“Silencio”

Marginada por los Óscar porque alguien habría supuesto que los tiempos no están para tratar asuntos de crisis de fe, colonialismo y evangelización forzada, Silencio (Silence; EU-Taiwán-México, 2016) cuenta el doloroso proceso de un misionero torturado por las autoridades japonesas que intentan hacerlo abjurar del cristianismo, y así desalentar a los conversos.

A Martin Scorsese le tomó casi tres décadas adaptar y llegar a dirigir la novela de Endo Shusaku (1966), escritor cristiano de alma torturada afín a la desesperación existencial y búsqueda de certeza de novelistas como Mauriac, Bernanos o Graham Green; ahora, el director de Taxi Driver condensa, de manera magistral, los temas que recorren su cinematografía de principio a fin, la tensión entre sombra y luz, el bien y el mal, con personajes excesivos que habitan más allá de esos contrastes, atrapados en las telarañas del ego.

El Scorcese de Silencio es un realizador sabio que supo cotrolar su virtuosismo, sin excederse en sus metáforas favoritas a cuatro elementos (Cabo de miedo, por ejemplo); en el territorio y en la situación histórica del Japón de principios del siglo XVII, fuego y tierra, agua y viento, son parte de la experiencia cotidiana y terrible, el shogunato de los Tokugawa ve en la evangelización una amenaza para la unificación del país y ha decidido erradicar el cristianismo; los buenos muchachos que son este par de jesuitas portugueses, el padre Rodrigues (Andrew Garfield) y el padre Garupe (Adam Driver) desafían la prohibición cuando llega a Macau el rumor de que su guía espiritual, el padre Ferreira (Liam Neeson), ha apostasiado.

Una de las peores transgresiones en las religiones del libro, como el cristianismo o el islam, es la apostasía; la conversión de los paganos es una hazaña demasiado costosa para no cobrarla con sangre; la substancia que circula por la venas de Silencio es esta sangre, requisito y prueba de la fe, pero ante la cual la deidad guarda un silencio terrible. Fácil mantener la calma en el retiro del claustro, demasiado doloroso cuando gente buena e inocente muere torturada, desangrada, decapitada o crucificada, frente a los ojos de quien la incita al martirio con tal de no pisar o escupir sobre los íconos de la fe.

Si la sangre es el fluido de Silencio, la columna vertebral de este drama de la fe, el cuestionamiento que soporta la estructura, se haya en el comentario del gobernador Inoue (Issei Ogata), el samurai a cargo del exterminio –“no los necesitamos, pues a diferencia de un Dios que resucitó un día, aquí, Dios resucita cada día cuando sale el sol”–, otro samurai repite la frase literal en la novela original, de que “el suelo de Japón es un pantano demasiado lodoso para que germine el critianismo” (lo escribe un japonés cristiano en el siglo XX).

Es esta noción sobre la vanidad del evangelizador, incapaz de apreciar la fe y el valor de una cultura diferente, el aspecto más sutil de la cinta de Scorcese, director que sorprende, como acostumbrado, con su manejo de actores, entre ellos algunos de los mejores del cine japonés actual (Asano Tadanobu, Yosuke Kobozuka, el veterano Yoshi Oida).