Doce extrañas naves se posicionan en diferentes puntos del planeta Tierra, los altos mandos del Pentágono comisionan a un grupo de científicos, entre ellos a la lingüista Louis Banks (Amy Adams), para encontrar una manera de comunicar con los extraterrestres; cerca de la astronave, que recuerda el misterioso monolito de 2001, Odisea en el espacio y flota sobre los verdes campos de Montana, se instala el campamento de estudio y de defensa militar.
En principio, La llegada (Arrival; E.U., 2016) parece una de tantas películas de ciencia ficción, sobre todo por el montón de referencias o lugares comunes de clásicos del género, la mencionada obra magna de Kubric, o Alien, Encuentros cercanos del tercer tipo, sin descuidar al mismo Tarkovski, pero existen razones para darle una oportunidad al canadiense Denis de Villeneuve, realizador de esta adaptación de la novela corta de Ted Chiang (la estupenda Historia de tu vida); la razón más simplona es la nominación al Óscar; más importante, que Villeneuve firma La mujer que cantaba (Incendies, 2010), y que además se va atrever a dirigir la secuencia de un clásico sagrado, Blade Runner.
Hacer cine acumulando tropos es un arma de dos filos; es decir, el virtuosismo que muestra una película a base de figuras o maneras de contar derivadas de íconos de culto, o pasa desapercibido porque el espectador no distingue nada nuevo, o queda dando vueltas tratando de seducir a los fanáticos del género, o sí es capaz desarrollar el lenguaje cinematográfico a partir de esos motivos. En mucho, La llegada fracasa en este intento, pero sí logra un tanto abrir ventanas nuevas; por ejemplo, a partir de ingraviez en el viaje a la luna, la conocida secuencia muda de 2001, Odisea en el espacio, Villeneuve compone un código visual cada vez que el equipo sube a la nave extraterrestre, primero contra la gravedad y después fuera de ella, todo dentro de una geometría simple pero vertiginosa; el sello es Kubric, la mirada atónita del astronauta tras la escafandra frente al abismo del cosmos.
Lo que mejor logra La llegada es mantener una carga emocional a todo lo largo de un discurso sobre la dificultad, o la casi imposibilidad de comunicar con una especie alienígena; esto es gracias a la liga tensa entre la historia personal de la doctora, muerte de su hija, desazón provocada por la actitud militar y política, y fascinación ante el descubrimiento de una inteligencia que funciona sintentizando tiempo y espacio.
La reseña del diario inglés The Guardian elogia esta producción, no sin dejar de ironizar al preguntarse por qué no se buscó la asesoría de Noam Chomsky, el gran experto en las estructuras innatas del lenguaje, cosa que hubiera sido formidable en estos momentos de vivir amenazados por un troglodita de la comunicación (digo yo); lo que se impone, en cambio, es el entusiasmo estético de Villeneuve, la abstracción total de un lenguaje circular, la formación de mandalas donde ningún componente sobra, tanto a nivel gráfico como en el movimiento de la cámara.








