La de teatro, una columna siempre viva

Participo con un granito de arena en medio del silencio al que nos empujan y del embate de los grandes poderes que con dinero lo pagan todo.

En este siglo la cultura ha ido perdiendo su lugar en los medios impresos. No porque su quehacer haya disminuido –por el contrario, el mundo cultural es cada vez más amplio, múltiple e importante–, sino porque los medios impresos han abandonado sus principios periodísticos para caer gravemente en los intereses económicos de los grandes grupos que dominan en el mercado del arte y del espectáculo.

La cultura, como medio de expresión y manifestación creativa de una comunidad viva, participa en la creación de conciencia y en la educación que enriquece, día a día, al ser humano. Sus aires de libertad han hecho que las políticas gubernamentales, cada vez más represoras, la ahorquen cada vez más. Con nuestro actual gobierno casi estamos estrangulados por los recortes presupuestales de los últimos tres años, en términos reales. El poder que la cultura otorga al que la da y al que la recibe, la mantiene siempre en la lucha y desarrollándose sin descanso, acompañada siempre de un periodismo comprometido que ha logrado sobrevivir a estos ataques del nuevo milenio.

La revista Proceso, comprometida siempre con la verdad y lo que implica difundirla, celebra 40 años de existencia acompañando al teatro y sus transformaciones. A lo largo del tiempo ha enfrentado un sinfín de obstáculos, como los intentos de censura, las demandas en curso, el retiro de la publicidad institucional y las nuevas formas de consumo en la era digital. Con todo, sigue circulando semanalmente e incidiendo en la vida de nuestro país. La sección de cultura es plural y diversa, y su cobertura amplia e incluyente. No es ajena a la situación crítica del país, y ha sufrido una reducción en sus páginas y por lo tanto también en el espacio para sus columnas, lo cual se lamenta pero no se pierde la esperanza de recuperarse

La sección cultural de Proceso convive a nivel nacional con suplementos culturales de algunos periódicos y revistas donde su espacio es reducidísimo, a reserva de La Jornada y algún otro medio. El teatro, en particular, es de los que más ausentes están en las carteleras y las notas periodísticas. Ahora, difundir información sobre las obras teatrales tiene un costo y sólo el teatro comercial u obras con mucho financiamiento pueden darse el lujo de algo que debería ser un servicio informativo para todas las expresiones.

Las columnas teatrales también han menguado, pero comparto el quehacer con compañeros que activamente informan y opinan sobre el acontecer de nuestro teatro a través de medios impresos: Miguel Ángel Quemain, en el suplemento de La Jornada; Alegría Martínez, en el de Milenio; Gonzalo Valdés Medellín, en la revista Siempre!; Benjamín Bernal, en El Sol de México, y Juan Hernández, en El Universal, por poner algunos ejemplos. También hay compañeras que injustamente han perdido su espacio, como Luz Emilia Aguilar Zinser, en Excélsior; Vera Milarka, en Reforma, y Carmen Zavaleta y Verónica Bujeiro, en la revista Tiempo libre, por citar sólo algunas.

Las columnas de cultura en Proceso siguen vivas, y la sección cultural las arropa a través de su historia. La columna de teatro ha tenido la pluma de admirados colegas que en su momento aportaron al quehacer teatral sus conocimientos y sus puntos de vista. Cada uno desde su especialidad y cada quien con una perspectiva distinta, siguen siendo parte de este colectivo periodístico que es Proceso: Esther Seligson, Bruce Swansey, Víctor Hugo Rascón y Rodolfo Obregón construyeron y mantuvieron el camino del análisis y la crítica teatral desde la fundación de Proceso hasta 2003, y de ese año a la fecha, a través de mis colaboraciones semanales, he ido encontrando un estilo propio y clarificando mis inclinaciones, con la intención de abrir mi perspectiva desde la honestidad que me compromete.

