En febrero de 1987 un grafiti apareció sobre el letrero de la Facultad de Filosofía y Letras: “Hay José, cómo me acuerdo de ti en estas revueltas”. Era la primera vez, desde 1968, que los estudiantes cerraban la Universidad Nacional y todo tenía el ánimo de “lo histórico”. Formado un 31 de octubre de 1986, el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) era una mezcla de viejos activistas universitarios, brigadistas voluntarios del terremoto de la Ciudad de México de 1985, y alumnos cuya única participación posible era escribir aforismos en los muros de las facultades: “No hay movimiento sin cocina”, “El boteo es un éxito. El Camo ya fuma con filtro”, o “En esta Universidad cuando no te auscultan, te insaculan”. Un diálogo en un baño que se ostenta como “mixto”: “Cuando una discusión dura más de media hora, se convierte en Ontología”. “La Ontología, ¿no es un On-toy?”
Es una huelga estudiantil –con el apoyo del sindicato de trabajadores y algunos profesores– cuyos escasos 21 días (del 28 de enero al 17 de febrero de 1987) dan cuenta de las disposiciones de la memoria, la reflexión, y hasta del olvido. A la luz del actual movimiento de la CNTE, lo primero es la aceleración con la que comenzó y se extinguió: un plan del rector Jorge Carpizo que se aprueba en una sesión del Consejo Universitario entre el 11 y el 12 de septiembre; cinco marchas multitudinarias de estudiantes que se sienten fuera de la Universidad si se aprueban las reformas; cinco días de un diálogo entre autoridades y representantes del CEU en las que dos preparatorianas demuestran saber de historia, civismo, y matemáticas, más que sus contrapartes funcionarias; un Zócalo; una huelga de 21 días; y la promesa de un Congreso Universitario que discuta, desde el principio, y con todos, qué reformas necesita la Universidad. El movimiento, el ceuísmo, está vinculado a la historia de la rebelión estudiantil –algunos de sus asesores fueron sesentayocheros y, a veces, eran sus padres– y a un sentido de comunidad que se formó casi de la nada –los grupúsculos de siete disidentes puros– en cuatro meses. Las comparaciones con el 68 lo hacen su doble en más de un sentido: en 1968 el rector no era el enemigo sino el aliado; en 1986 te podías manifestar sin tanques persiguiéndote; el nacionalismo contra Díaz Ordaz fue el ser universitario (ahí está el primer “Otro Grito” del 15 de septiembre con Heberto Castillo) para democratizar el país, mientras que las interminables discusiones del CEU eran sobre la Universidad, lugar donde debía comenzar, no la democratización o la revolución del país, sino cierto equilibrio en el mar de las desigualdades. En 68 los estudiantes se defendían de la policía. En 86, de la posibilidad de no poder seguir siendo universitarios. Podría decirse que el 68 fue una rebelión política por derechos democráticos y el 86, una económica por derechos universitarios.
Pero fue más que un movimiento reactivo a medidas restrictivas. En el conflicto de menos de medio año, el CEU es una generación que aprende a sentirse la mejor parte de la Universidad Nacional, cuando sus autoridades distinguían a los institutos de investigación científica y buscaban segregar a la parte “masificada”. Es una generación que, al verse como unos 300 mil alumnos inscritos, no se mira como parte de un monstruo sino con el orgullo de ser la más grande de América Latina, por todo el país y en Estados Unidos, dueña de dos barcos –alguien propone que al Justo Sierra que navega en el Pacífico se le rebautice como Che Guevara–, y capaz de llenar el Zócalo de la Ciudad de México. Porque lo que exhibe el movimiento de 1986-87 es una forma estudiantil contemporánea de ser parte de la UNAM, que es producto del universitarismo como el único nacionalismo que nos dejaron: sin ella, muchos no hubiéramos estudiado, no tendríamos a qué pertenecer, de qué estar orgullosos. El título de licenciatura se devaluaba desde antes de 1987 frente a nuestros ojos, pero no la experiencia universitaria que se saturó con los “diálogos públicos” y la huelga. El cierre de la UNAM hace 30 años es la posibilidad de recorrerla a pie –se aprende que Ciencias está más cerca de Medicina de lo que aparece en el mapa. Cientos se trasladan a asambleas en Prepa 4, ENEP Acatlán y FES Cuautitlán, cuyas instalaciones tienen establos con vacas–, de vigilarla y procurarla: en 21 días no hubo un solo robo en instalaciones que contienen tecnología de punta. Con la huelga, la Universidad se protegía de sus autoridades que querían hacerla más chica, rentable, gobernable. La idea estudiantil del CEU es contraria a la rentabilidad: la UNAM es un lugar donde intercambiar ideas, libros, y estados de ánimo entre medio millón de personas, no con los 30 de tu salón. La experiencia habitual del estudiante de la mal llamada “universidad de masas” –¿300 mil en un país de 80 millones califica como una masa?– era un ir y venir de su casa al salón. Con el CEU la experiencia se satura: para ser universitario es requisito haberla recorrido, sentido, caminado. Y más: saber qué es la currícula oculta, cómo se elige la Junta de Gobierno, y leer a Darcy Ribeiro. La de 1987 es una UNAM que ya no discute el marxismo, sino la posmodernidad. Eso es lo contemporáneo del CEU: las dos revistas que circulan durante el movimiento llaman a la legalización de la drogas y a leer a Bukowski como si fuera Jacques Derridá: La Guillotina de CCH-Naucalpan y Moho, de Ingeniería.
Con el Goya como himno y el debate sobre qué ha sido la Universidad –en el sesenta aniversario de la autonomía, el CEU es el único que se acuerda y lo celebra con el líder del movimiento de 1929, Alejandro Gómez Arias, quien devela una placa que bautiza el Aula Magna de Filosofía y Letras como “José Revueltas” (ay, cómo nos acordamos de ti que hasta gastamos en una placa de acrílico)– el CEU fabrica una comunidad universitaria que no existía. La idea de la Universidad se modifica en los diálogos públicos, las marchas al Zócalo, la huelga y la aceptación de ganar. Los estudiantes son hábiles en los argumentos contra la burocracia; los funcionarios no son sólo “la Universidad de saco y corbata” –como dice un cartel de la época–, sino que son capaces de financiar a los porros antihuelga que amagan con retomar las instalaciones; que la autoridad sólo dialoga cuando se le obliga con 100 mil estudiantes en las calles, recibiendo apoyos de todos los que se acuerdan del silencio después de 1968. El 10 de febrero, fuera de la UNAM, se reúne el Consejo Universitario y aprueba el Congreso y el fin de “plan Carpizo”, que es fin, también, de la huelga del CEU. Lo esencial ya había sucedido: estaba ahí, en los muros y los letreros de la UNAM. Luego, los trabajadores le pondrían una capa más de pintura encima.








