La ceremonia del adiós

En un acto cargado de simbolismo, las cenizas de Fidel Castro serán depositadas junto a las tumbas de José Martí y Carlos Manuel de Céspedes, considerados padres de la patria cubana.

El acto –programado para las 7 de la mañana de este domingo 4 en el cementerio de Santa Ifigenia, cercano a la ciudad de Santiago de Cuba– tiene su “lógica nacionalista”: mientras Céspedes y Martí lideraron en el siglo XIX la lucha por la independencia y contra el colonialismo español, Castro “dio un paso más allá en el siglo XX para liberar a la isla de los grilletes del neoimperialismo estadunidense”, apuntó el diario británico The Guardian en una nota publicada el 26 de noviembre.

De hecho, la guardia de honor que militares ataviados con uniforme de gala realizan tres veces al día frente a la tumba de Martí –un conjunto arquitectónico de 26 metros de altura y 86 de largo y que incluye una estatua del prócer cubano– podría hacerse extensiva al sepulcro donde reposarán las cenizas de Castro.

En los días previos a la ceremonia, trabajadores se afanaban en remozar el cementerio, considerado monumento nacional desde 1979: lijaban lápidas de mármol y granito manchadas por la humedad y el salitre, limpiaban de hierba los jardines, podaban el pasto y plantaban flores en el corredor central. La carretera que conecta la ciudad de Santiago con el cementerio fue recientemente reasfaltada.

La inhumación de las cenizas podría ser el menos público de los actos funerarios del líder de la revolución cubana. Se espera que en esta ceremonia esté en primera fila su familia cercana: su hermano Raúl y sus hijos, la esposa de Fidel, Dalia Soto del Valle, y los cinco hijos que tuvo con ella: Alexis y Alejandro (ambos ingenieros en computación), Álex (ingeniero en energía electroquímica, pero dedicado a la fotografía), Antonio (doctor en ortopedia y médico de la selección cubana de beisbol) y Ángel (ingeniero mecánico).

Se espera igualmente la asistencia del primogénito del comandante: Fidel Díaz Balart, ingeniero en energía nuclear, producto del matrimonio de Fidel con Mirta Díaz Balart; y tal vez la de Jorge Ángel Castro Laborde, ingeniero químico e hijo procreado con María Laborde. Su única hija, Natalia Revuelta –fruto de la relación extramarital con Naty Revuelta—huyó de Cuba a mediados de los noventa y desde entonces se convirtió en una dura crítica del gobierno de la isla y llegó a calificar a su padre de “tirano”.

Caravana fúnebre

El depósito de las cenizas del líder de la revolución cubana será el último de una serie actos que, durante nueve días, marcaron sus funerales.

Tras su muerte a las 10:29 de la noche del viernes 25 –según anunció su hermano Raúl en un mensaje por televisión que duró escaso minuto con 20 segundos–, sus restos fueron cremados, “por su voluntad expresa”, en las primeras horas del día 26.

El gobierno decretó nueve días de luto nacional. Las banderas de Cuba se izaron a media asta; se cancelaron los espectáculos públicos, incluidos los partidos de beisbol, deporte que apasionaba al líder revolucionario; la radio y la televisión mantuvieron lo que las autoridades calificaron como “una programación informativa, patriótica e histórica”; la prensa eliminó la tinta a colores en sus ediciones impresas: en lugar del rojo en el diario Granma y el azul en el periódico Juventud Rebelde, ambos publicaron en blanco y negro.

Un pueblo de suyo bullicioso, guardó respetuoso silencio. Se cancelaron los conciertos y las fiestas; se prohibió la venta de alcohol; y cerraron bares, salones de baile y centros nocturnos.

Hasta los disidentes decidieron no realizar acto alguno de protesta. “Que lo velen en paz y tranquilidad, para que no tengan argumento y digan que salimos a protestar o a hacer una provocación a las calles”, declaró a corresponsales extranjeros Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, organización que desde 2003 realiza protestas casi todos los domingos contra el gobierno socialista.

Luego, durante dos días –28 y 29 de noviembre– miles de habaneros formaron colas interminables en la Plaza de la Revolución para despedir al comandante en jefe. En silencio –algunos entre sollozos– acudieron a la entrada del Memorial José Martí donde había una foto de un Fidel Castro joven y guerrillero enmarcada por flores y una guardia de honor. Las cenizas del comandante estuvieron en esos dos días en otro lugar: en la sala Granma del edificio del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, según imágenes mostradas por la televisión estatal.

En la noche del 29 de noviembre, representantes de 60 países –entre ellos una veintena de mandatarios de América Latina y África, incluido Enrique Peña Nieto– acudieron a esa misma plaza para honrar al dirigente histórico de la Revolución Cubana.

Al acto, sin embargo, no acudieron los dirigentes de las principales potencias del mundo: Vladimir Putin, de Rusia; Xi Jinping, de China; Ángela Merkel, de Alemania; Francois Hollande, de Francia; Theresa May, de Gran Bretaña; y Barack Obama, de Estados Unidos. Este último –quien se afanó en restablecer las relaciones diplomáticas con la isla– no envío a su secretario de Estado John Kerry, sino a Benjamin Rhodes, asesor adjunto de Seguridad Nacional y uno de los artífices de las primeras negociaciones con La Habana.

A partir del 30 de noviembre, las cenizas del líder guerrillero realizaron un recorrido de cuatro días de La Habana a Santiago de Cuba, un viaje en sentido inverso a la llamada “Caravana de la Libertad” que Fidel realizó del 1 al 8 de enero de 1959 tras triunfar la Revolución.

Una urna de cedro que contenía las cenizas de Fidel fue envuelta con una bandera de Cuba. Dos militares la colocaron en un remolque decorado con flores blancas, el cual fue jalado por un jeep Waz, de fabricación soviética. La caravana fúnebre recorrió 13 de las 15 provincias de la isla. La encabezó un vehículo en el que viajaba el ministro de las Fuerzas Armadas, general Leopoldo Cintra Frías. En otro vehículo, el mandatario cubano, Raúl Castro, acompañó a la viuda Dalia Soto del Valle, y a dos de los hijos de Fidel: Álex y Antonio.

En ciudades y pueblos e incluso a lo largo de la carretera, miles de cubanos formaron vallas para ver pasar el cortejo fúnebre. Reinó el silencio, pero en tramos estallaron los gritos: “¡Viva Fidel!”, “¡Fidel, Fidel, Fidel!” “¡Comandante, ordene!”…

La caravana tenía programado llegar a Santiago de Cuba el sábado 3. Las autoridades organizaron un acto de masas para despedir a Fidel en la Plaza de la Revolución de esa ciudad, donde calculaban que acudirían unas 300 mil personas. Tras el acto habría una vigilia. Al siguiente día –domingo 4–, trasladarían las cenizas al cementerio Santa Ifigenia donde, alrededor de las 7 de la mañana, serían depositadas. Sería el último acto de la ceremonia del adiós.