Con el botón rojo a su alcance…

Donald Trump puede alterar los delicados equilibrios geopolíticos de diversas regiones si, como jefe de la Casa Blanca, lleva a cabo algunas de las propuestas de política exterior que lanzó durante su campaña electoral. El nuevo comandante en jefe de la mayor potencia militar del mundo –que tendrá en su poder el manejo del arsenal nuclear más grande del planeta– ha puesto nerviosos no sólo a los enemigos de Estados Unidos, sino también a varios de sus aliados e, incluso, hasta a algunos “halcones” de Washington.

Si el mundo se atiene a las propuestas en materia internacional que Donald Trump lanzó durante su campaña electoral, la política exterior de Estados Unidos rompería delicados equilibrios geopolíticos en diversas regiones del planeta.

Larga es la lista de acciones que Trump anunció y tiene expectantes y preocupados a gobiernos y organismos internacionales: revertir las medidas que el presidente saliente, Barack Obama, emitió para normalizar las relaciones de Estados Unidos con Cuba; arreciar las presiones diplomáticas sobre Venezuela; retirar el apoyo económico a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); desconocer el acuerdo nuclear con Irán; dejar de hostilizar al gobierno sirio de Bashar Al-Asad para concentrarse en la lucha contra el Estado Islámico; descartar el Tratado Comercial Asia-Pacífico (TPP) e iniciar una guerra comercial con China; retirar la presencia militar estadunidense en la región Asía-Pacífico; abandonar el Acuerdo de París sobre cambio climático…

Hilaridad y alarma provocaron en varias cancillerías algunas expresiones sobre asuntos internacionales del ahora presidente electo de Estados Unidos, lo cual, en principio, exhibió su profunda ignorancia en estos temas. Ello sucedió cuando negó, vía Twitter, la existencia del cambio climático –“eso es un fraude”, aseguró– o cuando le preguntó a un experto de política exterior “¿por qué Estados Unidos tiene armas nucleares y no puede hacer uso de ellas?”, según reveló Joe Scarborough, conductor de la cadena de televisión MSNBC, el pasado 3 de agosto.

Algunas de las propuestas de Trump afectarían a sus aliados. Japón y Corea del Sur, por ejemplo, quedarían expuestos ante el poderío militar chino si Estados Unidos deja de pagar la manutención de sus tropas en esos países.

Otras medidas son difícilmente aceptables, aun para los “halcones” más duros de Washington. Por ejemplo: que Estados Unidos levante las sanciones a Rusia, que en Siria se alinee con la política de Vladimir Putin que respalda al régimen de Al Assad y que, al retirar su apoyo económico a la OTAN, facilite a Moscú fortalecer su posición en la zona del Báltico.

Expertos en temas internacionales consultados por Proceso analizan las eventuales consecuencias que tendrían en distintas regiones las propuestas y promesas de política exterior hechas por Trump durante su campaña.

“Cortocircuito”

Las relaciones de Trump con América Latina fluctuarán entre el desinterés y la confrontación si el nuevo mandatario cumple propuestas de campaña como la masiva deportación de inmigrantes, la reversión de la apertura económica y diplomática hacia Cuba, y velar por las “personas oprimidas” de Venezuela.

Así lo anticipan a Proceso el secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), Pablo Gentili, y la doctora en estudios latinoamericanos de la Universidad de la Sorbona en París, Socorro Ramírez, quienes coinciden en que la xenofobia, el racismo y el menosprecio por los inmigrantes que mostró Trump durante la campaña son “un anticipo” de la manera en que articulará sus relaciones con la región.

El eventual desinterés del próximo mandatario estadunidense sobre América Latina se daría por el desconocimiento que tiene de la región y porque, como candidato, enfatizó posturas aislacionistas y prometió concentrarse en resolver problemas internos, como el desempleo.

Pero al mismo tiempo, durante la campaña confrontó a países de Latinoamérica. Además de echarle la culpa al Tratado de Libre Comercio con México de por lo menos una parte del desempleo en Estados Unidos, llamó criminales a los inmigrantes mexicanos y latinos y dijo que luchará “contra la opresión” de los regímenes de Cuba y Venezuela.

