Señor director:
Soy lector asiduo de Proceso y quiero sentirme parte de quienes festejan los 40 años de vida de nuestra revista. Para el conocimiento y comprensión de los acontecimientos de la historia del país en los últimos 40 años, este semanario es una lectura obligada. Quienes le dan vida y sustento nos han ilustrado oportunamente, con sus reportajes, análisis u opiniones, acerca de eventos disfrutables unos, pero también de otros de rabia y dolor: el Fobaproa, la usurpación de Salinas de Gortari, el dudoso triunfo de Peña Nieto, los escandalosos hurtos de funcionarios y políticos deleznables, etc.
Los lectores que hemos aprendido de los cuidadosos análisis que frecuentemente nos regala esta publicación estamos agradecidos. Admiramos la valentía de quienes abordan temas peligrosos por los intereses y corruptelas que develan. Porque enarbolan la antorcha de honestidad periodística que encendió Don (con D) Julio Scherer García, sabemos que los periodistas de esta casa editorial pueden jugarse la vida para que sus lectores, nosotros, nos enteremos de los escabrosos y sucios vericuetos por los que transitan las estructuras de poder del Estado mexicano: los nocivos cárteles políticos, la embustera y camaleónica jerarquía católica, los ambiciosos y deshonestos dueños del dinero, las corruptas mafias en que se han convertido grandes sectores de la estructura administrativa estatal.
Nosotros, privilegiados usufructuarios del trabajo de quienes hacen Proceso, sólo podemos dar las gracias por la gran entrega de honestidad y coraje que ponen en práctica. No hay duda, esta revista ha impulsado fuertemente la adquisición de cultura política en quienes la leemos.
Ahora quiero plantear una reflexión. Supongamos que, desde su creación, este semanario ha reclutado un millón de lectores. Ni siquiera 1% de la población del país. Aun así, con esa escasez de gente concientizada, se han emprendido desiguales luchas en la arena sociopolítica de México. Y, digamos, la sociedad ha ganado algunas. O el poder político nos ha hecho creer eso. Y, si nos engaña, tal vez sea porque nuestra ingenuidad nos pierde, o quizá la esperanza de que en el ser humano todavía haya rasgos, reminiscencias de comportamientos honestos.
Y sigo. ¿Cómo sería México si 50%, o una cifra cercana, leyera y entendiera los contenidos de esta publicación? Digo “entendiera” porque, sabemos, no todos los artículos publicados en la revista son fáciles de digerir. Es necesario que el lector posea cierto grado de cultura y alguna capacidad analítica, sea porque hay autores particularmente oscuros o porque el tema que traten es de cierta especialización. Así, creo que la respuesta a la pregunta planteada sería muy sencilla: ¡México sería un país culto! O casi.
Alguien argumentaría: para que eso ocurriera, el requisito sería que el Estado atendiera puntualmente una de sus obligaciones: ofertar educación de calidad científica a los mexicanos. ¿Alguien cree que, actualmente, esto es posible? Si alguien dijera que sí le llamaríamos ¡iluso!
Pero no falta quien diga que tenemos un país culto. Cuando lo escucho me pregunto: ¿dónde lo verá? Pienso que en el mejor de los casos su conocimiento de México es sumamente limitado, de escritorio. (Carta resumida).
Atentamente:
Alfonso Huanosta Tera








