Vigésimo segundo en el medallero de Londres 2012, el anfitrión lleva cuatro años preparándose para estar en los primeros 10 lugares. Ha invertido 300 millones de dólares en la financiación de atletas de alto rendimiento y en la construcción de instalaciones para deportes que no suelen ser populares en un país embelesado por el futbol, disciplina en la que, por cierto, nunca ha ganado el oro. De hecho, ésta es su primera gran asignatura pendiente.
Río de Janeiro.- Como todos los países que organizan unos Juegos Olímpicos, el reto de Brasil no es únicamente organizativo. El gigante sudamericano también se ha marcado un ambicioso objetivo deportivo para Río 2016.
Situado en el puesto 22 del medallero en Londres 2012, con apenas tres oros, cinco platas y nueve bronces, el país quiere entrar en el top ten de las potencias olímpicas. Una gesta a la altura de España en Barcelona 1992 –cuando ese país logró, por ejemplo, su primer oro en atletismo, con una final memorable de Fermín Cacho en mil 500 metros– o China en los Juegos de Pekín 2008, cuando el país anfitrión logró nada menos que superar a Estados Unidos en lo más alto del medallero.
Consciente de que para mejorar su desempeño es necesario profesionalizar deportes que, en Brasil, son minoritarios, el país no ha ahorrado en esfuerzos y ha trabajado a largo plazo.
Apenas 30 días después de terminar Londres 2012, la presidenta Dilma Rousseff –ahora suspendida del poder por un juicio político– puso en marcha el Plan Brasil Medallas: un cronograma de inversiones de mil millones de reales (unos 300 millones de dólares) que, con la ayuda de patrocinios de empresas estatales como la energética Petrobras, contribuye a financiar a atletas de élite y a construir instalaciones de entrenamiento de alto rendimiento para deportes que suelen quedar fuera del foco en un país embelesado con el futbol.
Se identificaron las 21 modalidades olímpicas (atletismo, gimnasia artística y tiro deportivo, por ejemplo) y las 15 paralímpicas con mayor potencial para que los atletas brasileños escalaran en los podios. Y se concentraron los esfuerzos en los deportistas con mayor capacidad de evolución, a quienes se recompensa con la llamada Bolsa Podio, una generosa beca mensual de entre cinco mil y 15 mil reales (entre mil 500 y cuatro mil 500 dólares) que reciben 242 atletas privilegiados.
“Cuanto más crecemos, más necesitamos inversiones. El sueño que albergamos es alto, y para eso el Bolsa Podio es primordial. Es mi principal fuente de renta”, explica Joice Silva, medalla de oro en lucha olímpica en los Juegos Panamericanos de Toronto en 2015. “En mi deporte vemos pocas inversiones de empresas para patrocinar luchadores. La beca fue fundamental”, agrega esta deportista de 30 años que participa en sus primeros Olímpicos.
Otra de esas beneficiarias –y una de las novatas brasileñas olímpicas con mayor potencial– es Fabiana Murer, a quien el debut en unos Juegos le llega en plena madurez. A sus 35 años, esta saltadora de garrocha, plata en los Panamericanos de 2015, logró la mejor marca mundial del año este mes, con 4.87 metros. Si se confirma la ausencia de Yelena Isinbáyeva debido a la sanción impuesta al atletismo ruso por la trama de dopaje estatal, la paulista tendrá grandes opciones de colgarse un metal en Río de Janeiro.
El judo suele aportar metales al medallero brasileño. Una judoca que despunta y no lo ha tenido fácil es Sarah Menezes, quien ya se colgó el oro en Londres 2012, pero tuvo primero que combatir el prejuicio en su familia, cuando a los nueve años quiso dedicarse al judo en su oriundo estado de Piauí, uno de los más pobres de Brasil.
“Al principio mi madre no me apoyaba con el judo. Porque siempre fue un deporte muy masculino y no había ninguna tradición en mi ciudad. Pero conseguí convencerla”, recordaba en una entrevista publicada en mayo. Tras convertirse en la primera brasileña en subir a lo más alto del podio olímpico en esta disciplina, ahora esta joven de 26 años –atleta militar, como buena parte del equipo brasileño– apunta a otra proeza: revalidar el oro. “Mi lema es: ‘Yo quiero, yo puedo, yo consigo’”.
Quizá la disciplina que mayores expectativas genera entre los brasileños es la gimnasia. Por primera vez el país sudamericano logra presentar a dos equipos completos en la mayor justa deportiva del mundo, en la que estadunidenses, chinas y rusas suelen dominar las rutinas. En esa disciplina, la estrella brasileña tiene nombre y apellido: Arthur Zanetti.
Este menudo paulista de portentosos bíceps, voz aguda y gran capacidad de concentración aspira a revalidar el oro obtenido en Londres 2012 en los aros, aunque para ello deberá superar a su gran rival, el chino Liu Yang, quien le arrebató el más alto cajón del podio en el Mundial de 2014.