Ramírez señala que Trump podría hacer “un cortocircuito muy rápido” no sólo con México, por el muro que ha prometido construir en la frontera con este país, sino con Cuba y Venezuela, naciones frente a las que prometió un endurecimiento.

Del proceso de normalización de relaciones con Cuba que emprendió el presidente Obama desde diciembre de 2014, haciendo uso de facultades ejecutivas, el futuro mandatario ha dicho que lo revertirá.

Una semana antes de las elecciones del martes 8, Trump sostuvo en Miami frente a exiliados cubanos anticastristas: “Cancelaremos el acuerdo unilateral de Obama con Cuba, hecho a través de orden ejecutiva, si no conseguimos el trato que queremos y el acuerdo que se merece la gente que vive en Cuba y aquí, inclusive que proteja libertades políticas y religiosas”.

Ramírez señala que es muy claro que el triunfante candidato republicano “no tiene el interés que ha tenido Obama en normalizar las relaciones diplomáticas, económicas y comerciales con Cuba, y no sólo puede ‘congelar’ ese proceso sino echarlo para atrás desde el momento en que asuma la Presidencia”.

El gobierno de La Habana felicitó a Trump por su victoria, pero el periódico oficial Granma anunció, el miércoles 9, la realización de cinco días de ejercicios militares como preparación ante potenciales “acciones del enemigo”. Este tipo de despliegues comenzaron durante el gobierno de Ronald Reagan, en 1980, y no se realizaban desde hace tres años.

Para Gentili, lo que está haciendo Cuba es “manejar todas las hipótesis de conflicto que puede haber con un sujeto tan poco convencional como Trump”. Y una de las que seguramente maneja el gobierno cubano, agrega, “es que no debería descartarse la idea de que a Trump se le ocurra cualquier amenaza militar, no sólo en Cuba, sino en cualquier parte del mundo, porque nadie tiene demasiada certeza ni demasiados indicios de que no lo hará”.

De acuerdo con Gentili, una de las dimensiones de la política exterior estadunidense ha sido históricamente la intervención militar en otros países “y si Trump decide exacerbar esta línea intervencionista, el gobierno cubano tiene que estar extremadamente preocupado, igual que el mundo”.

Para Ramírez, el régimen chavista en Venezuela también tiene razones para estar en alerta por la llegada del millonario neoyorquino a la Casa Blanca. “Si el gobierno del presidente Nicolás Maduro se radicaliza y cierra cualquier salida democrática, puede venir un enfrentamiento con Trump y una tentación de éste de optar por una presión militar sobre Venezuela, lo que puede ser muy peligroso”, asegura la doctora en ciencia política.

Señala que en el caso de Centroamérica la principal amenaza es económica, porque si el futuro presidente de Estados Unidos hace una deportación masiva de inmigrantes, caerán los envíos de remesas, las cuales representan entre 9% y 18% del PIB para Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala.

Gentili considera que la incertidumbre que genera Trump en Latinoamérica ameritaría una pronta reunión de los mandatarios de la región para que articulen una postura común frente al presidente entrante. Pero esto, dice el secretario ejecutivo del Clacso, “no va a ocurrir porque no somos una región guiada por el racionalismo político-democrático ni por objetivos comunes de largo plazo”.

Ramírez, por su parte, señala que si bien la región está debilitada por la desaceleración económica y la impopularidad de varios gobiernos, debería aprovechar el espacio de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños para tratar de concertar “algunos puntos en común” frente a Estados Unidos. “Una América Latina fragmentada frente Trump será una región mucho más débil, y México, por ser el país más amenazado, debería ser el más activo promotor, junto con sus socios de la Alianza del Pacífico (Colombia, Chile y Perú), de esta concertación regional”, sostiene.

Cambio de señales

A principios de año Trump afirmó que Estados Unidos no debería apoyar a sus aliados de la OTAN en caso de ataque. Los acusó de dejar toda la carga del presupuesto de esta organización a los estadunidenses, que absorben más de 70% del total.

