“Los ofendidos”

En vez de sangre, la palabra, diría Marcela Zamora sobre el documental que dirigió acerca de las víctimas de la guerra civil salvadoreña, Los ofendidos (El Salvador-México, 2016), pieza clave del programa de Ambulante, festival mexicano que más labor ha hecho para difundir documentales en el país y en el extranjero.

Aunque casi no se muestre, la sangre, sin embargo, corre a mares por donde navega el equipo de Los ofendidos; entre las imágenes de documentos visuales, fotografías, grabaciones y secuencias de arrestos, masacres filmadas durante los acontecimientos, y basureros de cadáveres, la conciencia del espectador no puede eludir esa sangre derramada gratuita y absurdamente.

Aún más perturbadora es la sangre que salpica de la narrativa de las víctimas y del único verdugo al cual entrevista la directora; el reportaje arranca interrogando al ministro de Defensa actual, militar de calma aparente, con el que Marcela Zamora ilustra la postura oficial que priva actualmente en El Salvador acerca de los conflictos: es un episodio muy triste y se cometieron errores. Con ese olvido e impunidad nunca podrá curarse la herida, explica más tarde el padre de la directora.

Los ofendidos no se acumula a la lista de documentales y testimonios del conflicto salvadoreño, destaca entre todos porque sigue un desarrollo dramático que responde a la pregunta de una hija, la realizadora, a su padre, Zamora Rivas, capturado y torturado durante 33 días, personaje clave en la historia de su país, para tratar de entender por qué se involucró en el conflicto y cómo lo vivió. Antes de responder y cerrar con un bello poema de Roque Dalton, Zamora Rivas le deja una tarea a la hija: indagar y entrevistar a otras víctimas para tener puntos de comparación.

Entre esos ofendidos hay un miembro de la Comisión de Derechos Humanos, que empieza relatando los hechos hasta apenas rozar lo insoportable del recuerdo; mayor es el impacto de la carga emocional al mencionar las vejaciones que sufrió, que el haber visto cómo le arrancan las uñas de los dedos; o una mujer, catequista, que a los 16 años, y embarazada ya, la apresan y torturan, y ella no comprende cuál es el delito. Absurdas masacres en iglesias, absurdo asesinato del cardenal Romero que se atrevió a mencionar el mandamiento de No Matarás.

Quizá la imagen que más perdure en la mente del espectador sea la del torturador entrevistado con la cabeza cubierta con tul blanco, ícono del verdugo sin rostro, que describe técnicas y procedimientos torturantes, el lento exterminio de la dignidad de individuo; instrumento de muerte este martirizador que, a pesar de acudir, ahora, cada día a la iglesia, dice que no siente culpa porque cumplía órdenes, Eichman de por estas latitudes cuya sensatez sólo llega a mencionar que si se hubiera defendido a algún detenido lo habrían acusado de simpatizante de la causa.