“Julieta”

A punto de dejar Madrid para siempre, Julieta (Emma Suárez) decide quedarse cuando se topa con una amiga de infancia de su hija Antía, quien desapareció misteriosamente muchos años atrás; con la esperanza de volver a verla, Julieta rompe con su amante y comienza a redactar una larga carta donde revela sus secretos confesando sus motivos, todo lo que no compartió con esa hija extraviada.

El pasado se abre, Julieta joven (Adriana Ugarte) viaja en tren, ahí conoce al padre de Antía. Y simultáneamente ocurre una desgracia.

En Julieta (España, 2016), Pedro Almodóvar abdica de muchos de los resortes narrativos que han hecho su imagen de marca, escenas de emoción desbordada, bromas posmodernas y citas constantes de clásicos americanos. En vez de composiciones complicadas y ángulos bizarros que buscaban desarticular el melodrama, Almodóvar elige ahora planos y contraplanos fijos con el rostro de su protagonista y de sus interlocutores; escudriña las emociones bajo el maquillaje, máscara y signo de ocultamiento, e impone una forma de empatía con esta mujer que persigue liberarse de la culpa por medio de la escritura.

Almodóvar fusiona tres relatos de Alice Munro (Premio Nobel 2013): “Azar (Chance)”, “Pronto” y “Silencio”, título este último que iba a ser el de la cinta; el destino y lo fortuito, el tiempo, la culpa y el abandono, son los temas de Julieta que han dividido a la crítica, sobre todo esa que se siente defraudada por la falta de humor y la osadía del director manchego de aspirar a la tragedia con una película aparentemente tan plana. Pero, bien mirado, esta ambición es clave en el cine del director de Mujeres al borde de un ataque de nervios; entre chacota, farsas y desdichas, sus personajes se ven condenados a asumir su identidad y lidiar con sus pasiones (Matador); el sexo y las fijaciones maternas son trabas y armas, simultáneamente.

Julieta, como todos los personajes femeninos del director de Tacones lejanos, está a cargo del sentimiento, descubre la fuerza para viajar al interior de sí misma, y asume su destino aunque intente escapar. Ahí está la tragedia, no como género, sino como tema. Cineasta de la mujer, Almodóvar es afecto a mantener una musa en el altar y luego sustituirla cuando ya se nota muy impregnada de sus personajes (chicas Almodóvar como Carmen Maura, Victoria Abril, serían el ejemplo).

Pero quien disfrute de las historias de Alice Munro caerá en cuenta que ahora esta escritora se ha convertido en la verdadera musa; es que por estupendas que sean las actuaciones de las españolas Emma Suárez y Adriana Ugarte, Almodóvar no las convierte en íconos, cosa que desconcierta a sus admiradores, sino en meras máscaras. Lo que destila Julieta es la visión trágica de Munro, el sexo, la muerte, la experiencia de la soledad, la culpa como camino irremediable a la conciencia, el cielo, las constelaciones y sus mitos.

Julieta es maestra de clásicos; el universo en el detalle. ¿Brinco artístico de Almodóvar o un simple salto al vacío?