De Leonardo Páez
Señor director:
Luego de 23 largos años de ensayo y error, de anuencia de sucesivos mandatarios neoliberales y ataurinos –de Salinas de Gortari a Peña Nieto, pasando por los aficionados de closet Fox y Calderón–, de connivencia con la Delegación Benito Juárez y sus grotescas autoridades taurinas, de violar sistemáticamente el reglamento taurino y la Ley para la Celebración de Espectáculos Públicos en el Distrito Federal, de someter a todos los sectores –ganaderos, matadores, subalternos, Comisión Taurina, público y el grueso de la crítica especializada–, la nefasta mancuerna Alemán-Herrerías, que en ese lapso pretendió promover con autorregulado criterio la fiesta de toros en la Plaza México, debió salir por la puerta trasera, dejando plantados incluso a los conductores de un programa de televisión “amigo”, cuando el propietario del coso, Antonio Cosío Ariño, decidió ponerlo en manos más experimentadas, ahora en las de los empresarios y ganaderos Alberto Bailleres González y Javier Sordo Bringas, a partir del 12 de agosto pasado.
Por ello sorprende que en la entrevista del reportero Rodrigo Vera, aparecida en el número 2091, Toreros mexicanos, contra la embestida de Bailleres, al matador Miguel Ortas Miguelete, actual presidente de la Unión Mexicana de Toreros, AC., no se le haya preguntado por los orígenes de tan singular Unión, la cual se sacó de la manga el entonces “empresario” Rafael Herrerías a principios de 2007, con una doble intención: una, dividir a los toreros de la Asociación Nacional de Matadores de Toros y Novillos, Rejoneadores y Similares; y dos, contar con agrupaciones que apoyaran precisamente la mayoría de diestros extranjeros en los carteles de la Plaza México, a lo que ahora el matador Miguelete dice oponerse.
En su desbocado mangoneo el todopoderoso operador de Alemán intentó en esa época dividir a otras dos agrupaciones: a la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia, inventando la Unión de Ganaderos Taurinos, AC., y a la Agrupación Mexicana de Empresarios Taurinos, creando la agrupación fantasma Productores Taurinos, AC. Ninguna de las dos subsistió.
Sospechosa en todos sentidos resulta entonces esta oposición justiciera y pretendidamente nacionalista de la Unión de Toreros, integrada por unos cuantos diestros que no torean o que apenas si lo hacen. Después de ocho años como esquiroles incondicionales de la anterior empresa, ¿ahora reparan en las violaciones a la ley y al reglamento taurino y pretenden llamar la atención de la contumaz Delegación Benito Juárez para poner en orden a la nueva empresa? ¿Quién está detrás de tan inusitada cuanto inoportuna defensa gremial de los intereses de la torería mexicana? ¿Quién se beneficia de esta gradual sudamericanización del espectáculo?
El trasfondo de este nuevo sainete, señor director, es que a las autoridades hace décadas no les interesa la fiesta de los toros como patrimonio cultural de México y que a los sucesivos magnates metidos a promotores taurinos no les preocupa buscar, en serio, toreros mexicanos con imán de taquilla, ni menos ponerse en los zapatos del público, al que ya lograron sacar de las plazas, no sólo por lidiar novillos y no toros sino por su postración acomplejada ante las figuras extranjeras, quienes sin mayor capacidad de convocatoria imponen honorarios, fechas, ganado y alternantes, con la aprobación de todos.
Atentamente
Leonardo Páez