La gran ausencia brasileña será el mejor nadador de su historia, César Cielo, medalla de oro en los 50 metros libres en Pekín 2008 y hasta hace poco considerado un héroe local. En abril, el nadador –campeón en los mundiales de Shanghái 2011 y Barcelona 2013– finalizó inesperadamente en tercer lugar en un torneo local en Río de Janeiro y quedó fuera de la cita olímpica, confirmando los peores augurios de una temporada irregular en 2015. Su lugar será ocupado por Bruno Fratus, cuarto en Londres 2016.
La disciplina militar
como trampolín
Una de las estrategias que Brasil ha seguido para mejorar el rendimiento de sus atletas olímpicos es fomentar el atletismo militar. Similar al programa que tienen países como Rusia, China, Alemania o México, las Fuerzas Armadas brasileñas incentivan a los atletas con instalaciones de élite para entrenar en tres centros en Río de Janeiro, seguro médico y salarios jugosos.
“De esta forma tienen estabilidad para dedicarse a su vida deportiva, y reciben todo el respaldo necesario en materia de medicina, nutrición, fisioterapia y centros de entrenamiento”, explica a Proceso el vicealmirante Paulo Martino Zuccaro, director del Departamento de Deporte Militar en el Ministerio de Defensa.
Un apoyo que, sin embargo, no está exento de contrapartidas. “Son periódicamente estudiados durante esos años de entrenamiento para evaluar si siguen en los programas o no”, advierte Zuccaro, quien revela que “la mayoría de los atletas son incorporados a las Fuerzas Armadas con el rango de tercer sargento y cobran un salario de unos 3 mil 200 reales (el equivalente a mil dólares)”.
En Londres el equipo brasileño llevó a 51 atletas militares que ganaron cinco de las 15 medallas que obtuvo el país. En Río competirán 147 atletas militares de un total de 465 miembros que componen la delegación. “Es un éxito. Ahora queremos 10 medallas conquistadas por los militares en nuestros Juegos”, dice el vicealmirante, que pone al coronel de la Fuerza Aérea Julio Almeida –oro en tiro deportivo en los Panamericanos de 2015– como una de las grandes esperanzas para lograr en Río el metal más preciado.
Zuccaro asegura que el “deporte invita al combate”. “Los valores típicos del ambiente militar siempre se presentan en nuestros centros de disputa deportiva: coraje, lealtad, espíritu de equipo, disciplina, respeto a las reglas… Todo influye muy positivamente en el atleta. Cuando entran en las Fuerzas Armadas hay también un trabajo de mejora moral”, dice, y evoca el pasado militar de Pelé, el astro brasileño del futbol. “Fue soldado. En más de una ocasión Pelé ya dijo que mucho de lo que consiguió como atleta y ciudadano se debió a su paso por el ejército”.
La simbiosis entre deporte y disciplina militar también tiene una vertiente social, en un país con enormes diferencias y donde los jóvenes de familias desfavorecidas corren el riesgo de entrar en el turbulento mundo del narcotráfico o las adicciones.
El Programa Fuerzas en el Deporte (Profesp) –fundado en 2003– permite que 21 mil niños “vulnerables” reciban entrenamiento deportivo a la salida de la escuela. “Cuando acaban el colegio van a los cuarteles y allí se entrenan”, explica el vicealmirante, quien asegura que el proyecto tiene un doble eje: “El alto rendimiento deportivo y la inclusión social. Ojalá tengamos pronto atletas olímpicos oriundos del Profesp”.
Superar el trauma en futbol
Con todo, el reto está en el deporte en que Brasil es el rey: el futbol. Pentacampeón del mundo y factoría de jugadores que han dejado grabado su nombre en la historia, Brasil jamás logró colgarse el oro olímpico al cuello, pese a que tanto la selección masculina como la femenina han disputado varias finales olímpicas. El último descalabro se produjo en Londres 2012, en un partido histórico en el que México le arrebató el oro con un Oribe Peralta estelar que repetirá con el Tricolor en Río 2016.
El gran baluarte de Brasil para lograr por fin la gesta en el Maracaná será Neymar Junior, quien desistió de la Copa América Centenario de este verano para estar al máximo de fuerzas durante los Olímpicos.
No lo tendrá fácil. Y no sólo porque el futbol brasileño anda de capa caída desde la humillación sufrida contra Alemania en la semifinal de su Mundial, cuando perdió por 7 a 1, sino porque la Federación Brasileña de Futbol pasa por uno de los momentos más turbulentos de los últimos años en el plano deportivo y de credibilidad.
Su actual presidente, Marco Polo del Nero, se encuentra acorralado por su implicación en escándalos de corrupción que ya provocaron que su predecesor, José María Marín, fuera encarcelado en Suiza y deportado a Estados Unidos para ser juzgado. Por si fuera poco, Dunga fue destituido de sus funciones como entrenador de la selección absoluta y de la olímpica en junio, tras el fracaso de la canarinha en la Copa América.








