“Dulzura americana”

Algo tiene de circo ambulante este grupo de jóvenes viajando un tanto a la deriva por las desangeladas tierras del Medio Oeste estadunidense (Kansas, Oklahoma), vendiendo de puerta en puerta suscripciones de revistas, toda una forma de vida para jóvenes en busca del sueño americano, desertando de familias desbaratadas.

“Mag crew” (magazine crews) es el término que se aplica a esta nueva forma de cultura que la británica Andrea Arnold inspecciona en la primera película que rueda fuera de su país, Dulzura americana (American Honey; E.U.- Gran Bretaña, 2016).

Entre contagiada por el entusiasmo del grupo y cautivada por Jake (Shia Laboeuf), el vendedor estrella, la bella Star (Sasha Lane) abandona a sus hermanos para unirse a la caravana de jóvenes desadaptados que encuentra en un supermercado y se dirige a Kansas, ecos que hacen irresistible reconocer las aventuras de Dorothy en El Mago de Oz. Con estos nuevos amigos destilando hormonas en cuerpos tatuados, más banda que tripulación, la joven comparte el alboroto de cuartos de motel, fiestas improvisadas a cada paso, alcohol del que sea, hurtos menores, mucha música, sexo y hasta un poco de prostitución.

Krystal (Riley Keough) es la bruja de este road picture, explotadora y déspota, celosa y castrante jefa de ventas que gobierna en bikini de bandera americana; la consigna es vender, aprovechar la soledad de esposas aburridas, explotar la lástima en los clientes; Jake es un príncipe sociópata, y Star, la princesa desarrapada de este cuento entre fantasía y documental, relato de aprendizaje al final de la adolescencia; pero por la manera de motivar y organizar números musicales de corte iTunes al ritmo de Rihanna, en escenarios de Walmarts, estacionamientos, ciudades empobrecidas, Dulzura americana podría pasar por un musical.

Aunque sigue un guión con diálogos bien armados, la directora se permite improvisar con este grupo de actores, la mayor parte de ellos no profesionales que fue descubriendo durante meses en playas y fiestas; con Sasha Lane, quien nunca había actuado, logra captar la espontaneidad del momento, la incertidumbre de una joven desarraigada que vive al día y cree que lo mejor está más allá del arcoíris.

Como tantos directores independientes, Andrea Arnold, representante del realismo social inglés, cayó en la tentación de hacer cine en Estados Unidos; pero en vez de llegar directamente a Hollywood decidió tomarse su tiempo y explorar el mito americano, quizá seducida por la vastedad, la visión del desasosiego, un poco a la manera de Wim Wenders (París, Tejas).

Saturada de color con la cámara de su cinefotógrafo de siempre, el irlandés Robbie Ryan, la energía de vida de estos jóvenes que vienen de la oscuridad y persiguen una fantasía, Dulzura americana transmite el flujo erótico de la juventud y la crudeza de la realidad social, sin el sentimentalismo del que a veces peca Ken Loach, o la sexplotación de Larry Clark (Kids).