La crisis actual, peor que las del 68, el 88 y el 94

México vive una catarata de crisis: la corrupción ha alcanzado índices desaforados, la guerra contra el narco pudrió amplias zonas del tejido social y los problemas vinculados con la migración no hallan soluciones, afirma el antropólogo Claudio Lomnitz. Autor de La nación desdibujada –libro que comenzó a circular en estos días–, el académico considera que dicho cúmulo de dificultades detonaron también una “revuelta moral” que exige cambios con una fuerza que hace mucho no se veía.

Para el antropólogo Claudio Lomnitz, México experimenta una desarticulación de lo nacional, un desdibujamiento. Pero también una revuelta moral como no se ha visto en la historia reciente del país, caracterizada por un reclamo de representación y de justicia.

Esas ideas se exponen su más reciente libro, La nación desdibujada (Malpaso Ediciones. 2016), en el que Lomnitz reúne sus reflexiones, análisis y algunos estudios sobre México, país en el que el chileno vivió, tuvo su formación profesional y al que ha dedicado numerosos trabajos.

Doctor en antropología por la Universidad de Stanford y actualmente maestro en la Universidad de Columbia en la Ciudad de Nueva York, Lomnitz afirma que hay una crisis de representación, y ésta pasa necesariamente por la corrupción.

En entrevista a propósito de su libro, explica que esta crisis no se trata sólo de la corrupción, sino de la cooptación legal, por ejemplo aquella que tiene que ver con los elevados salarios de los servidores públicos y otras conductas que, si bien no son robos, abonan al hartazgo.

“En cuanto a corrupción hay una revuelta moral clarísima. De hecho, me llama la atención que con estos temas de los gobernadores Padrés y Duarte está claro que los mismos partidos no están animándose a cobijar a sus exgobernadores y eso es bastante nuevo”, dice.

“En México, en este momento, hay un verdadero hartazgo, falta de simpatía y paciencia hacia la corrupción de un modo más intenso de lo que recuerdo. Es parecido a lo que pasa en Argentina, Brasil, Perú.

“Hay algo que está pasando a escala internacional. No sé si está relacionado con el desfase (clase política-sociedad) o con la transformación en la comunicación (las redes sociales), pero hay un proceso de vigilancia y publicidad nuevo que quizá está permitiendo que se discutan prácticas que eran antes más fáciles de mantener como secreto a voces, rumor pero no discusión directa.”

El fuego de Ayotzinapa

Para Lomnitz, ningún hecho expone mejor la crisis de representación que la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa en septiembre de 2014, pues a su parecer se convirtió en el punto nodal del movimiento social más importante desde que empezó la guerra contra el narco en 2006.

“Hay una clase política y un aparato político que no reflejan la situación de los ciudadanos. Hay un desfase entre la retórica de los políticos y las costumbres del gobierno, las cosas que están acostumbrados a hacer sin estar atentos al dinamismo de la sociedad que se supone representan”, apunta.

En el ensayo dedicado a la crisis de representación con el paradigma de Ayotzinapa, hace un recuento breve pero ilustrativo sobre la gestación de dicha crisis:

“En dos décadas México pasó por una transición demográfica que lo acercó al crecimiento cero, por una agudo declive de su campesinado, por un amplio crecimiento del sector manufacturero, por un acelerado desarrollo de nuevos centros urbanos, por un conjunto de cambios en ocasiones radicales de los roles de género y las relaciones familiares, por enormes migraciones a Estados Unidos, por una rebelión indígena y por una guerra contra el narco dramáticamente letal.”

La desconexión de la política respecto de la sociedad también se reflejó en una división de la sociedad. Sin embargo, la tragedia de Iguala reunió una gran muestra de la sociedad mexicana, al grado de que Lomnitz considera que la crisis actual es más profunda que las de 1968, 1988 y 1994.

Con la claridad de que sólo mediante la presión el poder reacciona, y de que la indignación social se construyó durante largo tiempo, el antropólogo expone en su ensayo:

“El ánimo actual tiene un centro de atención: la justicia. Hoy existe una indignación generalizada sobre la falta de justicia en México, sobre la ligereza con la que se sacrifican vidas, sobre la imprudencia con la que se despilfarran recursos, sobre el cinismo con el que se eluden las responsabilidades.”

Y concluye:

“No parece imposible que un movimiento de bases amplias por la renovación política y moral pudiera cimbrar las estructuras del poder en México.”

Crisis de Estado,
crisis de familia

La palabra crisis –de la familia, del Estado y de representación– es recurrente en los ensayos del libro. El primero es Michoacán: fantasía de la familia, fantasía del Estado.

Michoacán, un estado tradicionalista y, al mismo tiempo, transnacional, tiene a su parecer una crisis de representación clara que entre sus numerosos factores involucra a las estrategias de criminalización promovidas por gobiernos municipales, la intimidación, –primero de periodistas y luego de alcaldías y gobierno estatal–, además de la militarización y la dificultad de conseguir justicia.

En resumen, Lomnitz plantea un arco histórico: Michoacán fue invadido por Los Zetas en alianza con figuras locales que luego decidieron sacarlos. La tensión se genera entre el grupo de La Familia Michoacana –que reivindica a la comunidad como ideología–, frente a la lógica militar de Los Zetas. Es decir, el enfrentamiento entre dos modelos de organizar el territorio ante la ausencia del Estado.

Un segundo momento es cuando La Familia Michoacana ocupa el lugar predador de Los Zetas, y son Los Caballeros Templarios –nombre tomado de los guardianes de la religión y por lo tanto asociado a la familia y la comunidad en el muy católico Michoacán–, hasta que el nuevo grupo también se vuelve predador. Y esto también podría pasar, anticipa, con las autodefensas.

El vacío del Estado –arguye Lomnitz en la entrevista– ha sido ampliamente abordado, pero la crisis de familia está menos tratada porque el problema se ha desarrollado durante largo tiempo: desplazamientos laborales, principalmente la migración a Estados Unidos.

Respecto de este fenómeno, identifica una ambivalencia: se suele lamentar la partida de los migrantes pero al mismo tiempo se celebra la importancia económica de las remesas. En el fondo, la migración provoca un estrés sobre la familia que se queda.

Los problemas vinculados a este éxodo son la reintegración de las familias; fragmentaciones comunitarias, y ya con la “guerra del narco”, dificultad para que los desplazados regresen a sus comunidades, y aumento de asesinatos, secuestros y extorsión a quienes regresan.

“No es casual que líderes de autodefensas sean migrantes que volvieron”, dice.

En su ensayo, Lomnitz insiste en el tradicionalismo católico de la entidad (sólo 4% es protestante) y la vida “socialmente compacta” de los michoacanos:

“La historia local ocurre ahora en gran parte en Estados Unidos: 40% de los michoacanos vive allá. (…) A decir verdad, la profunda conexión de Michoacán con Estados Unidos es una de las razones por las que el estado ha sufrido tan hondamente las consecuencias de la actual guerra contra el narco.”

En la entrevista advierte:

“Me parece que la guerra del narco tiene que ver con estructuras familiares que no conocemos bien. Hay mucho trabajo que hacer para entender cómo estamos enfrentando la transformación económica del país a nivel familiar.”

No obstante, Lomnitz se muestra optimista y vuelve sobre las condiciones de la revuelta moral, al observar que existen movimientos sociales cada vez más grandes en el país que encuentran costoso no hacer nada “porque durante mucho tiempo fue fácil no hacer nada”. En la raíz de esas movilizaciones –apunta– estarán el reclamo por la representación y la justicia.