Al tiempo que Miguel Ángel Mancera anuncia que se intensificará el cuidado de nuestros monumentos, paradójicamente se dio a conocer un proyecto que ha despertado inquietud en amplios sectores de la Ciudad de México. Es un importante proyecto de carácter urbano que parece, como aquél de la avenida Chapultepec, abrigar un gran negocio “y/o” dejar huella imperecedera para mayor gloria del actual gobierno de la Ciudad de México, naturalmente: CDMX.
Se trata de resolver el conflicto y desorden que causan los vehículos de transporte urbano en la glorieta de la vieja calzada de Tacubaya, aquí ya nombrada Circuito Interior, la propia avenida Chapultepec y la avenida Veracruz, por donde un día u otro transitamos todos los chilangos. Terrible nudo vial, complicado con paraderos de varias líneas de camionetas que antes eran puras “combis” y hoy son ya camiones o camioncitos, y unas escaleras que parecen bajar al Mictlán pero que en realidad conducen a la estación Metro Chapultepec, que expulsa y devora cientos de miles de personas diariamente.
Parece, pues, razonable que la autoridad proponga obras de mejoramiento del espacio público en ese punto, pero se ha generado desconcierto cuando se dice que para lograr financiarlo o hacer posible que el arreglo evolucione es imprescindible dar cabida a un gran centro comercial y a un edificio de más de 40 pisos o a un grupo de edificios en ese espacio, es decir: se concesionarán las obras y el espacio público a cambio de realizar “la terminal”, el centro de transferencia vial de los transportes que ahí inician y terminan su recorrido varias veces al día.
Esto, como era de suponerse, ha levantado cierto escozor no sólo en los habitantes de la zona sino en otros sectores ciudadanos, al enterarse de que el proyecto también demandará apropiarse de algún “pedacito” del Bosque de Chapultepec. No conozco el proyecto pero, como muchos, estoy preocupado por lo que se dice, lo malo es que parece que todavía nadie lo ha visto y, peor aún, tal vez aún ni siquiera haya proyecto, pero de que la cosa se mueve, se mueve.
En cambio sé, y lo sé bastante bien, que en ese sitio se conserva una curiosa y muy hermosa fuente colonial –que bien conozco– perteneciente a los acueductos que de ahí partían, llevando las aguas de los manantiales de Chapultepec a la Gran Tenochtitlan y más tarde a la de Ciudad de México. Tal parece que una persona involucrada en la idea declaró que “la fuente se desmontaría y posteriormente se buscaría un lugar para ubicarla”. Ya sabemos el riesgo que esto implica.
Se ha dicho que esta fuente daba origen al Acueducto de Belén, que terminaba en la del Salto del Agua, en la plazuela de Tumbaburros, cerca del tecpan de San Juan, cuya copia (la original se guarda en el Museo de Tepozotlán) aún resalta en la imagen urbana y bien se conoce. Para fortuna nuestra tuve la oportunidad de trabajar en varios acueductos, en éste liberamos el resto de su arcada (24 arcos), dotándole de una fuente de agua que escurre y señala su añeja función abastecedora y su vandálica destrucción. Fortuna mía fue también rescatar del abandono el último tramo del Acueducto de Guadalupe, gratificación equivalente a recoger pedazos de la ciudad. En mucho, nace de ello mi interés.
México se distinguió por sus grandes obras hidráulicas: Los Remedios, De Guadalupe, Morelia, Querétaro, Zacatecas, Zempoala y muchos más. Entre los que desde tiempos prehispánicos fueron notables en esta CDMX figuran los de: Tenochtitlan, con sus dos caños; Santa Fe, que terminaba en el puente de La Mariscala, recorriendo la calzada de La Verónica –hoy Melchor Ocampo– para continuar por la calzada de Tlacopan; éste –que hoy nos ocupa– de Belén, por la actual avenida Chapultepec, y el más largo que fue el de Guadalupe. Tengo preocupación por que cuidemos sus restos.
La fuente que hoy está amenazada quizá no haya sido del acueducto del Salto del Agua, más bien debe haber pertenecido al que corría por la Calzada de La Verónica pero no era la fuente de La Tlaxpana o de los músicos, que desapareció completamente (Enciclopedia de México, 1976. El dato está equivocado en El libro de mis recuerdos de Antonio García Cubas (2ª ed.1934, p. 216). Sabemos también que nuestro viejo maestro, el arquitecto Antonio Álvarez Espinosa (†) la movió hacia 1921 y que el arquitecto Joaquín Álvarez Ordoñez la recolocó en su actual sitio, por el trazo del Metro. De entonces a la fecha se ha deteriorado en grado lamentable –según lo he advertido reiteradamente–, pero todo lo anterior no justifica que se pretenda remover y embodegarla sin más. Es, a pesar de todas sus vicisitudes, una valiosa referencia de cultura e historia que enriquece nuestra memoria; es un monumento valioso no porque en dinero valga más que el centro comercial y los edificios en proyecto sino porque, por lo pronto, significa más. Ya el tiempo dirá.
Miguel Ángel Mancera y su equipo, asesores y funcionarios, deben asumir que el patrimonio es una oportunidad y no un problema, que la modernidad en el urbanismo está hoy sustentada por la conservación del pasado y no por su destrucción.
Yo diría que antes de que nada suceda, con cuidado extremo se deberían levantar planos a detalle de la fuente, que después –y antes de mover nada– se aprobara un proyecto que precisara qué lugar ocuparía en el conjunto, incluso si fuera como pieza de museo dentro de las grandes salas de pasos perdidos del centro comercial, pues es inadmisible que se lleve a otro lado y se pierda su referencia incuestionable con el sitio, a pesar de los traslados que padeció.
Con un poco de imaginación, ese proyecto deberá destinar un espacio generoso no sólo a la fuente sino a un museo de sitio que hable de la lucha de la ciudad por abastecerse de agua y las dificultades –que ya conocemos– del problema para obtenerla, perdidos los lagos, de las cuencas vecinas; de la gravedad de la deshidratación del suelo, de los hundimientos y el peligro que su carencia conlleva.
Un museo, de esa historia, desde Tenochtitlan a nuestros días y el futuro de la ciudad. Claro, esto siempre y cuando el cuestionado proyecto se apruebe en los “otros” aspectos por la ciudadanía.