He abordado diferentes tipos de teatro: el infantil, el comercial, el independiente, el cabaretero, el nacional, el extranjero y los inclasificables, refiriéndome también a publicaciones, efemérides o temas a discutir de la realidad teatral. No he estado libre de los embates críticos, las molestias, los enojos y también la alegría cuando sé que he podido transmitir lo que un espectáculo significa y otros lo han recibido. No me he librado de cartas al lector con precisiones o reclamos furibundos, como los de Morris Gilbert al hablar de su teatro de maquila, y teniendo que contestar con números y estadísticas para sustentar mis aseveraciones. Tampoco me he librado de las miradas esquivas de algunos miembros de la comunidad teatral que me hacen preguntarme: ¿qué habré escrito sobre tal o cual persona o tal o cual espectáculo? Pero también he sabido que mi columna orienta y colabora con la difusión del teatro que se hace en el presente en nuestro país. Participo con un granito de arena en medio del silencio al que nos empujan y del embate de los grandes poderes que con dinero lo pagan todo, cuyo modelo de creación no es el más plural ni incluyente para los más.

Mi posición como escritora de teatro y sobre teatro me ha permitido ver las cosas desde dentro y también como espectadora. Mi fascinación por el teatro, mi adicción por asistir a una función a la menor provocación y mi curiosidad por lo que se está haciendo en nuestros escenarios, hace que mi trabajo como analista sea muy disfrutable. En cualquier obra hay algo que aprender, algo que observar, algo que me inquieta y motiva. Siempre estoy agradecida a cada uno de los que aporta su trabajo, su imaginación y talento en cada obra a la que asisto. Nunca me arrepiento de haber ido, aunque a veces decida escribir o no escribir al respecto. Mi prioridad es tratar de atraer al público y que éste se enriquezca con mi aporte estético.

Como crítica he ido estableciendo mi propio código ético y metodológico, al ser yo también hacedora de teatro. Para mí, la utilización excesiva de adjetivos, el afán de etiquetar, pontificar o cortar con guillotina, en poco ayuda a un análisis más profundo de lo que se observa. Intento la objetividad, pero como la objetividad absoluta no existe, y esa también es una fortuna, mi postura se refleja en la selección de las obras, en las preguntas que hago y en la forma en la que escribo; en lo que digo y no digo, en los subtextos y en lo insinuado.

El crítico o analista teatral requiere de una capacidad receptiva mayor que la de cualquier espectador, y al mismo tiempo participa de la obra como cualquier espectador. Por eso, cuando abordo cualquier espectáculo, procuro combinar la inocencia con el conocimiento. Me considero una observadora participante –retomando las técnicas antropológicas–, donde la distancia ante el objeto de estudio requiere de un involucramiento total, pero al mismo tiempo un alejamiento para hacer una reflexión lo más abierta posible, con el mayor número de elementos y dentro de una lógica interna marcada por la del espectáculo. Mi intención es orientar al lector en su deseo de asistir al teatro, y aunque los lectores pueden pedir una valoración o una recomendación directa, yo procuro exponer los elementos significativos de la obra para que sea el lector el que tenga herramientas para emitir un juicio, si lo considera necesario.

No me gusta decir que llevo 35 años en el teatro y 25 en el periodismo y la crítica teatral, porque me hace sentir vieja, pero también es cierto que eso es lo que forma mi presente. Haber colaborado con Huberto Batis en el suplemento Sábado del viejo Unomásuno a finales de los ochenta, en el de El Nacional con Fernando Solana Olivares, en La Jornada con José María Espinasa, primero, y Juan Villoro, después, y haber aterrizado en Proceso desde hace ya tantos años, me da mucha alegría y agradecimiento y me hace sentir que mi participación en Proceso es personal, por un lado, y que responde a mi camino por el teatro y el periodismo, por el otro. Formar parte del equipo de esta revista es para mí un honor. Desde aquí confirmo mi compromiso con este medio que lucha a capa y espada contra la impunidad, el ocultamiento de la verdad y los embates económicos con los que quieren tumbarlo y quitarse ese estorbo que abre los ojos y las conciencias de nuestra sociedad, tal y como lo hace el teatro semana a semana.