Fidel, modelo a seguir

Un día íbamos a saber del deceso de Fidel. Se pronunciaron discursos de rigor; se le tributaron obligadas exequias; lo incineraron; depositaron sus cenizas al lado de José Martí, en Santiago. Los rituales fueron transmitidos en imágenes instantáneas por los medios masivos. Las atendió el que quiso. Los discursos en torno al significado de su vida y de sus hechos abundaron, igual que las imágenes de duelo. Hombre dedicado a encabezar los eventos de su pueblo, fue fiel (de acuerdo a su propio nombre) hasta el último momento a esta vocación. Ahora descansan en paz sus cenizas. La vida en Cuba sigue su curso. Para 12 millones de cubanos el sol sigue brillando. A la vida hay que hacerle frente.

Aparecieron, inmediatas a la noticia de su muerte, columnas de denuestos e improperios en su contra. En honor a la verdad, también hay que registrar muchos análisis elogiosos, defendiendo su memoria. Sopesando cuál de los dos paquetes resulte ser más abundoso, podría pensarse que quienes hablan a su favor sobrepasan a los de mala laya, dedicados en su contra. Es notable el hecho de no haber resultado indiferente en el momento culminante de su vida, cuando tenía ya una década retirado de las funciones públicas. No fue hombre para pasar desapercibido nunca.

Quienes dedican su actividad a las tareas pedagógicas y educativas nos hablan de la importancia que tiene, en la formación de la mente de la gente joven, la elección de un modelo para ser imitado o para que sirva de punto de referencia y guía en la vida futura. En la tierna infancia escogemos, como figura digna de imitar, al papá o a la mamá. Son los puntos de referencia que nos quedan más cercanos. Es gracioso escuchar inocentes disputas en jardines de niños donde los pequeñines defienden a brazo partido a sus progenitores, al grito de: “Mi papá es el mejor del mundo”; o el inocuo: “Mi mami es mejor que la tuya”. Nadie toma partido en una pelea tan elemental pues no tiene sentido hacerlo.

A quienes se dedican a moldear mentes infantiles el dato les revela la fuerza del modelo, el cuidado por la elección de uno, en el proceso formativo de los educandos. No se ha de descuidar esta dotación de figuras indelebles para la mente infantil. En sus conatos por adaptarse felizmente al mundo adulto, han de capturar una figura para identificarse, que no les conduzca a fiascos futuros. Siempre volverán a ella en sus momentos de incertidumbre más acuciantes, cuando la indefinición se apodere de su alma solitaria. Una vez interiorizado el modelo, le cuestionarán por la salida a cada encrucijada. Será su linterna y su guía para cada paso que vayan a dar, en tanto van fortaleciendo sus piernas y logran arrancar por sí mismos en los azarosos senderos de la vida.

Según la tradición clásica Aristóteles, mentor de Alejandro de Macedonia, le inculcó como modelo a Aquiles, héroe de la Ilíada. Es tópico conocido. Aníbal, el cartaginés, llevaba grabada en su pecho la de Alejandro. Se puede explorar esta cadena de modelos y seguidores, exitosa o frustrada. En otros horizontes, Platón, en su diálogo Simposio, transmite el testimonio de las ligas de Alcibíades con Sócrates, su mentor. Adultos ambos, se vuelven a encontrar. El alumno no se arrepiente de haber escogido a tal figura viva, para tornear su propia vida con dicho patrón. Hubo en los primeros siglos de la cristiandad un debate en torno a la divinidad o la mera humanidad de la figura de Jesús. Los arrianos defendían que no se endiosara tal figura, que no se desaprovechara el vigor de un modelo tan poderoso. Al divinizarlo venía a quedar fuera del alcance de la imitación de tantos infantes, que son los que recurren a estas formas de operar. Los arrianos no sólo perdieron el debate, sino que hasta fueron declarados herejes.

Es indudable que Fidel, su figura, su estampa, pertenecen ya a esta especie de entes por imitar. Jugó tal rol con los muchachos de mi generación y lo seguirá jugando con las generaciones venideras. Su papel determinante en la lucha por la liberación de su patria no es una gesta que se escriba sobre las rodillas, ni que se emprenda tan sólo por ocurrencia ociosa. Se trata de empeños valiosos a los que se les invierten todas las energías de la vida, de muchas vidas. Mantenerse en dicho pebetero, sin claudicar, lo hacen sólo los personajes escogidos, los hombres selectos, los tipos fuera de serie. Si apareciera uno de éstos cada día en nuestros pueblos otro gallo nos cantara. Por eso, cuando emergen, se tornan efigies para ir tras ellos y se convierten en un modelo de vida.

En cuanto Fidel blandió el machete de la liberación de Cuba tuvo seguidores a pasto. A su gesto decidido se sumaron miles, millones de rostros dispuestos a seguirle, en su patria y en otros rincones del globo. Se convirtió en un emblema de lucha para muchos hombres libres. Dentro de su programa de acción habló de la entrega de la propia vida en ofrenda a tamaño sacrificio. Hubo muchos que siguieron su ejemplo, a pesar de perspectiva tan dolorosa.

Dice Vasconcelos, en alguno de sus discursos incendiarios y descalificadores de nuestra historia patria, que una de las razones por las que los mexicanos actuamos como pigmeos mentales deviene del hecho de que nos han inculcado como figuras modelo a entes de baja calaña, de escasa estatura. Con visión tan perniciosa le pasa el rasero a Hidalgo, a Morelos, a Juárez, a Bolívar y a otros prohombres de nuestro pasado. Pueda tener o no razón. Habría que discutirlo en serio con el bueno de don Pepe. Pero el hecho duro y maduro hoy es que tal premática se le derrumba con la aparición de Fidel.

Las generaciones latinoamericanas, de la mitad del siglo XX a nuestros días, no pueden alegar ya de adolecer por un buen modelo a seguir. No servirán de mucho Hidalgo o los Niños Héroes. Pero llegó la imagen de los barbones, del Che, Camilo, Fidel, que no son modelos de escasa calidad. A quienes les late el corazón con la ilusión de construir una sociedad digna para hombres dignos, hallan en su entorno vivo seres de carne y hueso, que les ponen la muestra. Pueden seguir su ejemplo. En ese sentido Fidel, su efigie, su leyenda ahora, ocupa un lugar en el imaginario de las generaciones latinoamericanas de hace 60 años a la fecha.

Ya veremos si después de su muerte su efigie sigue portando tales estandartes y tan valiosos. Lo veremos, sí. El planeta sigue girando y las nuevas generaciones tienen que echar mano de algún modelo que consideren valioso, para seguir reproduciendo la vida, tarea ineludible para todos. Por lo pronto, en el medio siglo ya transcurrido, Fidel y su figura se mantuvieron sólidos en tal escenario, malquistados o en beneplácito, pero presentes.