Los expertos advierten que una salida de Estados Unidos de ese pacto militar dejaría a Europa en una situación “catastróficamente débil” y en la incapacidad de crear una nueva alianza con credibilidad a la luz del retiro de Gran Bretaña de la Unión Europea. Si Estados Unidos la deja, en la práctica la OTAN desaparecería. Las voces de alerta temen, para comenzar, por la seguridad de los países bálticos frente al peligro que les representa Rusia.

Trump amenaza también con romper la frágil estabilidad de Ucrania, que desde 2012 sostiene un fuerte conflicto con el gobierno de Moscú, que invadió y se anexó Crimea ilegalmente en marzo de 2014.

El entonces candidato republicano declaró en julio pasado que de llegar a la Casa Blanca cambiaría la posición de Washington de apoyo al gobierno de Ucrania y estudiaría la posibilidad de reconocer a Crimea como parte del territorio ruso y levantaría las sanciones contra Moscú. El cambio de posición de Washington en ese conflicto la enfrentaría con la Unión Europea, que sostiene al gobierno ucraniano antirruso.

Las posiciones de Trump respecto a Medio Oriente igualmente apuntan al empeoramiento de las tensiones. En su programa de gobierno, el presidente electo advierte que va a “aplastar y destruir al Estado Islámico” a través de “agresivas operaciones conjuntas” y el apoyo de una coalición internacional. Sin embargo, hasta ahora no ha ofrecido un plan más detallado, acusan los especialistas. Cuando se le ha preguntado, Trump se limita a responder que él “no dirá dónde ni cómo” atacará a los terroristas porque Estados Unidos “debe ser más imprevisible”.

El futuro presidente de Estados Unidos pretende cambiar el posicionamiento de Washington en varios frentes. Respecto a Siria, Trump ha declarado que dejará de oponerse al régimen de Al Asad para enfocarse en el combate al Estado Islámico. Con ese movimiento, Estados Unidos se alinearía con la política de Rusia.

Por otro lado, el republicano prometió desmantelar el acuerdo nuclear con Irán que, con muchas dificultades, fue alcanzado en julio del año pasado y que él considera “un acuerdo catastrófico” para los intereses estadunidenses.

Ese acuerdo, opinan en cambio muchos expertos, consiguió reequilibrar las fuerzas regionales y evitar una mayor escalada de violencia. El gobierno iraní ya advirtió a Trump que está obligado a respetar el acuerdo, pues además fue establecido a nivel multilateral.

Inquieta también en la agenda regional la posición de Trump respecto al conflicto palestino-israelí. De modo emblemático, su victoria electoral fue interpretada por el ministro israelí de Educación, Naftali Bennett, como “una oportunidad para que Israel descarte totalmente la creación de Palestina” y “poner fin a las negociaciones”.

Trump, en todo caso, se ha manifestado en favor de la construcción de asentamientos en Cisjordania y ha llevado su apoyo a Israel más allá al comprometerse a reconocer a Jerusalén como “capital indivisible” de tal país, sin importar que la misma sea una de las causas de disputa con los palestinos.

Trump incluso ha dicho que transferiría de Tel Aviv a esa ciudad la embajada estadunidense, todo lo cual, de ocurrir, echaría leña al fuego aumentando la indignación de Palestina y la división dentro de la comunidad internacional.

La muerte del “giro al Pacífico”

Con Trump en el poder, la relación con China podría ser más tempestuosa. De hecho, sus propuestas para Asia-Pacífico podrían implicar un dramático cambio en los equilibrios geopolíticos de la región. Tanto él como Hillary Clinton abusaron del populista argumento de culpar a China de las miserias de la economía estadunidense. Pero Trump fue mucho más allá. Acusó a Beijing de robarle los empleos a su país y auguró una cruenta guerra comercial.

Sin embargo, Trump fue el candidato favorito para las élites chinas. Varias fueron las razones. Primero, porque la llegada al poder de un personaje tan pintoresco y globalmente descrito como un bufón permitió a la propaganda de China subrayar la supremacía de su sistema político frente a la democracia estadunidense.

