En lo que a las artes visuales se refiere, la gestión de Cristina García Cepeda como titular de la Secretaría de Cultura empezó mal. Al igual que en octubre de 2012, cuando fue nombrada coordinadora de Cultura del equipo de transición del entonces presidente electo Enrique Peña Nieto, la ahora secretaria de Estado centró su atención en lo que parece una constante de su desempeño: la continuidad de la administración en curso y el diálogo con la comunidad artística.
Compromisos muy limitados si se toma en cuenta la dinámica transformación que ha tenido el sistema de las artes visuales en los últimos veinte años. Con significativos cambios en sus cotizaciones, procesos de producción y modelos de circulación, las artes visuales exigen una visión política crítica y emprendedora que sirva al país y a sus ciudadanos; y no sólo al reducido grupo de poder que constituye la comunidad artística institucional.
Una de las continuidades más urgentes a revisar es el Sistema Nacional de Creadores. Con evidentes contradicciones entre lo que plantean las reglas de operación y su funcionamiento, los objetivos y privilegios deben reubicarse. En lo que respecta a los Creadores Eméritos, baste como ejemplo que aquellos que gozan de este estímulo vitalicio desde su inicio en 1993 –Manuel Felguérez, Vicente Rojo, José Luis Cuevas–, han recibido a la fecha 20 salarios mínimos mensuales que, con base en los 38 mil 856 pesos que reciben actualmente, da un total aproximado de 10 millones, 724 mil pesos. Si los beneficiados gozan de un constante o inclusive exitoso mercado –como el escultor Sebastián, que desde 2016 recibe el estímulo– ¿es responsable otorgar el privilegio?
Otra continuidad que urge cambiar es la indiferencia de las autoridades culturales ante los vínculos entre la iniciativa privada y los programas institucionales y museísticos. A pesar del exagerado protagonismo que tiene el mercado internacional del arte –ferias, galerías, coleccionistas–, los procesos de legitimación artística se construyen en plataformas de promoción institucional. Como bien señaló el mes pasado el director general de la prestigiada feria Art Basel, Marc Spiegler, “(…) un artista (…) que ha tenido la oportunidad de tener exposiciones en museos, tiene un mercado mucho más estable. Sólo un museo puede canonizar a un artista” (El Universal).
El cambio podría empezar con la evaluación de los funcionarios que organizaron la controvertida XVII Bienal de Fotografía del Centro de la Imagen (CI). La presencia de curadores y creadores vinculados con SOMA –organización dedicada al intercambio cultural y la pedagogía del arte, patrocinada entre otros por el Patronato Arte Contemporáneo A.C– es notoria tanto en el jurado como en los artistas que recibieron mención. Con un 60% en el jurado, un 45% en las menciones y un 18% en la selección general, la presencia de SOMA se problematiza al encontrar a la directora del CI, Itala Schmelz, entre la lista de críticos que participarán en el programa de verano 2017 de la organización.
Conveniente para los alumnos y responsables de SOMA, su presencia en la XVII Bienal plantea un compromiso para la nueva directora del Instituto Nacional de Bellas Artes, Lidia Camacho: fortalecer el sistema de educación artística que imparte el Instituto y diseñar estrategias legitimatorias de resonancia nacional e internacional para los alumnos.








