Procesar sonidos: un proceso que no cesa

El fallecimiento de mi genitor propició un acercamiento a Julio Scherer García a quien, ordenados los enigmas de la empatía, llegaría a querer con misteriosa avidez.

Versar sobre mi relación con la revista fundada en 1976 por el triunvirato Scherer-Leñero-Maza y sus seguidores, me orilla a hurgar en las gavetas de la memoria, pero sobre todo me alienta a esclarecer los incentivos que posibilitaron mi aceptación dentro del grupo de colaboradores. Por tanto, la sucesión de recuerdos se vuelve contenido y el repaso de mis motivaciones se torna continente.

Dicho esto, la rememoración cronológica es pertinente como lo es, en primer término, el reconocimiento pleno de la distinción que va implícita en la pertenencia.

Al tiempo del golpe a Excélsior por parte de Luis Echeverría y sus testaferros, cursaba la secundaria y ya había decidido que iba a consagrar mi vida a la música, anhelando volverme un violinista prestigioso; es decir, vivía en pos de un sueño cuyos medios de cristalización me eran, en gran medida, ignotos. Sabía que habían de estudiarse muchas horas diarias, mas no estaba tan consciente de la importancia que tenía la enseñanza y la cordura familiar dentro del proceso. Tampoco estaba muy seguro de los precios que habían de pagarse por el simple hecho de aspirar a la excepcionalidad. Como quiera que fuere, mis progenitores no tenían problema coqueteando con la idea del hijo artista, al contrario, precisamente en esa época comenzaron a emerger las enfermizas ansias paternas por pretender que me transformara en aquel virtuoso imaginario que habría de darle lustre imperecedero a nuestro machacado nombre: Samuel Máynez (Prince) era mi abuelo, Samuel Máynez (Puente) se llamaba mi papá, y a mí me tocó en suerte el apellido materno Champion para distinguirme o, mejor dicho, para ser receptor de expectativas desproporcionadas. Me explico, subrayando la aberración: en familia se insistía en que yo tenía que ser el “campeón” de la estirpe, ya que mi padre había fungido meramente de “puente” con la descendencia del “príncipe”…

De manera que delirios, frustraciones y una elusiva búsqueda de sentido fueron los principales ingredientes de la dieta impuesta por el doctor Máynez Puente para su feudo familiar y, nótense ahora las causalidades: mi abuelo fue violinista –no el solista que se hubiera esperado de él, sino el empleado de orquesta con un sueldo raquítico– y mi padre estudió medicina, especializándose en nutriología; mas yace aquí lo interesante: decretó que su verdadera vocación había residido en otra parte, ya fuera cultivando la historia de México que lo arrebataba o metamorfoseándose en secuaz de Euterpe; sin embargo, esas directrices internas no las acató por complacer a su madre, quien vivió la ensoñación de tener a un médico ilustre como hijo.

Así las cosas, con una carrera ejercida sin pasión y con oquedades vocacionales enormes, mi padre creyó encontrar alivio en la escritura. Fueron primero artículos para la revista Jueves de Excélsior que dirigía Manuel Horta, aconteciendo de ahí el salto como editorialista del gran diario homónimo por invitación expresa de Julio Scherer García. Ignoro, empero, si la invitación surgió dada su figura de médico de cabecera de la familia Scherer-Ibarra o si fue a la inversa. De cualquier forma, sus textos eran plasmados con las incertidumbres propias de un escritor advenedizo.

No recuerdo haber leído alguno de los artículos paternos previos al nacimiento de Proceso, no obstante, era claro que lo agotaban y que habían sido ellos los causantes de su tabaquismo, cual conjura de sus temores ante la máquina de escribir. Sí recuerdo, en cambio, la consternación que se vivió en casa cuando don Julio y su equipo sufrieron la agresión presidencial y cómo la solidaridad fue prioritaria, a pesar de que eso implicara otra supuesta renuncia. Vuelvo a explicarme: en 1973, a mitad del sexenio de Echeverría, mi padre publicó con el Fondo de Cultura Económica un libro sobre la generación de Juárez –Trastienda de la historia en la reforma–, y el hecho de haber sido compañero de preparatoria del mandatario lo motivó a pedirle una audiencia para abogar por su difusión. A finales de 1975 fuimos recibidos en Los Pinos con magnificencia –como era norma fui arrastrado en calidad de apéndice–, y como corolario del reencuentro mi padre obtuvo la promesa de que su libro habría de volverse texto reglamentario de la Secretaría de Educación Pública para su distribución masiva en las secundarias de todo el país…

Naturalmente la palabra vacía del presidente encontró eco en la de Víctor Bravo Ahuja, secretario de Educación, quien también fingió entusiasmarse con el libro paterno que exaltaba a esa irrepetible generación de mexicanos. Hubo entrevistas sucesivas con Bravo Ahuja e, inclusive, llegó a hablarse del nuevo formato de libro pero, a la postre, se trató de un espejismo que acabó desvaneciéndose con el infame proceder contra la dirección de Excélsior.

