En una de las escasas fotos que contiene el libro La Cristiada, de Jean Meyer, aparece una curiosa manta cuyo mensaje reza: “Abajo la educación xesual” (sic). Eran pendones de hace casi un siglo. No hay que escarbar mucho para encontrar que los portadores de semejantes protestas poco o nada entendían de la disputa de fondo por la que ocupaban las trincheras. Las marchas recientes organizadas dizque para defender a la familia (¿de qué?) nos revelan que no hemos avanzado mucho que digamos.
Lo vivido en varias ciudades del país posee elementos similares al formato de aquellas algaradas cristeras. Quienes azuzan la voluntad de la discordia son los señores del clero, aunque escondan la mano. Sus puntos de rechazo van dirigidos en contra del ejercicio sexual natural, en contra de la práctica orgiástica satisfactoria, del papel de la voluptuosidad y la libido sin trabas. Los lemas portan conceptos estrambóticos y etiquetas funambulescas. Pero es el mismo viejo discurso, revolcado y vuelto a poner de pie. Se hable de matrimonio igualitario, de los derechos a la comunidad lésbico-gay, de la adopción de criaturas, es ruido vinculado a nuestra asignatura nunca aprobada de la educación sexual.
No tiene mucho sentido revisar las pancartas ni analizar los discursos emitidos en la ocasión presente, pobres y lastimosos. Están plagados de lugares comunes. La comuna ya debería tener claridad de todo ello si se trata de asuntos antiguos. La sociedad que estructuró aquí la colonia española impuso las coordenadas del modelo católico. No se debe hacer mucho sino pasar revista a lo que el catecismo llama ‘sacramentos’, para captar los momentos culminantes o definitorios de la vida dentro de dichas comunidades.
Todos tenían que ser llevados al templo a recibir su bautizo, el registro o ceremonia de aceptación de la comuna que lo recibía. Más adelante vendría la confirmación de esta recepción, tarea reservada al obispo en sus pocas frecuentes visitas. La confesión y la comunión son otros dos sacramentos, que no andan incluidos en la disputa presente. Y lo mismo habría que decir de las ordenaciones sacerdotales y el de la extremaunción. Sólo viene a ser el del matrimonio al que traen al retortero. Es justo el que queda en el epicentro. Ocurre cuando dos miembros de la comuna deciden darle cuerda a la fogosidad de sus impulsos eróticos y la comuna les otorga el permiso para tal paso.
Si la fórmula a debatir se limitara a los linderos del ejercicio sexual no generara tanta polvareda. Lo tradicional ha sido que un mancebo y una doncella sientan latir en su cuerpo el revoloteo de las hormonas y se pongan de acuerdo. La comuna no tiene por qué oponerse a tal ejercicio, ni para acotarlo ni para condicionarlo. O no tendría, porque en los hechos sí lo hace. Por ejemplo, para que ambos chicos reciban la bendición nupcial, es decir el permiso para fornicar sin tener que estar rindiendo cuentas a los demás, tienen que firmar un acta de monogamia. De no hacerlo, se les conculca el permiso.
La experiencia enseña que el entusiasmo original por el coito con la misma persona decae o sufre pérdida de interés. Cualquiera de los dos amantes, o ambos, dirige su mirada anhelante a otro u otros miembros de la comuna para el cambio de pareja. Ahí empiezan las dificultades. Los clérigos sostienen que en su acta la cláusula de monogamia es inamovible. Ya hemos visto que tales dichos son puro jarabe de pico. A Vicente Fox y a Marta Sahagún les anularon el matrimonio anterior y los volvieron a casar. Y a Angélica Rivera también le dieron el divorcio eclesiástico y la volvieron a casar con Peña Nieto. Hace siglo y medio se estableció nuestro matrimonio civil. En éste, el compromiso de monogamia puede anularse mediante un proceso de divorcio. Lo que se transgreda de estas prácticas se identifica como adulterio o infidelidad y es sancionado como actividad culposa.
Ahí están los dos modelos activos con los que toreamos. Nos hemos acostumbrado a la coexistencia pacífica de ambas normativas: la del matrimonio civil y la del religioso. Para unificar discursos, se había aceptado que el connubio religioso se llamara matrimonio y a la vinculación civil se le identificara como ‘sociedad legal’. Y todos contentos. Vivíamos en ese rubro una pax priista que se parece mucho a la pax porfiriana. No generaba mucho conflicto la dinámica, mientras mantuviera el esquema convencional de ayuntar a individuos de género diverso: hombre y mujer, para ser explícitos.
Mas en el mundo soplan vientos nuevos. A una sociedad lenta o de escasos reflejos como la nuestra esto le genera complicaciones. ¿Cómo que pueden ayuntarse dos varones entre sí o dos mujeres? ¿Eso con qué se come? ¿Qué no se trata acaso de pecados nefandos, de asociaciones contra natura? ¿Qué acaso el fin de tales ayuntamientos no tiene que ver con el generoso plan divino de traer nuevos miembros a la comuna y poblar el mundo?
Aquí está el punto fino del debate. El matrimonio, o junta de dos con autorización explícita para fornicar, no poseía sólo el condicionamiento monogámico, sancionable si se transgredía. En el fondo mantenía, fuera su versión civil o religiosa, la premática de autorizarse sólo para generar nuevos seres humanos. En caso de no buscar tal fin expreso, no se otorga el permiso. Pero este discurso confuso no puede seguir adelante. Las partidas deben quedar claras al menos en los procesos del poder civil. Si los señores de la curia, que manejan los cánones religiosos, acceden o se oponen a tales ejercicios es punto que no debe nublar u oscurecer la dinámica civil.
La sociedad legal ampara conjunciones de individuos de sexo diverso. Se extendió para amparar los mismos derechos a los voluntariosos de un mismo sexo que decidieran transitar tal pista. Esta variante no ha de sufrir más el embate al que lo somete su par de la esfera religiosa. Que desde el púlpito se siga predicando que el matrimonio religioso fue instituido para formar familias, para generar hijos, para sublimar el acto sexual de otra manera no tolerado. Pero los prelados no han de extender más allá de sus feligreses estas restricciones. El formato de convivencia no ha de acotarse a lindes, ya no digamos medievales sino prehistóricas, de los prejuicios religiosos.
Bonita sociedad bipolar conformamos. Por un lado, se muere Juan Gabriel y se abren todas las compuertas para acompañarle hasta su última morada. Todo mundo se saca la foto con sus cenizas, curas o seglares, políticos o pueblo bajo. Nadie toca el tema de las preferencias sexuales del finado, aunque a todos fue manifiesta su orientación homosexual. Se le despide con multitudes, aplausos y bendiciones. Mas ésos que le aplauden y bendicen, salen ahora a la calle en plan homofóbico abierto y condenan cualquier paso al frente en cosa de libertades de convivencia, de uniones libres y de adopciones. Y a quien no grite al compás de sus consignas, de manera maniquea lo condenan. ¿Por qué? ¿Por pecador, dual, homofóbico, heterofóbico? ¿Quién lo entiende?








