Del culto a la personalidad

A mediados del siglo pasado, la cuestión del culto a la personalidad estuvo en cartelera como tema de discusión política. No se envolvía en celofanes ni se le tapaba con cendales piadosos. Muchas veces fue disputa cruda. Ocurría en razón de que el horizonte político esbozaba la construcción de una nueva sociedad en la que desaparecerían los explotados y los explotadores. Por la vía de las faenas políticas, se suponía, aparecerían entre nosotros los hombres nuevos, los que desterrarían de nuestros páramos la miseria humana, de una vez y para siempre. Se preveía la venida del Paraíso a la tierra.

Sobra decir que lo que hacía latir precipitadamente los corazones juveniles de entonces se encadenaba a la perspectiva del socialismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, las masas proletarias del este de Europa primero y luego las del mundo del oriente medio habían escalado las plataformas del poder. Se declaraba socialista el gobierno de la China milenaria, el de la India, el de Egipto, los de la Cortina de Hierro. Tras sus huellas, los ejércitos africanos de liberación enarbolaban en sus trincheras también tales pendones. No podían quedar fuera los pueblos latinoamericanos. Perteneciendo de pleno derecho al inventario de los territorios saqueados por liberar, veíamos como pista transitable la de los combates por la conquista de la esfera del poder y, ya en insertos en ella, la instauración de las formas socialistas de gobierno.

¿Quiénes iban a destacar en estas luchas? ¿Quiénes encabezarían las tropas para alcanzar tan loables metas? ¿A quiénes habría que ceder el paso, para que empuñaran la estafeta? La respuesta era tautológica: los mejores. Quienes sobresalieran de todos, porque todos andábamos sumados a tan generosa lucha. Lo sabríamos a la hora de las definiciones. No habría que preparar en especial a nadie, porque la naturaleza misma, sus mecanismos de selección, nos los impondría. Habría descartes, habría eliminación dolorosa, ya que los partos de la historia no ocurren sin traumatismos. Son trances duros, pero vindicativos. Los mejores levantarían el trofeo de la victoria favorable a los pueblos.

Unos sostenían la postura de los mecanismos desconocidos de la naturaleza, las ocultas fuerzas de la historia. Otros postulaban que no había que dejar partidas al azar. Había que preparar cuadros, acendrar personalidades, instruir iniciados, para que la partera de la historia tuviera contingentes esplendentes de los cuales echar mano. Justificaban con estas imágenes la existencia de escuelas de cuadros, la formación de pioneros. No era ociosa, decían, la dedicación de las mentes tiernas al estudio de la política real, al devenir de los acontecimientos consuetudinarios. Por fuerza aparecen en ellos las regularidades, a cuyo concurso hay que atenerse o, de ser posible, dirigir y conducir.

Esos escolares escogidos, esos hombres indispensables, le marcarán derrotero al curso ciego de la historia. Han de tener un nombre. Irán apareciendo con los acontecimientos fortuitos. No han de formar un ejército anónimo sino que habrán de ser entes con rostro reconocible, personalidades definidas a que hay que seguir y respetar; acatar sus decisiones hasta con fervor, pues no se tratará de caprichos, de ocurrencias, sino de dictados provenientes de la insondable sabiduría. Si atrás de tales zarzas en llamas se decía estar la divinidad o los ineluctables dictados de la historia, ya no había mucho por debatir.

Esas personalidades elegidas por la divinidad o por el ciego destino se impondrían a nuestras resistencias particulares, como arrastra el volumen de la ola del mar a las gotas minúsculas en su embate contra la arena de la playa, sumándolas a su fuerza unitaria. De ahí la gran distancia habida entre el individuo aislado, no elegido desde luego por la fuerza del destino para encabezar la marejada aunque sí sumado a ella, y el dirigente, el cabecilla, el caudillo, el gran transformador de vidas, obras y milagros de la comuna rescatada. Traslapar en estos individuos el anonimato validado para la gran masa, era el punto de litigio.

“El grande es grande aunque no lo parezca, argüían unos. No hay grandes ni chicos, contestaban otros; son errores de perspectiva. En el gran combate por la historia vale tanto la espada como el humilde alfiler. No se justifican los altares destacados para los héroes. No hemos de endiosar a ninguno de los beligerantes, pues por una herradura se perdió un reino. Hay insaculados, portadores de la antorcha olímpica. Más vale que aceptemos tales distingos. Si bien ininteligibles, son inapelables. El decurso informe de la historia pondrá a cada personalidad en su lugar, pero a buen seguro que ninguno hace falta”. En un sentido o en otro, pero así discurría la polémica.

Por los días que corren empiezan a moverse entre nosotros, en tumulto, las discusiones políticas. ¿Se trata de la arcaica polémica arriba señalada? Nada que ver. La cartelera política se sacude como en cada una de nuestras sucesiones y perora por los hábitos buenos o malos de los contendientes a ocupar los puestos máximos, las sillas de los poderes ejecutivos. Se dan a consumir a las masas actuales las adormideras adecuadas para transitar en las circunstancias presentes. Las pócimas de antaño ya no sirven ni para fomento. Ahora vamos a un carnaval de narcisismos y encandilamientos. Es la fórmula que traen consigo los partidos políticos, tan desacreditados, tan repulsivos, tan atosigados de pérdida de credibilidad. Muchos analistas sostienen que no se salva ninguno de los partidos en palestra. Algunos le dan cierto beneficio de la duda a Morena, la de Obrador, por no transigir en las transas en boga, tan cínicas, tan burdas. Ya veremos si de la legión de suspirantes que se sumen a este proyecto surgen propuestas y posturas que le laven la cara de hereje a nuestra práctica política presente o si la batahola de la grilla asquerosa degrada a Morena al igual que a los otros.

Las personalidades que proponen los partidos, en general, no garantizan que harán un manejo escrupuloso de los bienes públicos. No les preocupa presentar credenciales auténticas para ningún puesto. La debacle de nuestra vida pública es evidente. En los medios no se alienta ni se sostiene debate alguno de contenidos. Todo es farándula y frivolidad. La política en su mínima o nula expresión. ¿Qué otra cosa si no viene siendo el esperpento del rendido de cuentas de Peña Nieto ante un auditorio a modo y bajo la complacencia, muda o cómplice, de los demás que los dejamos hacer?

Por si no fuera suficiente para desmoralizar al más optimista, ahora se han sacado de la chistera los magos de nuestra grilla el regalito de los candidatos llamados independientes. Sólo por mencionar algunos nombres, los más conocidos, se repiten los de Mancera, del Bronco, de Castañeda y hasta de Alfaro. Perdidos de vista los generosos objetivos de antaño, se vuelve a la disputa por el perfil vanidoso para ocupar puestos de gobierno, el supino culto a la personalidad. ¡Vaya, ni siquiera nos ponemos de acuerdo en establecer los candados eficientes para impedir que se pasen de manilargos, cuando accedan al manejo del tesoro público! Cada paso que dan en este sentido nuestros jerarcas revela la carcoma que nos atiricia a todos.