Censura a “La viuda negra”, con Almada de cura

Apoyado por el Estado, el cineasta Arturo Ripstein filmó La viuda negra (1977) –basada en la obra teatral Debiera haber obispas, de Rafael Solana– con los sonorenses Mario Almada e Isela Vega, y la censura alcanzó al largometraje de 78 minutos.

Aquí, el director muestra el furor sexual con que vivían su amor un cura (Almada) y su ama de llaves, Matea (Vega), por lo cual la película no pudo estrenarse. La entonces titular de la naciente Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía, Margarita López Portillo, así lo declaró:

“Es una película bien hecha, muy buena, pero por su agresividad, creo que el pueblo sería el primero en rechazarla. No es una película que yo contenga (sic), es una que no creo que el pueblo esté capacitado para verla. Si en el próximo sexenio la quieren enseñar, que la enseñen, yo por mi parte prefiero guardarla.”

Almada era tímido

Fue estrenada hasta 1983, cuando entró Fernando Macotela como titular a la Dirección de Cinematografía. En entrevista, Isela Vega recuerda cómo trabajó con el actor:

“Fueron fáciles las escenas, porque Mario era mi paisano y les dimos una tesitura norteña. Además, él estaba perfecto para el papel del cura. Su papel le exigía que se volviera sensual, sexual y le daba un candor.”

–Al actor, ¿no le daba miedo realizar esas escenas?

–¡Sí le daba miedo y se ponía rojo!, pero se esforzaba para hacerla de galán. Era un cura y no tenía experiencia en el amor, por lo cual era tímido con las mujeres. A mí me dieron un Ariel por esa actuación en 1984; pero el debió llevarse también la estatuilla, igual estaba nominado. Ahí, Mario, de verdad me facilitó mucho mi trabajo porque él tenía todo. Aunque le daban nervios, era muy profesional.

Considerada un símbolo sexual del cine mexicano, la actriz manifiesta que La viuda negra causó un escándalo tremendo, y eso le gustó.

“Es un filme bien hecho, Arturo Ripstein es un excelente director e hizo reaccionar a la gente, en el sentido de que el único pensamiento válido es el de uno; el del otro, ni cuenta. La importancia de qué digan los demás es una costumbre impuesta por la Iglesia católica”, añade.

Resalta que Almada nunca dijo si era católico:

“Jamás hablamos de religión. Yo, por mi parte, soy atea. Entonces Solana se desligó, dijo que no era su obra teatral. En su pieza, Matea era una ama de llaves de la iglesia, vieja y gorda que sólo chismoseaba con el padre, no había nada de sensualidad.”

Filmaron durante seis semanas en San Miguel de Allende, Guanajuato.

“Fue una experiencia muy agradable trabajar con Almada. Era de un carácter muy bonito. También estuvo en El Infierno, de Luis Estrada, donde participé, pero no coincidimos en los llamados”, detalla. Y puntualiza:

“Fue un hombre politizado, aunque era muy tímido, no hablaba mucho, era discreto hasta para exponer sus puntos de vista; pero hizo un cine basado en hechos reales, con denuncia, sobre los narcos y la migración de mexicanos a Estados Unidos. Yo hice unas cien películas y él como 600. Me fui a Estados Unidos porque ya no se producían largometrajes, y aquí en México realizó un sinnúmero de videohomes, y me encanta ver sus largometrajes porque me gusta verlo a él. Siempre estuvo vigente en el cine, era muy trabajador.

“Y lo quería mucho la cámara.”