Esa solidaridad citada se tradujo, asimismo, en preocupación por la salud de Julio Scherer, ya que pasaba noches sin sueño y vigilias con el corazón desbocado. Habría prescripción de ansiolíticos junto a la entrega de 20 centenarios de oro para ayudar a la consolidación del nuevo proyecto editorial que, entre otros cometidos, vendría a saldar cuentas con la asesina autocracia ejercida por Echeverría.

Cuando llegó a casa el número inaugural de Proceso la euforia no se hizo esperar: entre los nombres de los hacedores figuraba el de mi padre y venía publicada su primera colaboración. Bajo el título Degradación nacional, era un grito de alarma por el desastre que se cernía sobre el campo mexicano. A partir de entonces, el ritual de cada quincena se volvería costumbre y flagelo. Habíamos de turnarnos mi madre y yo para declamar los artículos paternos; no terminando ahí el entuerto, sino que éramos sometidos a un riguroso examen sobre lo que acabábamos de leer. Mi mamá, limitada en su instrucción intelectual, sólo atinaba a esbozar elogios insulsos y yo, adolescente desinteresado en otra cosa que no fuera lo mío, decía cualquier sandez que se adaptara al panegírico que el patriarca deseaba escuchar.

Transcurrió de esa guisa un lustro en el que mi interacción con el semanario estuvo tamizada por la egolatría paterna y por la creciente conciencia de que la lectura de su parte medular no me era grata. Al contrario, era una prolongación impresa de los denuestos paternos hacia los políticos de mala entraña que ordeñaban vilmente a la pobre patria y una constatación reiterada de que por más denuncias emprendidas, los mecanismos del poder eran inamovibles. No importaban los nombres, eran en su conjunto los mismos seres amorales y corruptos que hacían su agosto con el erario y la riqueza ilimitada de nuestro expoliado país. Salvo Boogie el aceitoso, los Inventarios de JEP y las críticas de J. A. Alcaraz, al resto del contenido, por lo general lo daba por muerto antes de saber si tenía algo vital que ofrecerme.

En 1982 escapé de México para irme becado a estudiar el violín a un sitio de privilegio, pero es válido reconocer que más que ir al encuentro de un destino incierto, cancelaba de tajo aquel que me retenía en el hogar como un rebelde que no se plegaba con docilidad a los designios patriarcales. Pocas novias y menos amigos resumían la inviolable pretensión del alto mando casero en aras de un artificioso virtuosismo violinístico, por ende, la salida al extranjero habría de alargarse hasta lo indefinido. Sobra decir que en ese exilio, la desconexión con la revista fue total, salvo enterarme por cartas de los temas que mi papá traía entre manos para sus artículos y de los tumbos que daba la nación gracias a las torpezas de sus inmundos dirigentes.

En ese tiempo de ausencia consumiría una docena de años, retornando al terruño para encarar las rugosas circunstancias en que me había educado. Quedarían atrás los estudios en la Universidad de Yale y se esfumarían las estancias en diversas escuelas italianas de música. Habría de enfrentar la muerte de mi padre y asumiría mi cruz filial ocupándome de la demencia senil de mi madre. Con respecto a los sueños de juventud, habrían de quedar latentes mientras las palpitaciones cardiacas no se extinguieran. La cátedra en el conservatorio sería una estratagema para sentir que no estaba todo perdido y que, si lograba unificar mis esfuerzos con la cauda de conocimientos adquiridos, podría seguir aspirando a ser un músico respetado.

Es imperativo mencionar que el fallecimiento de mi genitor propició un acercamiento a Julio Scherer García, a quien, ordenados los enigmas de la empatía, llegaría a querer con misteriosa avidez. En la relación que urdieron nuestros encuentros nacerían los mapas de nuevos senderos y las claves de muchos sentires hasta entonces en penumbra. Fue a él a quien confié mis desconciertos y la esterilidad de mis luchas; fue con él donde hallé que las coacciones de mis dudas eran materia humana endosable a todo ser sensible. Así, con el descreimiento a cuestas sobre mis dotes artísticas, se fue perfilando una manera inédita de vivir: podía caminar hacia muchas direcciones y no tenía por qué valerme nada más del violín como andadera. Vino primero la escritura de un cuento al que don Julio le encontró virtudes y vendría después la alegría compartida por los múltiples hallazgos surgidos de la lectura.

Rememorando aparece, en el otoño de 2003, la gestación de un disco centrado en música hecha por niños, al que decidí componerle un contrapunto literario para ponerlo en contexto. Dos años después vendría la escritura del libreto para una cantata escénica que debía celebrar al Quijote desde nuestra rivera atlántica y, casi simultáneamente, nacería la idea de refutar la ópera Motezuma de los clérigos Giusti y Vivaldi ciñéndola, como proyecto de tesis doctoral, a la Visión de los vencidos. Previsiblemente, atrás de todas estas gestas creativas se agazapó la inteligencia sensitiva –o la sensibilidad inteligente– de don Julio. Como él llegó a manifestarlo: “si a mí me iba bien, a él le tocaba su parte…”.

