta de las elecciones presidenciales –en la que se enfrentan Emmanuel Macron y Marine Le Pen–, políticos franceses de todos los partidos se lanzarán a una carrera de pactos y alianzas políticas para competir en los comicios legislativos del próximo mes. El objetivo: juntar una mayoría de escaños que les permita designar al primer ministro y “cohabitar” con el próximo presidente. Pero este proceso augura muchas turbulencias e, incluso, ingobernabilidad.
París.- Ganar las elecciones presidenciales de Francia no significa estar en capacidad de gobernar el país. Todavía falta la compleja prueba de las dos vueltas de los comicios legislativos.
Lo sabe de sobra quien se apresta a instalarse en el Palacio del Elíseo.
Al cierre de esta edición (jueves 4) casi nadie se atrevía a confiar en los sondeos de opinión favorables a Emmanuel Macron. Y los escasos analistas que arriesgaron un pronóstico a favor del líder de ¡En Marcha! se apresuraron a augurar también un periodo de turbulencia política, inclusive de ingobernabilidad…
La violencia y la división que caracterizaron la celebración del día internacional de los trabajadores dan una idea de lo que puede pasar en el país en el corto plazo.
“Cohabitación implacable”
Radicalmente distintos fueron el 1 de mayo de 2002 y e1 de 2017. Hace 15 años todas las organizaciones sindicales del país se unieron en una sola marcha de repudio a Jean-Marie Le Pen, líder del Frente Nacional y contrincante inesperado de Jacques Chirac para la segunda vuelta de los comicios presidenciales. Un millón de personas desfilaron en la Ciudad Luz.
Poco menos de 100 mil marcharon en París este 1 de mayo, gris y frío, de 2017. Lo hicieron en forma dispersa, juntándose en lugares distintos y en horas diferentes. Un grupo de cuatro organizaciones sindicales encabezadas por la Confederación General del Trabajo (CGT) abuchearon con igual virulencia la “ideología fascista” de Le Pen y el “liberalismo económico” de Macron, amenazándolos de igual forma con una oposición sin merced.
Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa, impactado por sus 7 millones de votos en la primera vuelta de la presidencial, hizo una breve aparición en esa marcha presentándose como figura de proa de la izquierda que se opone tanto a Le Pen como a Macron.
De hecho, Mélenchon se define ahora como un “general” que se apresta a librar la gran batalla de las legislativas. Su plan de guerra ya está listo: lograr la alianza de su movimiento La Francia Insumisa con “fuerzas de izquierda” para presentar candidatos a diputados en las 577 circunscripciones galas, juntar una mayoría de escaños e imponerse como primer ministro en una “cohabitación implacable” con quien esté en el Palacio del Elíseo.
Otras tres organizaciones sindicales, entre las que destaca la Confederación Democrática del Trabajo, movilizaron sus tropas contra Marine Le Pen y el Frente Nacional, llamando a votar a favor de Macron, pero advirtiendo que distaban de darle carta blanca en el campo social y económico.
Distintas corrientes anarquistas, como los Black Bloc y los Antifa –jóvenes antifascistas que suelen enfrentar físicamente a activistas de la ultraderecha– lograron infiltrarse en la marcha liderada por la CGT, rebasando al servicio de seguridad de los sindicalistas. Los Black Bloc protagonizaron numerosos incidentes violentos, lanzando cocteles molotov contra los policías. La imagen de uno de ellos convertido en antorcha humana dio la vuelta al mundo.
Al igual que la franja más radical del electorado de Mélenchon, estos jóvenes están convencidos de vivir un “periodo prerrevolucionario”.
“Urge que la situación explote de una vez por todas”, aseguraron varios “melenchonistas” de ultraizquierda a la corresponsal para justificar su voto a favor de la lideresa del FN.
De una vehemencia extrema fue también el debate televisivo entre Le Pen y Macron la noche del miércoles 3. A lo largo de dos horas y media la agresividad de la candidata del Frente Nacional fue casi compulsiva y canceló con ello toda posibilidad de intercambio –aun duro– entre los dos candidatos sobre sus respectivos programas presidenciales.
Invectivas, lenguaje trivial, insinuaciones nauseabundas, mentiras descaradas, burlas groseras y risas totalmente incongruentes… Le Pen mostró su verdadero rostro en ese debate seguido por 16 millones de televidentes y más que nunca resultó obvio su parecido con Donald Trump: la misma demagogia, la misma falta de preparación sobre los temas económicos, el mismo desprecio por las reglas democráticas más elementales.
