Pintura joven mexicana

El reto de los pintores hiperrealistas que desean ser identificados como artistas, consiste en rebasar la simplista atracción retinal de la técnica desarrollando narrativas interesantes no sólo para la mirada, sino también para el pensamiento. Limitados en el escenario mexicano a representaciones banales como poses forzadamente cotidianas de una mujer común –Víctor Rodríguez–, latas sin etiquetas en las que se exagera el brillo del metal –Hugo Laurencena–, y distintos tipos de superficies metálicas –Javier Pélaez–, los hiperrealismos mexicanos, a pesar de su éxito comercial, no han logrado trascender la maestría tecnicista.

En este contexto, la propuesta de Rigel Herrera destaca por su temática, narrativa y exploración pictórica. Nacida en la pasada década de los años setenta, la artista ha vinculado la seducción visual de la técnica con la manipulación y alteración de estereotipos eróticos, principalmente provenientes del imaginario masculino. Interesada en la transfiguración de la vulgaridad de imágenes pornográficas del cuerpo femenino de circulación en la web, Herrera se dio a conocer en los primeros años del siglo XXI por atrevidas representaciones que embellecían, por la suavidad de su pictoricidad, la obscenidad realista de poses y posturas.

Después de un largo periodo en el que sustituyó la sugerente agresividad de sus primeras narrativas con frívolas recreaciones de imágenes provenientes del mundo de la moda, Rigel Herrera recupera el potencial de sus primeros hiperrealismos profundizando en las ilusiones del erotismo femenino. Con una propuesta sustentada en dos ejes que se expanden entre un concepto de pintura que la define como reflejo de la ilusión del que mira, y un erotismo femenino centrado en el placer del tacto y la piel, la pintora presenta, en la Galería Traeger & Pinto de la Ciudad de México, un conjunto de obras de gran formato y reciente creación en las que el tema parece ser el ropaje, el entorno y el lujo.

Exuberantes en los drapeados, encajes, pieles, peluches y sedas, las pinturas se apropian del significado simbólico que ha tenido la vestimenta en la historia del arte occidental: la sexualidad del cuerpo transparentado, la referencia divina de los ropajes drapeados y el lujo cromático de la aristocracia. Oscilantes entre el kitsch, la elegancia y el descaro, las obras de la exposición El Jardín de las delicias plantean una discreta e indirecta reflexión sobre el significado del cuerpo y la piel de la mujer en las ilusiones eróticas, tanto de hombres como de mujeres.

Exageradamente ausente de los espacios de exposición de la Ciudad de México, la pintura se hizo presente la semana pasada no sólo con la muestra mencionada sino, también, con la publicación de los seleccionados en la XVII Bienal de Pintura Rufino Tamayo. Constituido por los pintores Dulce María de Alvarado, Saúl Villa y Eric Pérez, el jurado rechazó a 616 participantes de un total de 667. Si bien los premiados se conocerán hasta noviembre, los 51 elegidos se enumeran en https://bienaltamayo.org/seleccion