De “Excélsior” a Proceso*

En mi primer encuentro con el presidente Días Ordaz recibí el golpe de una acusación extrema: era yo, a su juicio, un traidor a México.

A partir de entonces no volvería la tranquilidad a Reforma 18. Una campaña sistemática buscaba el desprestigio del diario. Nos acostumbrábamos a la descalificación. “Miente Excélsior”, un ritual en medios adictos al poder.

Al interior de nuestra casa nos fortalecíamos. Octavio Paz había fundado Plural y Vicente Leñero transformaba Revista de Revistas. Rosario Castellanos, Pablo Latapí, Enrique Maza, Alejandro Gómez Arias, Froylán M. López Narváez, Adolfo Christlieb Ibarrola, Hugo Hiriart, Ricardo Garibay, Samuel del Villar, Miguel León-Portilla, Miguel Ángel Asturias, Alejandro Avilés, Heberto Castillo, Samuel Máynez Puente, Abraham López Lara, Gastón García Cantú, César Sepúlveda, Francisco José Paoli, Gutierre Tibón, escribían en la doble página editorial. Abel Quezada asestaba golpes en su trabajo inimitable. Entre los reporteros algunos se sabían dueños de su trabajo. Llegaría su derecho a la réplica frente a los desmentidos de los funcionarios. Heberto Castillo y yo, hermanos por su decisión y la mía, acompañados por Tere y Susana, nos sabíamos en la confianza de un solo futuro.

Conocí a Gastón García Cantú en casa de Heberto Castillo. Fue íntima la reunión en su morada de Cerro del Agua. Heberto habló prolijamente.

Contaba de la muerte de su hermano mayor, Raúl. Se despidieron, enlazadas las manos. Fue un sábado, el llanto incesante.

Al día siguiente, domingo, Heberto salía de su casa con la manopla y un bat sobre el hombro, vestido ya con su uniforme de beisbolista. Era pitcher. Su madre le dijo:

–Flaco, tu hermano está muerto.

Heberto respondió, grave:

–¿Y qué culpa tiene la novena, mamá?

Al regreso le dijo:

–Les colgué los nueve ceros –y se fue a llorar.

También contó de sus días en Lecumberri. Capturado el 8 de mayo de 1969, al líder del 2 de octubre el régimen lo había llevado hasta la tortura. Miguel Nassar Haro, policía, lo maltrató hasta el desvarío, temblorosas las piernas que apenas sostenían a Heberto.

Tere le transmitía su angustia por los cuatro hijos del matrimonio, pequeños aún. Nunca se apartaría de su marido, la vida de dos en uno, pero ignoraba si tendría la fuerza que haría falta para conducir a las criaturas hasta una temprana madurez.

Heberto, deformado del rostro, le dijo, lastimosas las palabras:

–Tere, yo he de ver en el rostro de nuestros hijos a todos los niños de México. Sólo así tendría sentido la vida en que estamos metidos.

También recuerdo:

En otra fecha. Soltadas las amarras del sentimiento, conversábamos los tres. Susana inasible, en su lugar permanente. Estábamos en el punto más alto de las confidencias cuando sentí que se me caía el diente frontal. Conocí el pánico, a punto de tragarme la pieza. Advertí a Heberto y a Tere que me había acometido un súbito malestar y fui al baño tan pronto como me fue posible. Frente al espejo hice esfuerzos para incrustar el diente en el negro espacio vacío. Imposible. Llegó entonces Leonardo Valdés Zurita, viejo conocido, en otro tiempo yerno de Heberto y Tere.

–Licenciado, ayúdeme por favor.

–¿Qué le pasa, don Julio?

Le expliqué. Sin más, se desprendió del saco y dobló las mangas de su camisa.

–Abra la boca.

Forcejeó. Yo babeaba y le ensalivaba las manos.

–Licenciado, perdón.

–Me cuesta trabajo. Tenga paciencia.

Finalmente, incrustó el diente en el espacio que le estaba reservado.

Nos vimos años después. Nos abrazamos y nos dijimos que deberíamos vernos, reunirnos en el pasado y hablar del presente y el futuro. Sin embargo, los dos sabíamos que no tendría caso llevar a cabo un encuentro sin sentido. Él había tomado su camino, radical en la juventud, y pertenecía, desde mi punto de vista, a un régimen abyecto. Por mi parte, continuaba por rumbos distantes.

Heberto y Siqueiros**

Heberto Castillo, expresidiario como Siqueiros y en la misma época que éste, volvió a la libertad contra su voluntad expresa, paradoja que nace de contradicciones en las que alguna vez todos nos vemos envueltos. Uno más en la lista de los presos liberados sin juicio por el gobierno el 13 de mayo de 1971, se negaba a dejar la celda mientras alguno de sus compañeros continuara en Lecumberri. De nada valieron sus protestas. Sin firmar la boleta que lo hacía libre, volvió a la vida ilimitada.

Con alguna frecuencia coincidían Heberto Castillo y David Alfaro Siqueiros en el Hotel de México. El muralista llenaba de colores espacios inmensos y despertaba el interés de críticos de arte en el mundo entero. El ingeniero, experto en masas y resistencias, vigilaba la estructura del edificio. Levantado con una técnica de su invención, la tridilosa.

Varias veces tocaron el tema de Tlatelolco. Siqueiros relataba su encuentro del 2 de octubre con Echeverría. Le constaba su turbación. Otro era el juicio de Heberto. “Echeverría es un simulador, un farsante”, le decía a Siqueiros. Al tiempo, concluían. l

* Tomado del libro Vivir ,Grijalbo, 2012.

** Tomado del libro Los presidentes
Grijalbo, 1986.