Cómo se gestó la entrevista Scherer-Allende

En noviembre de 1970, Julio Scherer García, entonces director de Excélsior, se entrevistó en Santiago de Chile con Salvador Allende, recién elegido presidente del país andino. El periodista tuvo acceso al mandatario, que sería sacrificado tres años después, merced a los buenos oficios de Horacio Flores-Sánchez, agregado cultural de la embajada de México, quien en este texto recuerda los pormenores y circunstancias de aquel encuentro. La entrevista Scherer-Allende fue reproducida en el libro del propio fundador de Proceso, Allende en llamas. En un ejemplar que muestra Flores-Sánchez se puede leer la dedicatoria: “Para Horacio, generoso sin desmayo, capítulo central en mi vida chilena. Mi gratitud estará siempre contigo. Julio. Nov. 2008”.

Nadie me lo ha pedido, pero me ha parecido interesante dar a conocer cómo se llevó a cabo la primera entrevista que realizó Julio Scherer con Salvador Allende en Chile.

Esto ocurrió en el lejano, ahora histórico, 1970.

Julio Scherer, amigo mío de algún tiempo, llegó a Chile cuando yo llevaba algunos años viviendo en ese país.

Era yo agregado cultural de la embajada de México en Santiago y, como tal, había yo hecho amistad con una diversidad de personajes de toda índole: poetas, músicos, pintores e intelectuales de todas las tendencias, además de personas de especial importancia, entre ellos Salvador Allende, a quien y con cuya esposa Hortensia (Tencha) trataba con frecuencia. Ellos venían a casa a comer y yo iba a la de ellos.

Julio Scherer llegó a Santiago unos días después de haber sido electo Allende (con frecuencia es necesario subrayar “electo”) presidente de Chile.

Las condiciones sociales y políticas del país eran las más complicadas. La sociedad chilena se encontraba intensamente dividida. Nuestros amigos, unos abiertos, otros ocultamente, formaban parte de grupos rivales.

Esto era particularmente sensible en las clases medias y altas y, entre ellas, muchos de nuestros amigos cercanos.

Cuando Julio llegó se encontró naturalmente con un ambiente confuso. Su propósito era entrevistar al recién electo presidente y le costaba trabajo hallar pistas para localizarlo.

Él ignoraba que yo me hallaba en Chile y llegó al país sin que yo me enterara.

Nos encontramos casualmente. Después de saludos afectuosos me comunicó su propósito de entrevistar a Salvador Allende y sus frustrados intentos para localizarlo. Le comenté entonces que, un día después de haber sido electo, lo visité en su casa para felicitarlo, lo abracé tan efusivamente que el doctor Alfredo Jadresic, eminente médico y universitario amigo íntimo en común, que llegó al mismo tiempo, exclamó: “Si sigues estrechándolo así, nos vas a dejar sin presidente”.

Allende me dijo: “Tienes que ofrecerme una comida mexicana”.

Algunos días después organicé la comida con un reducido número de amigos.

Entonces le dije a Julio. “En principio, Allende vendrá a una comida en mi casa (previniendo la emergencia de circunstancias imprevistas. Las medidas de seguridad eran previsibles).

Con anterioridad, cuando Julio y yo intercambiamos opiniones sobre la proyectada entrevista, él me había mostrado uno o dos borradores tipos de cuestionarios. Le señalé que Allende seguramente no aceptaría cuestionarios prefijados, ya que a él le gustaba hablar espontáneamente. Por fortuna, Allende llegó acompañado por Tencha.

Tan pronto se abrió la puerta, y antes de hacerlo pasar para reunirse con el resto de los amigos, presenté a Julio con Salvador Allende: “Te presento a Julio Scherer, el director del diario más importante de México y quien ha venido a Chile con el propósito de hacerte una entrevista.

“Yo le he prometido que haría todo para que fuera posible. De modo que yo te rogaría que accedas.”

“Si me lo pides, accedo”, contestó.

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Debo advertir que él día de la recepción de la toma de posesión, por indisposición del entonces embajador, yo debí acompañar a Agustín Yáñez, quien iba en representación del presidente de México. Yáñez se impresionó mucho de la efusividad con que me saludó Allende, como le escribió a su entonces secretario Raúl Cardiel.

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Tras presentar a Julio con Allende los hice pasar a uno de los cuartos superiores y pedí a un amigo ayudante que les sirviera el mejor whisky. (Hago especial mención de esto porque Allende gustaba del whisky y en esa época en Chile le era malintencionadamente criticado.)

Después de poco más de una hora, subí y le dije a Julio que, lamentablemente, la cena estaba ya servida. Me apenaba interrumpir la entrevista, pero me pareció que el tiempo era suficiente y era descortés retener por más tiempo al presidente.

La interrupción no desagradó, afortunadamente, a Julio.

La comida (en realidad cena) fue cordialísima. Allende compartió con todos con la mayor confianza del mundo. Después de todo, todos éramos amigos cercanos.

Debo señalar un pequeño detalle. Cuando dirigí unas palabras con motivo de la ocasión, dije a Allende: “Salvador, solamente quiero recordar que en Chile hay también indios. Su situación no es tan lastimosa como en otros de nuestros países. Ellos deben volver a sonreír. Para que lo recuerdes, quiero darte un obsequio: una pequeña escultura en barro de una carita sonriente del estado de Veracruz, México”.

De repente saltó Julio de su silla y me dio un afectuosísimo abrazo.

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El día siguiente de la entrevista, Julio habló conmigo. Con absoluto sentido ético, con la responsabilidad que como serio periodista lo caracterizaba, me pidió que viera yo la posibilidad de que Allende leyera la entrevista y la aprobara.

Francamente yo me sentía muy incómodo. Porque no sólo eran días muy ocupados sino conflictivos para Allende.

Sin embargo, me atreví a ir al sitio donde se reunía con su gabinete y, desde la puerta, le hice una seña. Él, sorprendentemente, respondió a ella. Se levantó, vino a la puerta y le comenté lo que Scherer solicitaba. Aún más sorprendentemente, interrumpió la junta, fue a la pequeña sala donde esperaba Julio, leyó con todo cuidado la entrevista. Hizo algunas pequeñas observaciones y al final mostró su satisfacción.

La entrevista se publicó a toda plana en Excélsior el 3 de noviembre de 1970: “La revolución bulle en Iberoamérica”.

No es necesario recordar que la entrevista tuvo la más impresionante y extensa repercusión en México y sus consecuencias fueron perdurables. Julio me mandó a Chile un ejemplar del periódico y con él una afectuosa carta, acompañada de otra carta para que la entregara yo a Salvador Allende, que a su vez me transcribe.

Cuando la entrevista ocurrió, quedamos en que no mencionaría dónde había tenido lugar. Años después, además de alguna cariñosa dedicatoria en alguno de sus libros, hace mención del sitio donde ocurrió en Allende en llamas, publicado por Almadía.