El último poema

Valparaíso, CHILE.- El 13 de junio, al comenzar en una corte federal de Orlando, Florida, el juicio contra el teniente en retiro del ejército chileno, Pedro Barrientos Núñez, por la responsabilidad que le cabe en el homicidio del cantor popular Víctor Jara, su defensa objetó que se incluyera el poema “Estadio Chile”.

Éste fue escrito por Víctor Jara el 15 de septiembre de 1973, pocas horas antes de ser asesinado, en una libreta y con un lápiz facilitados por Boris Navia, quien, en el momento del golpe, tenía 30 años y era abogado jefe del Departamento de Personal y Decretación de la Universidad Técnica del Estado (UTE), en la que Jara era coordinador de investigación folclórica.

La defensa de Barrientos, liderada por el abogado Luis F. Calderón, “argumentó que este poema no aportaba ningún elemento que probara la culpabilidad del procesado”, cuenta Navia en entrevista con Proceso.

Sin embargo, los querellantes pertenecientes al estudio Chadbourne & Parke argumentaron que el poema “retrata el escenario horrendo que se estaba viviendo allí, en el Estadio Chile”.

Canto, ¡qué mal me sabes cuando tengo que cantar espanto!

Espanto como el que vivo/como el que muero/ espanto…

El juez Roy Dalton no aceptó la objeción de la defensa por lo que el poema formó parte de la declaración de los testigos, especialmente la de Navia.

Con los sentimientos de la muerte

A las 11 de la mañana del 11 de septiembre de 1973, el presidente Salvador Allende inauguraría en la UTE la exposición artístico cultural Por la vida siempre en la que cantaría Víctor Jara. En el escenario dispuesto para la ocasión, Allende anunciaría la convocatoria a un plebiscito en la que se zanjaría su permanencia en el poder.

El golpe militar encabezado por el comandante en jefe del ejército Augusto Pinochet Ugarte, y por el almirante José Toribio Merino impidió la consumación de tal propósito. La Universidad Técnica fue rodeada por efectivos del Regimiento Arica del Ejército de Chile, provenientes de la ciudad de La Serena.

Al amanecer del día 12, tras disparar obuses y numerosas ráfagas de metrallas contra la UTE, esos militares ocuparon dicha casa de estudios y detuvieron a sus ocupantes que pretendían resistir desarmados a las fuerzas golpistas.

Los detenidos –entre los que se encontraba Víctor Jara– fueron trasladados al Estadio Chile, ubicado muy cerca de esta universidad, en el sector de la Estación Central de trenes de Santiago.

Al llegar al coliseo deportivo y mientras formaba parte de una fila, Jara “fue reconocido por personal militar, siendo separado del resto de los prisioneros para ser llevado a otras dependencias ubicadas en los vestidores del estadio, ocupadas como salas de interrogatorios y de torturas, donde fuera agredido físicamente en forma permanente por varios oficiales”, según consignó el magistrado del caso Víctor Jara, Miguel Vásquez, en la resolución emitida el 22 de diciembre de 2013.

El sábado 15 de septiembre de ese año los prisioneros fueron avisados que serían llevados al Estadio Nacional. “Nosotros habíamos rescatado el jueves 13 en la noche a Víctor desde el pasillo donde lo habían dejado lleno de sangre, porque lo golpearon en todo el cuerpo. Lo llevamos a las gradas, donde lo abrigamos y restañamos sus heridas”, señala Navia en la entrevista.

“Por la mañana de ese sábado –continuó– y mientras me encontraba sentado al lado de Víctor, él pide lápiz y papel. Yo le dije: ‘Tengo una libreta a la que le quedan varias hojas’, y le pasé esa libreta y un lápiz. Entonces él empieza a escribir lo que nosotros suponíamos era una carta para su compañera Joan, porque se había anunciado que algunos presos serían liberados y muchos quisieron enviar mensajes a sus familiares.

“Pero él seguía escribiendo y escribiendo. Lo hacía muy rápido, con los sentimientos de la muerte, pienso yo. Estando en eso, aparecen dos soldados por la espalda que le pegan un empujón y lo sacan del asiento a empellones para trasladarlo a la parte superior de la gradería norte.

