Gobernó Egipto con mano de hierro durante tres décadas y finalmente fue depuesto durante la Primavera Árabe en 2011. Fue llevado a juicio, acusado de la muerte de 238 personas, entre otras cosas. Pero el sistema judicial egipcio –un sistema que él mismo forjó– acaba de desestimar todos los cargos en su contra. Así, Hosni Mubarak podrá irse a vivir tranquilo a su casa, tan pronto sus médicos lo autoricen a dejar la lujosa suite del hospital donde “cumplía” su sentencia.
El círculo abierto por la revolución del 25 de enero de 2011 se cierra: Hosni Mubarak, el dictador derrocado, sometido a proceso judicial y sentenciado a cadena perpetua, ha sido absuelto de los principales cargos en su contra y, según declaró su abogado el lunes 13, en cuanto “los doctores decidan que puede hacerlo”, abandonará la lujosa suite del hospital donde cumplía su condena, para retornar a la misma mansión que ocupó como vicepresidente y luego presidente de Egipto.
El jueves 2 el juez declaró –sin dar a conocer su razonamiento legal– que Mubarak no es culpable de los asesinatos de 238 personas de los que fue acusado, de un total de 850 víctimas durante el alzamiento que se prolongó 18 días hasta su renuncia forzada, el 11 de febrero de 2011.
Este anuncio fue acompañado de otro sobre la liberación por amnistía de 203 presos. Pero mientras Mubarak recupera las comodidades de su vida como gobernante, a pesar de que la posesión legal de su residencia está bajo cuestión, muchos presos políticos –una cantidad imprecisa, pero estimada en miles– permanecen en las brutales cárceles egipcias: la generación de los activistas de la Plaza Tahrir es conocida ahora como la de la “revolución encarcelada”.
Mientras tanto, el descontento vuelve a crecer en Egipto. En un país acostumbrado a la calma férrea de la represión, el trauma de un sexenio de alzamientos populares, matanzas y el golpe de Estado que entronizó en el poder al general Abdelfatá al Sisi, genera en muchos el deseo de orden aunque sea de hierro, pero el imparable declinar de la economía hostiga aún más: ajustándose a las exigencias del Fondo Monetario Internacional, el gobierno ha decretado aumentos en los precios de los combustibles y la suspensión del subsidio del pan –único alivio para las clases más empobrecidas–, provocando disturbios en extensas partes del país.
“¡Sacrifíquense con su hambre! ¡Sacrifíquense con la falta de su cena!”, respondió a los manifestantes el general Mohamed Mansour, jefe de los servicios de seguridad de la capital, El Cairo. “Ella (la nación egipcia) sacrificó a sus hijos. Si no (lo hacen), no habrá más Egipto.”
Revolución vencida
Militar de carrera en la Fuerza Aérea y designado vicepresidente por Anuar el Sadat en 1975, Mubarak asumió la Presidencia tras el asesinato de su mentor, en 1981. Durante 30 años fue el centro indisputado de la vida en el Ejército y el país, y pocos esperaban que un movimiento popular predominantemente civil y pacífico, el iniciado el 25 de enero de 2011, pudiera hacer tambalear al “faraón”.
La insólita declaración de que las fuerzas armadas serían “neutrales” en el conflicto entre los revolucionarios y el gobierno, dada a conocer a principios de febrero de aquel año, fue un indicio de que había facciones influyentes en el Ejército que operaban contra su líder. El 10 de febrero se anunció que Mubarak daría un discurso de renuncia, que después se sabría que fue una oportunidad brindada por la cúpula militar para explicar su salida en sus propios términos.
Mubarak la aprovechó, sin embargo, para dirigirse a su pueblo como un padre decepcionado que, pese a todo, le daba la oportunidad de regresar al buen camino. Exigía apoyo pero la jugada fracasó: el 11, decenas de miles de manifestantes en la plaza Tahrir rugieron al escuchar al vicepresidente, Omar Suleyman, comunicar a toda prisa las “renuncias” de su jefe y la propia, y la transferencia del poder al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.
