La cacería de brujas lanzada por el presidente Recep Tayyip Erdogan –principalmente contra quienes son, o sospecha que son, simpatizantes del clérigo islamista Fetulá Gülen– busca remover cualquier palmo de tierra fértil en donde pudiera alojarse la semilla ideológica de su enemigo.
Es, sin embargo, una ofensiva desmedida.
Las células gulenistas han estado distribuidas aquí y allá: en la administración civil, el sistema judicial, la policía, la iniciativa privada, los medios de comunicación y en una red mundial de escuelas y universidades. Erdogan las conoce perfectamente porque fue precisamente el aparato construido por el líder religioso el que le sirvió no sólo para llegar al poder, sino para enfrentar y someter al que solía ser el elemento definitivo de supremacía y decisión dentro del régimen turco: el Ejército.
Gracias a las estructuras semiclandestinas gulenistas, Erdogan pudo imponerse ante lo que se llamaba el “Estado profundo”: los generales y coroneles acostumbrados a encarrilar a los políticos civiles con base en golpes de Estado y pronunciamientos militares. Por eso las denomina con un nombre similar: el “Estado paralelo”.
El fallido golpe de Estado del viernes 15 es el pretexto utilizado por Erdogan para expulsar hasta el último gulenista embozado. Si 45 mil personas y sus familias hubieran participado en la maniobra, en lugar de los 2 mil soldados que se estima que se involucraron, el resultado probablemente hubiese sido otro. Es un razonamiento que no preocupa al político: según él, la de Fetulá Gülen es la mente que planeó la asonada. Y todos sus seguidores, por tanto, son igualmente culpables.
El político exige que Estados Unidos demuestre que es un verdadero amigo de Turquía y extradite al religioso, quien vive en su Centro de Veneración y Retiro Generación Dorada, en el pequeño pueblo de Saylorsburg, en Pensilvania.
El miércoles 20, en tono amenazador, Erdogan advirtió que si no le entrega al clérigo, Washington cometerá “un grave error”, y advirtió a los europeos que no se metan porque “no tienen derecho” a cuestionar sus decisiones. Para él y los suyos, Gülen es el líder de un culto clandestino terrorista que trata de derrocar al gobierno turco y apoderarse de su país.
A ojos de los gulenistas, el clérigo es un benefactor y pensador musulmán que le da prioridad a la educación, el entendimiento entre religiones y culturas, y trabaja para combatir la radicalización del Islam.
El sábado 16, cuando era claro que las fuerzas leales terminaban de someter a los rebeldes, Gülen condenó el “horrible golpe”, aunque declaró que “existe una pequeña posibilidad de que se trate de un golpe fabricado”, un montaje para darle a Erdogan pretextos para reprimir a sus opositores.
Ante la solicitud formal de extradición, presentada por la embajada turca en Estados Unidos el martes 19, el hombre de 75 años denunció una “vendetta política”, pues es “ridículo, irresponsable y falso sugerir que tuve algo que ver”.
Santa alianza
Hasta 2013 Gülen y Erdogan fueron estrechos aliados. La tragedia los unió: cuando un golpe militar en 1997 mandó a Erdogan a la cárcel, después de ser alcalde de Estambul, Gülen fue acosado y tuvo que exiliarse en Estados Unidos en 1999. El religioso le dio al político el invaluable apoyo de su Hizmet Cemaat (comunidad de servicio), la red que empezó a formar a principios de los sesenta bajo una filosofía que mezcla una forma moderada del Islam con la promoción de la democracia y una visión empresarial.
La Cemaat ha sido descrita por el periodista turco Ahmet Sik como la versión musulmana del Opus Dei, aunque en España se objeta que, a diferencia de su contraparte católica, el gulenismo tiene un compromiso manifiesto con la educación y la ciencia.
La estructura de su poder e influencia es su red de escuelas, centros culturales y universidades en más de 100 países, que abundan donde existen poblaciones musulmanas o turcófonas, pero también están presentes en naciones donde casi no las hay.
Por ejemplo, en el Estado de México, el Colegio Raindrop (que fue fundado en 2005 y en 2008 recibió la visita de un ministro de Exteriores de Turquía identificado con el gulenismo, Alí Babacan) tiene un plantel preescolar en Atizapán de Zaragoza, y otro de primaria, secundaria y preparatoria en Tlalnepantla. Además, está en Naucalpan el Centro de Intercambio Cultural y Educativo México-Turquía.
A juzgar por la página web y por la revista que publica el Colegio Raindrop, esa institución se limita a promover la lengua y la cultura turcas, sin tintes religiosos ni políticos.
En Turquía es muy diferente: los egresados y asociados a la red de escuelas penetraron la burocracia y crearon exitosas empresas, acostumbrados siempre a mantener vínculos tan fuertes como ocultos que los protegieran del régimen represivo que tutelaban los militares.
Gülen activó esa enorme estructura para promover sucesivas victorias electorales de Erdogan, a partir de 2002, y después, en 2007, para defenderlo de las presiones del Ejército.
Dos procesos judiciales masivos, llamados Ergenekon y Sledgehammer, llevaron a la cárcel a cientos de altos oficiales bajo acusaciones de planear golpes de Estado y actos de terrorismo. A final de cuentas, se comprobó que muchas de las evidencias eran falsas, los cargos no pudieron ser demostrados y los implicados salieron de prisión, pero fue suficiente para sacarlos del Ejército y reemplazarlos con militares afines.
Los operadores de estas maniobras fueron jueces y fiscales gulenistas, que sirvieron bien a Erdogan pero después comenzaron a convertirse en una de sus preocupaciones. Al mismo tiempo en que el político obtenía victorias electorales mayores, se deslizaba hacia el autoritarismo y revelaba sus crecientes ambiciones de poder, su aliado religioso se convertía en un obstáculo.
Un sultán precavido
En el otoño de 2013, el gobierno ordenó el cierre de una parte de las escuelas gulenistas. En diciembre de ese año, mientras el presidente mexicano Enrique Peña Nieto y su esposa Angélica Rivera estaban de visita en ese país, la policía arrestó por sorpresa a 52 personas, incluidos los hijos de tres importantes ministros y el director del banco nacional. A dos de los detenidos les encontró millones de dólares escondidos en cajas de zapatos. El gobierno los acusó de formar parte de una red de corrupción que también involucraba a un hijo de Erdogan, Bilal.
La respuesta fue inmediata: destitución relámpago de 29 comandantes, y, en menos de una semana, el número de despedidos llegó a 550. En enero, miles de alumnos que regresaban de vacaciones encontraron más escuelas gulenistas cerradas.
En aquel momento se pensó que Erdogan enfrentaba a un enemigo demasiado peligroso. Dos años y medio después, se ha demostrado que el presidente no tiene límites a la hora de las peleas callejeras: antes de los encarcelamientos y despidos masivos de este mes, ya había despedido o encarcelado a miles más, incluidos periodistas, y cerró o se apoderó de medios de comunicación. Al estilo de los sultanes otomanos, no hay cabeza a salvo de su cimitarra.
La suya es una guerra para la que, de acuerdo con un documento dado a conocer por el diario Taraf en noviembre de 2013, Erdogan se preparó desde los días en que él y Gülen parecían apoyarse y respetarse. En agosto de 2004 firmó, junto con el entonces presidente Ahmet Necdet, el acta de una reunión del Consejo de Seguridad Nacional cuyo título es elocuente: “Medidas que deben tomarse contra las operaciones de Fetulá Gülen”.








