“El lago de los cisnes”

Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) ya era muy famoso por sus sinfonías, conciertos y óperas antes de pensar en escribir algún ballet. Compuso el primero, El lago de los cisnes, en 1877, estrenado en el teatro Bolshoi de Moscú con una coreografía de Julius Reisinger. La obra no gustó pese a la maravillosa partitura de Tchaikovsky, que por revolucionaria no fue bien comprendida; la crítica argumentó que la música era demasiado compleja para ser una pieza de ballet.

Con ella ocurrió algo muy curioso: en ese año, la  bailarina Anna Sobeshchánskaya solicitó que Marius Petipa coreografiase para ella un nuevo pas de deux para el tercer acto, lo cual era una práctica normal en el siglo XIX. Petipa lo hizo con música de León Minkus, un pas de deux classique, es decir, una breve entrée, el gran adage, una variación para él, otra para ella y coda. Esta interpolación enfadó mucho a Tchaikovsky, quien propuso componer la música del nuevo pas de deux de manera que la bailarina utilizara la coreografía que Petipa ya le había diseñado, una música que se correspondería con la de Minkus de manera que la bailarina ni siquiera lo tuviese que ensayar.

Indudablemente que los tres ballets de Tchaikovsky (La bella durmiente y El cascanueces completan la terna) han perdurado, sobre todo por la belleza de su música.

La Compañía Nacional de Danza del INBA (CND) nos ofrece por fin una versión íntegra de este ballet (la que se presentaba en la isleta del lago de Chapultepec era, en el mejor de los casos, un bonito espectáculo de selecciones).

Nos sorprendió el cuerpo de ballet, su entrega, su actitud, y la pulcritud de su desempeño; nunca lo habíamos visto así: sus integrantes suben al escenario a darlo todo.

Mayuko Nihei es una joya, da gusto verla bailar los dos cisnes en la misma función de manera impresionante, aunque un poco fría en Odile, el Cisne negro.

Sorprendentes e impecables los Bufones Julio Morel y Rodrigo Ortega, desbordando energía, alegría y agilidad.

En el príncipe Sigfried, Argenis Montalvo y Sebastián Vinet muy bien: elegantes con señorío y juventud.

El pas de quatre, tan difícil para salir impecable, lo lograron. Excelentes los veteranos Tihuí Gutierrez y Gabriel Rizo.

Hay que decir que la iluminación es un poco errática, no así el vestuario y la escenografía.

Se nota mucho la mano del nuevo director de la CND, Mario Galizzi, cuyo trabajo está encausado y con entusiasmo.

Blanca Ríos como el frágil Cisne blanco, Odette, es encantadora, precisa y elegante.

Y sobresaliente, como siempre, Agustina Galizzi, ahora como la malvada y usurpadora Odile elegante y seductora, de maravilla.

Un inolvidable espectáculo que marca una nueva etapa de esta icónica obra.