Tenía que advenir el trigésimo aniversario de Proceso para que se vislumbrara la forma en que, quizá, podría inmiscuirme en sus derroteros. En franco acuerdo con el director Rafael Rodríguez Castañeda se pensó en un magno concierto que llevara como temática la música y la libertad de expresión. El problema, si es que lo había, era que don Julio repelía los actos públicos donde él y su obra tuvieran un protagonismo excesivo. De modo que armaríamos el tinglado en relativa secrecía, esperando que llegara a buen puerto. Obtuvimos la sala Nezahualcóyotl en gratuidad y pudimos contar con la generosa participación de la Orquesta Sinfónica de la Escuela Nacional Preparatoria dirigida por L. S. Saloma. Para la selección del programa encontré joyas a las que les engarcé el agradecimiento recíproco que debían guardarse músicos y periodistas y preví mi ejecución al violín para una de las obras, quedando implícito que esa sería una manera idónea de presentar mis credenciales.

No hubo reparos en cuanto al menú musical, pero a la hora de mandar mis notas al programa resultó que el entusiasmo había jugado en mi contra. Había colegido un texto demasiado largo, poco apto para los asistentes que se avinieran a leerlo. Con sólo dos palabras Rodríguez Castañeda enderezó la ruta. En ellas se leía la concreción que lo caracteriza: tenía que ser “brillante y conciso”.

Podé y retoqué, encomendando la lectura del texto a la actriz Sofía Álvarez para anteceder la ejecución de cada una de las obras. En ellas descollaba un concierto de Giaccomo Facco –descubierto en México por Uberto Zanolli– cuya divulgación a ocho columnas estuvo a cargo del entonces reportero de Excélsior Julio Scherer García, el Adagio religioso del IV concierto para violín de Henri Vieuxtemps, el poema sinfónico Finlandia de Jean Sibelius y, para concluir con la tónica celebratoria correcta, las variaciones sinfónicas sobre Las mañanitas de Alfonso de Elías.

Sobre el poema sinfónico de Sibelius –tan contundente que habría de convertirse en el segundo himno finlandés– es necesario aclarar que fue compuesto a raíz de la brutal represión que sufrieron los periodistas de su patria en manos del totalitarismo ruso; y con respecto a las variaciones sobre el tema cumpleañero apunté: “¿Quién es Alfonso de Elías y por qué tendría que incluirse una obra suya?… La respuesta es motivo de vergüenza porque su nombre es desconocido, a pesar de erigirse como uno de los músicos más sólidos que ha producido el país. Por eso también nos duele México, porque De Elías no fue reconocido en vida, porque su producción continúa encerrada tras los barrotes de sus pentagramas, porque nuestros lerdos críticos no han sabido apreciarlo, porque nuestro benemérito conservatorio nunca lo consideró digno, ni siquiera para concederle una plaza de tiempo completo… ¡Ay México! Tan rico en contradicciones y tan parco de certidumbres…”.

Tocante a las reacciones, huelga consignar que el embelesamiento musical fue tan certero, que el encono de don Julio por la organización de algo que lo involucrara públicamente se disolvió por completo. Pulularon las felicitaciones y la filmación de TV UNAM dejó constancia del arrojo de los protagonistas y de la valía de la iniciativa; pudiendo con ello pensarse que el camino se habría despejado para consentir mi ingreso al semanario; sin embargo, habrían de templarse las voluntades del Consejo de Administración, a fin de volver a someterme a prueba. Justa e irónicamente no era yo la “monedita de oro”, que los centenarios paternos podrían haber respaldado…

La muerte del tenor Luciano Pavarotti en septiembre de 2007 fue el salvavidas que me lanzó Rafael Rodríguez Castañeda para que lograra asirme, dentro del proceloso mar sobre el que fondea Proceso, al navío de colaboradores. No fue fácil redactar una nota encomiástica sobre un personaje que me era antipático y menos aún lo fue el hecho de caer quincenalmente en la cuenta de que, como mi padre, yo también era un advenedizo con deudas vocacionales por saldar. No incurriría en vicios para conjurar los temores del teclado yermo de la computadora, tampoco renunciaría a otros proyectos en puerta, exceptuando, por supuesto, aquel de aceptar el reto de darle voz y votos a mi amor por la música, mas eso sí, asumiría la lectura íntegra de la revista como el deber irrenunciable de un ciudadano que quiere comprender por qué su patria se hunde cada día más, no obstante los esfuerzos de Proceso para impedirlo.

El nacimiento de la columna Estro armónico y la consecuente creación de la audioteca llegarían a reforzar las motivaciones esenciales: insistir en la importancia que tiene la cultivación del espíritu para las sociedades que pretenden civilizarse… Difundir los tesoros de nuestra música cuales baluartes de verdadero orgullo nacional… Tendríamos otro país si sus paisajes sonoros no estuvieran tan llenos de violencia y cacofonías, bastando la difusión de mejores músicas y de mejores políticas educativas para corroborarlo. A fin de cuentas, el trabajo que me compete es aquel de procesar incesantemente sonidos para discernir si vale la pena versar sobre ellos.