En la Muestra, “Sangre de mi sangre”

En Bobbio, Italia, siglo XVII, Federico (Pier Giorgio Bellocchio) acude a un convento con la idea de rehabilitar la memoria de su hermano, un sacerdote que habría cometido suicidio a causa de una monja; Benedetta (Lidiya Liberman) es acusada de brujería, Federico sucumbe a su encanto, con consecuencias funestas. Brinco abrupto al presente globalizado: en el convento abandonado, que en un momento sirvió de prisión, habita un viejo vampiro, un inspector de impuestos que intenta vender la propiedad a un millonario ruso.

El maestro Marco Bellocchio,­ joven entre los veteranos, propone un cuento, organizado en una especie de díptico temporal, como metáfora de su país; el atavismo, la corrupción, la doble moral de la vieja Italia, son los mismos fantasmas que anidan en la nueva Italia petulante y orgullosa de su pasado.

La familia como caldo de cultivo de la psicopatía, la injusticia social y la superstición, el poder de la Iglesia sobre el alma italiana, espectros de siempre que obsesionan al maestro italiano desde su primera obra importante, Los puños en el bolsillo (1965), donde un chico epiléptico asesina a todos los miembros de su familia; desgarrado entre la subversión política y su estetismo, Bellocchio se mantiene al margen de circuitos comerciales, a diferencia de contemporáneos suyos, como Bernardo Bertollucci o Ettore Scola, que han sabido conceder y acceder a un público más amplio.

Vale la pena revisar su filmografía para apreciar que la obra de este austero artista, marcado por Gramsci y por Brecht, apasionado de la psicología, primero del psicoanálisis (Salto al vacío, 1980) y posteriormente de la anti-psiquiatría, es una forma de expresionismo destilado sobre el que pesa la sombra del neorrealismo; es esa tendencia expresionista misma que parece sobreactuación en sus actores, como ocurre con los habitantes de Bobbio en Sangre de mi sangre.

Si bien la crítica hacia todo tipo de hipocresía, de derecha como de izquierda, es implacable (Bongiorno notte, 2003, sobre Aldo Moro y las Brigadas Rojas), el lastre del incesto asfixia a sus personajes; por más que la ironía y el humor negro hagan disfrutables sus películas (el dentista del vampiro quizá sea otro vampiro), la falta de catarsis deja un desasosiego apenas explicable.

Puesto que su cine se asume un tanto autobiográfico, el dato sobre el suicidio del hermano gemelo de Bellochio es clave para entender sus películas (Los ojos, la boca, 1982, trata el mismo tema); en Sangre de mi sangre Federico queda atrapado en la misma telaraña de deseo que su gemelo; Federico reaparece siglos después; el actor que interpreta estos papeles es el hijo del director.

Pero del rigor formal y la intransigencia política de Bellocchio, que ha llegado a provocar la ira del Vaticano, por ejemplo su defensa del derecho a la eutanasia (La bella durmiente, 2012), escapa la fuerza del deseo y el gusto por la vida. La hermosa monja, que muy a propósito recuerda a María Falconetti, La Pasión de Juana de Arco de Dreyer (1928), encarna la inocencia y la malicia del eros, una especie de mercurio alquímico que respira en el agua y el fuego, y que ni la Inquisición en su tiempo ni el fascismo y la censura actual pueden ahogar.