Muchos egipcios consideraron llegado el feliz momento de retornar a casa con la victoria en la mano. Otros entendieron que sólo había caído una careta: el Ejército seguía allí. Siguieron meses de inestabilidad hasta que en las elecciones de 2012 se impuso una coalición de organizaciones islamistas encabezada por el nuevo presidente, Mohamed Morsi, de la organización Hermanos Musulmanes, quien a su vez fue depuesto el 3 de julio de 2013 por el golpe militar dirigido por el general Sisi, actual mandatario.
Su poder se consolidó en agosto con dos grandes matanzas cometidas por soldados contra civiles, con saldo de alrededor de 2 mil muertos, y con el encarcelamiento de Morsi y sus cercanos, de miles de simpatizantes islamistas, de cientos de miembros de grupos liberales y de izquierda, incluida gran parte de los activistas de la revolución, y de decenas de periodistas nacionales y algunos extranjeros.
La ruptura constitucional y la violencia fueron aceptadas con pocas quejas por las grandes potencias, incluida la administración de Barack Obama, y sin una muestra de condena por el gobierno mexicano. Los grupos terroristas islámicos se fortalecieron con reclutas decepcionados por el fracaso del ejercicio democrático.
En paralelo avanzaban varios procesos contra Mubarak, sus hijos –Gamal, a quien su padre trató de colocar como sucesor, y Alaa– y sus principales colaboradores, como su ministro del Interior, Habib el Adly. En junio de 2012 un juez encontró al expresidente culpable de haber ordenado la muerte de 238 manifestantes, de los 850 que perecieron en la revolución de enero de 2011, y lo sentenció a cadena perpetua.
Otro tribunal los condenó a él y a sus hijos a tres años de cárcel por el desvío de 125 millones de libras egipcias originalmente etiquetados para el mantenimiento del palacio presidencial.
Esto lo convirtió en el único dictador sometido a juicio de entre los cinco que enfrentaron alzamientos de consideración en lo que se conoció efímeramente como la Primavera Árabe. Los otros fueron Zine el Abidine Ben Ali, de Túnez, y Ali Abdullah Saleh, de Yemen, que salieron al exilio; el libio Moamar Gadafi, asesinado en la guerra; y el sirio Bashar al Assad, quien se mantiene en el cargo gracias al apoyo de Rusia e Irán.
En enero de 2013, no obstante, una Corte de segunda instancia señaló fallos en el juicio por los asesinatos y ordenó su repetición; Mubarak ganó en noviembre de 2014, ya con Sisi en el poder. El fallo emitido este lunes 2, de nuevo en segunda instancia, es definitivo y el “faraón” fue liberado de toda culpa. El juez consideró, además, que los tres años de condena por corrupción habían quedado cubiertos por los seis pasados en la suite del hospital.
Por lo tanto, anunció el abogado Farid al Deeb el lunes 13, “el fiscal general aceptó liberar a Mubarak y se podrá ir a su casa cuando los doctores decidan que puede hacerlo”. Por casa, precisó, se refiere a su mansión en el barrio cairota de Heliópolis.
El Estado le asignó esa residencia en 1979, cuando todavía era vicepresidente, y la propiedad le fue transferida de manera encubierta a su esposa Suzanne en 2002: según una investigación de Mada Masr, la Tesorería de la Nación vendió este bien público al Servicio Egipcio de Inteligencia, que a su vez lo entregó a una compañía inmobiliaria del mismo Servicio, llamada Valle. Suzanne Mubarak lo adquirió de ésta, ya como propiedad privada.
Sólo cuando Mubarak perdió el poder, el asunto fue tomado por los fiscales y su esposa pasó cuatro días en prisión en mayo de 2011. A cambio de su liberación, la señora Mubarak se comprometió a pagar 24 millones de libras egipcias y a venderle la propiedad al Estado, lo que no se ha cumplido.
“No están pensando en Mubarak”
En redes sociales, los activistas cuestionaron la absolución y denunciaron que, a fin de cuentas, el sistema judicial egipcio no halló culpables ni por las 850 muertes ni por las 238 que le habían sido adjudicadas a Mubarak.
