Tan mal andan las cosas en la administración de las musas de la comarca que el aniversario número 150 de la inauguración del teatro Degollado, el martes 13 de septiembre, sencillamente les pasó de noche o les valió un soberano cacahuate, que no es lo mismo pero es igual. Y ello porque ni del lado del gobierno de Jalisco –que tradicionalmente regentea ese histórico inmueble– ni del ayuntamiento de Guadalajara, de cuyo patrimonio arquitectónico forma parte el Degollado, concibieron nada para celebrar tan señalado acontecimiento.
A lo más que llegaron las atolondradas autoridades de la Secretaría de Cultura del estado, comenzando por la titular de esa dependencia, Myriam Vachez, fue a repetir un “concierto-homenaje” a Consuelo Velázquez, con motivo de los 100 años del nacimiento de la bolerista nacida en Ciudad Guzmán. En otras palabras, el “homenaje” ni siquiera se preparó para el sesquicentenario del Degollado, sino que se presentó a las volandas, de última hora, como para que la ocasión no se fuera en blanco, pues el numerito de marras había sido presentado meses atrás para el centenario del nacimiento de la autora de “Bésame mucho”.
Por su parte, en la Dirección de Cultura de Guadalajara, al frente de la cual se halla desde octubre pasado Susana Chávez, de plano les pasó inadvertida la efeméride, pues ni siquiera dieron trazas de haberse enterado de que este año el teatro “de los tapatíos” –y sin duda el más importante y también el más antiguo del occidente de México– estaba por cumplir siglo y medio, y por lo tanto tampoco se concibió nada por parte del gobierno municipal para ese aniversario redondo. O sea que peor, imposible.
Como se sabe, el teatro Degollado, obra del arquitecto tapatío Jacobo Gálvez y cuya hechura demoró 10 largos años (de 1856 a 1866), durante el periodo que comprendió la Guerra de Reforma, la Intervención Francesa y casi todo el gobierno imperial de Maximiliano, fue inaugurado con una nutrida temporada de ópera a cargo de una compañía italiana (de Annibale Biachi), en la cual figuraba como prima donna la legendaria soprano mexicana Ángela Peralta. La obra inaugural fue Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti, ópera que se presentaría de nueva cuenta el 13 de septiembre de 1916, en plena Revolución Mexicana, cuando el Degollado llegó a su primer medio siglo de vida, junto con otras obras completas del género lírico, montadas por la Compañía Impulsora de Ópera que dirigía el famoso maestro José Pierson, agrupación que en su momento llegó a ser considerada como “la más importante de América Latina”.
Y el 13 de septiembre de 1966, al cumplirse el primer siglo del gran teatro tapatío, nuevamente se presentó Lucia di Lammermoor, con un elenco internacional: la soprano Ernestina Garfias, el tenor Plácido Domingo y, entre otros cantantes de talla mundial, el barítono estadunidense Sherril Milnes. Ese mismo elenco participó en el montaje de otra ópera que se montó expresamente para el centenario del Degollado: El barbero de Sevilla, de Gioachino Rossini. Vale decir que ambas fueron dirigidas por el jovencísimo Eduardo Mata, quien llegaría a ser el más destacado director de orquesta mexicano y que por entonces era el titular de la Sinfónica de Guadalajara. Y, previamente, la compañía itinerante del Metropolitan Opera de Nueva York había presentado en el cumpleañero Degollado una temporada con cuatro óperas, entre ellas Madama Butterfly, de Giacomo Puccini, y Carmen, de Georges Bizet.
Dicho de otra manera, hasta este año que corre ninguno de los grandes aniversarios del Degollado se había dejado de celebrar por lo más alto; ni siquiera en épocas de guerra, como sucedió durante la inauguración del teatro, en plena guerra civil entre imperialistas-conservadores y republicanos-liberales; ni tampoco en el cincuentenario del teatro, en 1916, durante la Revolución Mexicana. Ha sido hasta ahora, al cumplirse siglo y medio de la inauguración del coliseo tapatío, cuando las autoridades de Jalisco salieron con sus miserias celebratorias, y el gobierno de Guadalajara con su penoso olvido. Lo dicho: peor, imposible.
Lo más lamentable del caso es que los administradores culturales de la comarca, comenzando por las ya mencionadas administradoras Myriam Vachez y Susana Chávez –y siguiendo con los jefes de una y otra: el gobernador Aristóteles Sandoval y el alcalde Enrique Alfaro, respectivamente–, han exhibido una ignorancia enciclopédica en materia cultural, pues no de otra manera se puede explicar que hayan dejado pasar de largo tan penosamente el sesquicentenario del Degollado.