“En el momento que se levanta Víctor tira la libreta y el lápiz. Entonces yo la recojo, la guardo y me olvido de ella porque en ese momento para nosotros lo importante era seguir con la vista lo que pasaba con él. No podíamos ir tras él, porque nos estaba prohibido movernos; pero lo seguimos con la vista y ahí nos percatamos que en la parte superior de la gradería había dos oficiales del ejército. Eran de la casa, por así decirlo. Pero habían visitas: dos oficiales de la marina que se distinguían por su típico uniforme azul.

“No alcanzamos a escuchar lo que le decían pero notamos por las gesticulaciones de uno de ellos, que era muy gordo, que empieza a insultar a Víctor. Este respondía con su sonrisa tan característica que creo lo acompañó hasta el momento de su muerte. Parece que ese gesto desarmaba a los oficiales. De pronto, uno de los oficiales de la Armada grita algo y los militares que le acompañaban comenzaron a golpear con la culata de sus fusiles a Víctor quien cae dos veces y se vuelve a levantar, pero después cae y no se vuelve a parar.”

Relata que antes de desaparecer de su vista, Jara “miró hacia donde estábamos nosotros, sus compañeros. Esa es la última vez que lo vi con vida”.

Navia señala que cuando salió del Estadio Chile –“como a las cinco o seis de la tarde de ese día”–, vio unos 30 o 40 cadáveres y, entre ellos, “dos cuerpos absolutamente reconocibles: el del abogado Littré Quiroga, y el de Víctor Jara”. Asegura que éste “tenía la lividez y la rigidez de un muerto” y que su cuerpo estaba “todo entero perforado por balazos”. Y dice que al llegar al Estadio Nacional aquella noche, alguien le pidió un papel. Entonces se acordó de la libreta. “Con emoción y el sobrecogimiento leímos con algunos profesores el canto de Víctor”. Con ellos acordaron que ese era un material que había que proteger y difundir, expresó el jurista.

Navia hizo dos copias del canto en una cajetilla estirada de cigarrillos Hilton, conservando para sí el original, mientras que las copias –que imprudentemente tituló “Víctor Jara”– se las dio a un estudiante universitario y a un médico quienes serían liberados en las horas venideras. Al ser revisado el estudiante a la salida del estadio, los militares detectaron el escrito. Lo conminaron mediante torturas a señalar su procedencia. Así llegaron a Navia, quien había ocultado el poema en la suela de sus zapatos.

Lo llevaron al velódromo del Estadio donde lo torturaron, le quitaron el original y le preguntaron si había más copias. “Al estudiante lo pude ver colgado con alambres” señala Navia, quien agrega: “Me propuse aguantar las flagelaciones y no decir que había otra copia que era la que tenía el médico que salió del Estadio Nacional” contó el exprisionero.

Una historia inconclusa

En 1974 el periodista chileno Camilo Taufic escribió y editó en el exilio el libro Chile en la hoguera. Poco tiempo después un ejemplar de este llegó a las manos de Navia. “La persona que me lo pasó me dijo: ‘Las torturas que te infringieron valieron la pena porque aquí está el último canto de Víctor Jara”. Este sería titulado Estadio Chile.

“Me encontré con Camilo Taufic hace unos tres años, poco antes que muriera, y le dije: ‘Quiero saber, ¿cómo llegó este poema a tus manos?’, me dijo que estando en una radio en Argentina alguien se lo pasó y le dijo: ‘Esto llegó desde Chile, es un poema escrito por Víctor Jara’.”

–¿Venía en una cajetilla de cigarrillos? –siguió Navia.

–No. Ya venía a máquina –contestó Taufic.

–¿Y te lo entregó un médico?

–No, fueron muchachos que pertenecían a un Grupo Montonero.

Nunca supo quién fue el médico que salvó los versos de Víctor Jara. Por ello, “esta es una historia inconclusa”, define Navia.

Según cuenta el periodista Claudio Vergara en nota “El último manuscrito de Víctor Jara”, publicado por el diario La Tercera el 15 de septiembre de 2013, a fines de 1973 el poema llegó a manos de Joan Jara, quien se encargó de difundirlo.

Navia remata diciendo que “el fascismo pretendió silenciar la voz de Víctor pero hay cantores y poetas que mueren para vivir: su voz quedará para siempre en el corazón de Chile y de los pueblos del mundo”.