Bajo el seudónimo de Bob Musella, Robert Mazur, agente de la DEA, se infiltró en los carteles colombianos, los más poderosos del mundo de los años ochenta, con el fin de destapar y desarticular el sistema de lavado de dinero.
Dirigida por Brad Furman, Operación Escobar (The Infiltrator; E.U., 2016) es la adaptación del libro autobiográfico El infiltrado. Mi vida secreta en los bancos de lavado detrás del cartel de Medellín de Pablo Escobar; Bryan Cranston interpreta a Mazur, el agente que arriesga su vida en una telaraña entretejida con hilos de bien y mal, un rol que explota comercialmente el impacto de Breaking Bad, la serie que hizo famoso al actor.
La fórmula de Operación Escobar es clara como el teorema de Pitágoras, la hipotenusa al cuadrado sería el tema basado en una historia real igual a la suma del cuadrado de los catetos, drogas y latinoamericanos, más policías norteamericanos en una misión ultra peligrosa. Da lo mismo que la anécdota sea real o ficticia; la realidad de este thriller sólo funciona al interior de su propia geometría, la demostración no falla, los narcos del continente amenazan el bienestar de la vida americana.
A estas alturas de cultura de narco, adicción y descomunal consumo, en Estados Unidos principalmente, el narcotraficante como héroe o antihéroe es ya inevitable en el cine, el mito tiene vida propia, lo mismo ocurrió con la imagen de la mafia en los setenta. Brad Furman (La toma, El defensor) es un hábil director que sabe manejar historias de personajes obsesivos caminando por el filo de la navaja. Operación Escobar es un thriller bien construido con momentos escalofriantes, su problema es pretender venderse como historia real porque no agrega nada a la realidad; narcos y banqueros se funcionan como villanos por antonomasia; habría que hablar de una narco-explotación en la narrativa policíaca actual.
En lo que atañe a la verdad histórica, nada que el público no sepa acerca del mundo implacable del narcotráfico, del lavado de dinero de los bancos implicados, de las inversiones millonarias de hombres de negocios vinculados con este asunto, y de la corrupción a todos los niveles; dentro del género la trama corresponde a la categoría del infiltrado. Bryan Cranston es un actor capaz de explorar a fondo la oscuridad moral de un policía dispuesto a todo por cubrir su misión, y que a la vez carga con el remordimiento del policía encubierto hacia los delincuentes con quienes se vincula afectivamente; se trata del síndrome Donnie Brasco (la cinta de Mike Newell de 1997, basada también en las memorias de un policía infiltrado en la mafia).
La producción de la moda y el ambiente de los ochenta, sacos y camisas con hombreras, peinados abultados, estilo policiaco Miami Vice, celulares gigantes, es una transcripción de la época, más nostálgica que documental; pesa el gusto del director por los videos musicales. Quizá lo que mejor explota Furman es la tecnología de esa década; junto con los espasmos de suspenso que provoca el uso de pesados instrumentos de espionaje necesario en la infiltración, viene un guiño de ojo para el usuario moderno.