Segundo, porque pocos líderes occidentales son más odiados en China que Clinton, señalada como un “halcón” y predispuesta a la confrontación.

Tercero, porque la anunciada guerra comercial suena más a argumento electoral que a estrategia viable y, en todo caso, Beijing dispone de armas para sofocarla. Aseguran los expertos que la prometida aplicación de aranceles del 45% a los bienes chinos recortaría las exportaciones a Estados Unidos en 87% y el PIB chino en casi 5%. Pero nada impediría a Beijing aprobar a la mañana siguiente los mismos aranceles para gigantes como Apple o Boeing, que dependen del vasto y creciente mercado chino.

Y cuarto, y más importante, porque la política de Trump bautizada como “América, lo primero” supone la muerte del “giro al Pacífico” que aprobó Obama en 2011, después de las calamitosas campañas en Irak y Afganistán. De hecho, Washington y Beijing se disputan en el Pacífico la primacía global. Se apoyan para ello en una red de alianzas que recuerda a la Guerra Fría.

Estados Unidos ha firmado acuerdos de defensa con países como Vietnam o Filipinas, ha trasladado al Pacífico a lo mejor de su ejército y, en general, ha aumentado su presencia militar en el vecindario chino hasta lo atosigante. Barcos y aviones de ambas potencias se han enzarzado en conflictos en el Mar del Sur de China debido a la colisión entre la zona de exclusión que reclama Beijing y el derecho a la libre navegación que esgrime Washington.

El discurso del futuro presidente estadunidense sugiere el fin de la estrategia actual de limitar la influencia china en el continente. Trump juzga el TPP como una máquina de destruir empleos. Es una iniciativa de Obama que incluye a todas las grandes economías de la zona excepto a China y que po­dría convertirse en el primer acuerdo que Washington aprueba y no ratifica.

Otra iniciativa reciente, inquietante para Beijing, también corre peligro: el despliegue del escudo antimisiles en Corea del Sur. Su finalidad oficial es controlar a Pyongyang, pero a nadie escapa que su radar también fiscalizaría el territorio chino.

Trump advirtió que no seguirá pagando la factura de las decenas de miles de tropas acuarteladas en Japón y Corea del Sur desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Su defensa no es asunto estadunidense, añadió. Seúl convocó de urgencia al principal órgano de seguridad nacional cuando los resultados ya sugerían la victoria de Trump y la prensa japonesa informó del nerviosismo de Tokio.

Contra la amenaza norcoreana, Trump ha sugerido a ambos países que también se armen de bombas nucleares. Los sectores más derechistas de ambos países hace tiempo discuten esa opción y el fin del paraguas estadunidense podría acelerar una peligrosa carrera armamentista en la zona.

Los expertos aconsejan esperar unos meses para comprobar cuántos de los mensajes de Trump sólo pretendían emocionar a su electorado. El millonario neoyorquino llamó el jueves 10 a la presidenta surcoreana, Park Geun-hye, para comunicarle que defenderá a su país y en esta semana se reunirá con el primer ministro japonés, Shinzo Abe.

“Trump cree que Estados Unidos ha sido excesivamente conciliador con otros países y ha proporcionado demasiados servicios a la comunidad internacional sin recibir demasiado a cambio. No propone el fin inmediato de la cooperación, sino que impone la condición de que su país y su pueblo reciban más beneficios. Que Estados Unidos acabe declarando la guerra comercial a China o reduzca sus compromisos militares en Asia dependerá mucho de cómo sus aliados y Beijing respondan a las renovadas expectativas estadunidenses”, dice a Proceso S­cott Kennedy, sinólogo del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales.

Las tensiones seguirán entre las dos grandes potencias por la simple lógica geopolítica. La buena sintonía entre Obama y Xi Jinping, presidente chino, había ayudado a aflojarlas. No es probable que Xi haga tan buenas migas con un tipo que dinamita la sobriedad y el decoro que exige la política china.