En el poder o en la oposición esa es la Marine Le Pen que se apresta a jugar un papel de primer orden en Francia, y no la “dirigente moderna” del FN que pretende ser, supuestamente alejada de la ideología extremista de su padre.
Conquistar a los electores de la derecha dura es su mayor ambición para las elecciones legislativas. Ya logró su primera victoria el pasado 29 de abril al sellar una alianza con Nicolas Dupont-Aignan, líder de Arriba Francia, partido político que aglutinó a 4. 8% de los electores en la primera vuelta de las presidenciales.
Integrante de la Unión por un Movimiento Popular, predecesora de Los Republicanos (LR), Dupont-Aignan creó su propia formación política a raíz de su ruptura con Sarkozy en 2007.
A lo largo de toda su carrera, este diputado de 57 años, que se define como “heredero de los valores del gaullismo” y cuya prioridad es la defensa de la soberanía de Francia, vituperó contra el extremismo del Frente Nacional. Hoy asegura que Le Pen ya no es ultraderechista.
Es la primera vez que el FN logra unirse con un partido de la derecha parlamentaria. Le Pen se dice convencida de que no será la última y que logrará constituir una fuerza sólida en el seno de la Asamblea Nacional. Más le vale, pues sin ella no podrá gobernar, en caso de ser elegida, ni podrá afirmarse como la mayor opositora de derecha a Macron, en caso de perder la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.
Juego de escenarios
Imponer una cohabitación política a quien gane estas elecciones no es únicamente la mayor aspiración de Mélenchon, es también la última esperanza de sobrevivencia política de Los Republicanos y del Partido Socialista.
Ambas formaciones quieren impedir que, de ser elegido, Macron constituya una mayoría parlamentaria centrista, porque están conscientes de que tal logro los marginaría.
Apenas conocidos los resultados de la primera vuelta de las presidenciales, Los Republicanos y sus aliados de la Unión de los Demócratas e Independientes (UDI), pequeño partido de centro derecha, se apresuraron a “escoger” al primer ministro que quisieran imponerle al próximo presidente de Francia.
Se llama Francois Baroin, tiene 52 años, encabezó varios ministerios –entre ellos el de Economía– durante el quinquenio de Sarkozy y ahora dirige la batalla legislativa de la coalición LR-UDI.
La tarea de ese ambicioso quincuagenario dista de ser fácil. La derecha está tan desgarrada que Baroin acaba de amenazar con expulsar a los miembros del partido que realicen una alianza con el Frente Nacional o ¡En Marcha! para estas legislativas.
Pero liberarse del yugo de LR parece tentar a un número creciente de los integrantes de la corriente conservadora como de la centrista de esa formación política. Algunos de los cuadros importantes de Los Republicanos expresan ya abiertamente su disposición a “ayudar” a Macron.
Bruno Le Maire, ministro de Agricultura durante la gestión de Francois Fillon, aseguró: “Estoy dispuesto a trabajar con Emmanuel Macron después de las legislativas si los franceses no le dan una mayoría clara, porque eso significará que los electores piden que colaboremos”.
Los caciques ultraconservadores de LR aún no se manifiestan abiertamente sobre su eventual colaboración con Le Pen como presidenta, pero sin mayoría parlamentaria; o aliarse con ella aun cuando haya sido vencida, pero determinada a ejercer su influencia en la Asamblea Nacional.
Más desgarrado aún se encuentra el Partido Socialista, cuyo primer secretario, Jean-Christophe Cambadélis, tuvo que pegar puñetazos sobre la mesa. Prohibió la doble pertenencia al PS y a ¡En Marcha! para ser candidato a diputado y exigió una obediencia incondicional a las instrucciones del partido para la segunda vuelta.
Pero hay cada vez más responsables socialistas reformistas, entre ellos Manuel Valls, que ya se dicen interesados en colaborar con Macron si no logra obtener suficientes escaños en la Asamblea Nacional.
En cambio Benoit Hamon, el desafortunado candidato socialista a las elecciones presidenciales, parece querer acercarse a Mélenchon para construir una fuerza de oposición parlamentaria de izquierda a Le Pen o Macron.
Por todas partes se organizan citas, se afianzan contactos y lazos, se inician negociaciones y transacciones… todo con suma discreción.








