“Las actuales movilizaciones de los laicos católicos contra la iniciativa de Peña Nieto que intenta legalizar las bodas gay y las protestas de los laicos en 1925 y 1926 contra la llamada Ley Calles son hechos totalmente distintos”, afirma Jean Meyer, autor de La Cristiada, la más completa investigación sobre ese conflicto de la etapa callista.
Para empezar, Meyer indica que fueron “totalmente distintas las motivaciones” del Poder Ejecutivo de ahora y de entonces. Sobre la iniciativa presentada en vísperas de los comicios de junio pasado, comenta que básicamente tuvo intenciones electorales:
“Peña Nieto fue mal aconsejado por unos que se pasaron de listos al decirle que con su iniciativa le ganaría votos a la izquierda, y también ganaría votos entre la comunidad intelectual y artística, y sin perder los de los conservadores cristianos.”
En contraste, agrega, la llamada Ley Calles fue prácticamente “un ariete contra la Iglesia católica”, pues el general Plutarco Elías Calles estuvo “embarcado en la reglamentación de los artículos constitucionales que tocaban de cerca a la Iglesia”.
Indica que detrás de las disposiciones callistas estuvo la mano de un ministro y colaborador suyo muy cercano: Luis N. Morones, líder de la Confederación Regional Obrera Mexicana, “quien traía pleito trabado con el sindicalismo católico”.
Pero por otro lado, dice Meyer, hubo funcionarios y políticos que le aconsejaban al empecinado general no meterse con la Iglesia:
“Calles no hizo caso a todos los consejos de prudencia que le dieron Álvaro Obregón, su secretario de Gobernación; su secretario de Hacienda y varios gobernadores.”
La Ley Calles limitaba el número de sacerdotes; éstos deberían tener una licencia expedida por el Congreso de la Unión para ejercer su ministerio sacerdotal; también debían registrarse ante el gobierno municipal del lugar donde oficiaban. Asimismo, contemplaba reformas al Código Penal para sancionar a los curas infractores.
La ley encrespó a los laicos católicos aglutinados principalmente en la Liga Nacional para la Defensa de las Libertades Religiosas, que empezó a realizar diversas protestas, entre ellas un boicot económico.
De ahí que, dice, no hay comparación con el Frente Nacional por la Familia, la organización de laicos católicos que actualmente protestan contra la iniciativa de Peña Nieto.
Comenta Meyer:
“Es imposible comparar al frente –de 2016–, con la liga –de 1925 y 1926–. El único punto en común es que se trata de laicos. Pero la liga se organizó institucionalmente con redes en casi toda la República, de manera permanente. No veo que sea el caso del frente. Quizá lo hará, pero lo dudo, porque la iniciativa del gobierno de Peña Nieto no tiene ni la pujanza ni la meta de control o destrucción de las iglesias”.
Agrega:
“La actividad real, masiva, cotidiana de la liga empezó con la promulgación de la Ley Calles. Habría que esperar la promulgación de la ley de Peña Nieto, si es que se da, para ver qué hace el Frente Nacional por la Familia”.
Por otro lado, señala que también era muy distinto el México de la época callista al actual:
“No podemos compararlos. En 1926 México era 80% rural, con 17 millones de habitantes, muy mal comunicado, con pocos lectores de la prensa y sin radio. En cambio, ahora estamos en un México postinternet.”
Y respecto a la postura de la jerarquía católica, indica:
“El episcopado mexicano y el Vaticano estaban en contra de la Ley Calles, pero divididos, tanto el episcopado como la Curia Romana, sobre la manera de resistirla. Hoy el Papa Francisco apoya a su Iglesia en la defensa de la familia cristiana y los obispos también. Más allá, no hay comparación posible.”
Mientras tanto el Vaticano sigue beatificando y canonizando mártires de la Guerra Cristera: el domingo 16 le tocó su turno al niño michoacano José Sánchez del Río, quien fue canonizado por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro.








