Se trata de una producción del Teatro del Bicentenario de León, Guanajuato, mismos directores, iluminadores, vestuaristas etc… Lucia di Lammermoor (1835), la más popular ópera de Gaetano Donizetti (1797-1848), fue compuesta en tan sólo 36 días y está llena de maravillosas melodías que siguen encantando al público.
La escena de la locura del segundo acto es uno de los más elevados ejemplos de virtuosismo para las sopranos de coloratura. Toda esa escena está escrita en tono de Fa, y actualmente se baja un tono, a Mi bemol, Donizetti la escribió para soprano y armónica de cristal, instrumento sustituido actualmente por un par de flautas.
La Ópera de Bellas Artes ofreció cinco funciones, y pudimos escuchar los dos elencos. La siberiana Irina Dubrovskaya cantó en la inaugural y fue la indiscutible triunfadora de la noche, perfección técnica absoluta, bella voz de soprano coloratura, volumen mediano pero con capacidad de alcanzar sin dificultad el fortissimo elegancia y estilo impecables, un poco fría actoralmente, aunque el público la vitoreó y ovacionó de pie.
Angélica Alejandre, joven soprano mexicana, ya ha cantado Romeo et Juliette, Traviata, Rigoletto etc., su desempeño en Lucia di Lammermoor fue entusiasta, lleno de emoción y entrega escénica. Pero es una obra que todavía no domina, tal vez fue prematuro invitarla a Bellas Artes. Pero hay que seguir con atención su carrera.
En el papel de Edgardo, Ramón Vargas, cuyo lugar está muy cimentado en todo el mundo desde hace décadas. Cumplió inteligentemente con el papel, cuidándose, timbre y técnica incuestionables pero sin generosidad en la actuación ni en el canto. Hugo Colín, del segundo elenco, ya se había cubierto de gloria al sustituir en I Puritani al tenor italiano Alessandro Luciano, una obra de lo más demandante. En Lucía di Lammermoor, la voz quizá un poco pequeña, canto elegante y mesurado, bien entendido el estilo belcantista, técnica resuelta, empeño y energía desbordante, un tenor muy prometedor.
Magníficas la dirección musical de Srva Dinic y escénica de Enrique Singer, así como la escenografía de Philippe Amand que consistía en enormes pinturas renacentistas tipo holandés, moviéndose de cuando en cuando, a las que los cantantes se integraban creando un sorprendente efecto lleno de magia.
El trío protagónico lo completó Juan Carlos Heredia, barítono muy eficiente, becario del taller de la Ópera de Bellas Artes, desbordando energía escénica y vocal, una gran actitud, y se llevó sonoras ovaciones, como corresponde.
El joven Leonardo Joel, estupendo tenor, se lució de verdad con su breve personaje de Arturo, salió a darlo todo.
Muy difícil el papel del bajo, el capellán Raimondo abordado por el uruguayo Ernesto Morillo. El mexicano José Luis Reynoso cantó este mismo personaje en el segundo elenco, lo notamos en apuros técnicos que supo sortear y cumplió sin mucho lucimiento.
Dos cosas muy cuestionables del vestuario: el camisón blanco, pulcro de Lucía luego de haber apuñalado a su marido, y el hábito gris claro de Raimondo, el capellán en la última escena… ¿para qué se cambió? El hábito es distintivo de la orden sacerdotal. En la sinopsis argumental del programa de mano olvidaron escribir que Lucia, en el tálamo nupcial, apuñala a muerte a su marido impuesto, lo cual da pie a la escena de la locura, gravísima omisión.
Pero como siempre en la ópera, lo más importante es el canto, y esta vez hubo momentos muy disfrutables.