La mayor parte de las voces de aquella revolución de enero, no obstante, han callado: quienes evitaron la cárcel –pero a veces no la tortura– pasaron al exilio o a la clandestinidad o sepultaron su vida política. No son ellos quienes salen a las calles a protestar estos días, dice Alah al Tantawy, quien perteneció al sector más joven de los rebeldes de Tahrir –hoy apenas tiene 21 años– y considera que es su deber relevar a sus mayores, que ya están “cansados y amedrentados, pues han llegado a los 28 o 30 años”.
Piensa que en la oposición se repite el cambio generacional ocurrido en el gobierno: “Es como el presidente que está ahora, que reemplazó con la gente de su edad a los que nosotros derribamos”, pese a que la diferencia entre Mubarak (88 años) y Sisi (62) es de 26 años, bastante más que la edad de este joven.
“La absolución de Mubarak demuestra que nunca hubo un juicio, sólo una simulación para conseguir silenciar el descontento de la calle”, afirma en entrevista vía correo electrónico. “Para nadie fue una sorpresa: desde 2013 abrieron la vía para exonerarlo. No puedes esperar que lo condenen los mismos jueces que él nombró, el sistema judicial es el que Mubarak fue estableciendo a lo largo de tres décadas”.
En Facebook, la página –de autor desconocido– “Si declaran inocente a Mubarak iré desnudo a la plaza Tahrir”, tiene 111 mil likes. En los últimos días, sin embargo, se ha llenado de comentarios de usuarios que reclaman el incumplimiento de la promesa.
El anuncio de que el exdictador retornará a su mansión, explica Tantawy, va a tener un impacto escaso entre la población, en un ambiente en el que él y los activistas que quedan tienen pocas formas de influir: “Las condiciones de vida de la gente han ido de mal en peor en estos seis años. No les importan las libertades o la democracia, e incluso la religión no es tan urgente para ellos como sobrevivir día a día: no hay trabajo, no hay pan, lo que ganan no alcanza. No están pensando en Mubarak”.
“¡Queremos comer!”
El general Mansour expone sus razones para exigirles a los egipcios que se sacrifiquen, en un video que se ha tornado viral en internet: “¡Queremos un kilo de aceite! El aceite es caro. ¡El precio es demasiado alto! ¡¿El azúcar?! Pero gente, ustedes tienen cinco kilos de aceite en su alacena o almacenados. ¿Por qué tienen que ser 10 kilos de aceite? Eso es simplemente grosero. No se puede llamar de otra forma”.
Una de las principales fallas de la economía egipcia, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), es que no se rige bajo principios de competitividad y eficiencia, sino por las leyes del compadrazgo entre camaradas de armas. En noviembre, Sisi aseguró que el peso de los negocios de los militares en la economía es sólo de 1 a 1.5%, pero estimaciones independientes indican mucho más: de 35 a 40%.
Realizan actividades en una variedad de sectores, como los servicios de salud, la construcción de carreteras y otras infraestructuras civiles, la educación, la electricidad, la distribución de combustibles, la producción de alimentos –de lácteos a trigo–, el cemento, los fertilizantes y la piscicultura, de acuerdo con una investigación periodística realizada por el portal Mada Masr en septiembre de 2016.
Si bien los soldados de bajo rango viven en condiciones de escasez, los oficiales involucrados en esta bonanza se cuentan entre las personas más acaudaladas y muchos de ellos pueden tener residencias en barrios de alto nivel, como Maadi, en el sur del Cairo, donde se encuentra el Hospital Militar que alberga a Mubarak, o Heliópolis, ubicación de la residencia del expresidente.
Para obtener un préstamo de 12 mil millones de dólares, el gobierno de Sisi pactó con el FMI un paquete de recortes que terminó con el régimen de cambio fijo para la libra egipcia, y que ha desatado la inflación, que alcanzó 31.7% en febrero.
En las protestas, que han sido llamadas “motines del pan”, las consignas de la revolución ya no tienen espacio, pues han sido suplantadas por un eslogan mucho más simple y compartido por todos: “¡Queremos comer! ¡Queremos comer!”.