Aparte del obligado montaje de ópera Lucia…, obra con la que prácticamente nació asociado el teatro tapatío y el cual se cuenta entre las principales prendas patrimoniales del estado, hubiera sido relativamente fácil armar un ciclo con obras orquestales de los grandes compositores jaliscienses, desde José Rolón, nacido a mediados del siglo XIX, hasta compositores de las últimas generaciones, como Gabriel Pareyón, pasando por Alfredo Carrasco, Gonzalo Curiel (autor de tres conciertos para piano y orquesta), José Pablo Moncayo, José F. Vásquez, Blas Galindo, Higinio Ruvalcaba, Domingo Lobato, Hermilio Hernández… ¿No hubiera sido también esta una buena ocasión, por ejemplo, para escenificar también la única ópera de Moncayo: La mulata de Córdoba, con libreto de Xavier Villaurrutia?
Penosamente y con alguna rala excepción, como el Huapango, de Moncayo, ninguno de los autores jaliscienses antes mencionados va a figurar tampoco ni en el Festival Internacional Cervantino, que este año tiene a Jalisco como “invitado de honor”, ni en el cacareado Festival Sucede, que el Ayuntamiento de Guadalajara anuncia, con más voluntarismo que convicción artística, para el mes entrante. O sea, que peor ninguneo para la música compuesta por autores jaliscienses difícilmente podría haberse dado, pues la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) se prepara para ir al Cervantino a tocar a Beethoven, Tchaikovsky, Richard Strauss y compañía.
No deja de ser irónico que mientras la sinfónica de la comarca (la OFJ), cuya titularidad ha sido confiada a un director de medio pelo (el ítalo-canadiense Marco Parisotto, cuya mayor virtud parece ser la de haberle sorbido el seso a madame Vachez), grabó el año pasado un cd con música de Tchaikovsky, uno de los compositores más grabados de la historia de la música, otra orquesta, la Filarmónica de Querétaro, que casualmente dirige el jalisciense José Guadalupe Flores, y el pianista capitalino Arturo Nieto-Dorantes grabaron un cd con sendos conciertos para piano y orquesta de dos compositores nacidos en Jalisco: Gonzalo Curiel y José F. Vásquez. ¡He aquí un nuevo ejemplo del mundo al revés: artistas y creadores jaliscienses que son reconocidos y celebrados en otras partes, mientras que en su propia tierra son ignorados penosamente por autoridades que cada día que pasa demuestran que, en materia cultural, son como dice la letra de una canción de Juan Gabriel: no saben nada, nada, na, na…
Otro ejemplo de ese mundo al revés se puede ver en el reciente proyecto (bueno, de alguna forma hay que llamarle) del ayuntamiento de Guadalajara dizque para enriquecer el “arte urbano” del primer municipio de Jalisco. De llegarse a realizar, esta ocurrencia “cultural” le estaría costando a los tapatíos algo así como 29 millones de pesos, entre la restauración de esculturas y estatuas ya existentes y que, según esto, se encuentran en mal estado, y nuevas obras que les serían encargadas a ocho autores tapatíos que, en su gran mayoría, ni siquiera son escultores, sino pintores o dizque “artistas conceptuales”…
Tan mal ha sido concebida está ocurrencia que se ignoró a escultores jaliscienses de profesión, más allá de que su obra guste mucho o poco a las actuales autoridades tapatías: Rafael Zamarripa, Jorge de la Peña, Tijelino, Antonio Ramírez, El Infeliz, etcétera. ¿Por qué se excluyó a todos éstos y se decidió, improvisados como escultores, por pintores como Ismael Vargas o José Fors? ¿Qué competencia intelectual y artísticas tienen los funcionarios de la Direcciones de Cultura y la de Espacios Públicos para haber elegido por dedazo a José Dávila, Pedro Escapa y Jorge Méndez Blake como puntales del “arte urbano”, y máxime cuando ninguno de ellos califica mínimamente en dicha categoría? ¿Acaso porque son cuates de equis funcionario (s) de la actual administración municipal? Y de ser así, ¿esto constituye acaso un mérito artístico? Y por último, ¿cuál es el sentido de seguir gastando de manera indiscriminada millones y millones de pesos del erario en obras que, por lo que parece, fueron hechas con materiales bastante deleznables, como sería el caso de La puerta, de Fernando González Gortázar, en Jardines Alcalde, una obra que ha sido objeto de repetidas reparaciones, las cuales le han salido como lumbre a los contribuyentes tapatíos?
Y vale aclarar que los anteriores son sólo algunos ejemplos del desastre que las autoridades de la comarca han venido haciendo, con singular alegría, en el nombre de las musas.








