“La voix humaine” de Maria Katzarava

La voix humaine (La voz humana), obra de teatro escrita por Jean Cocteau en 1930, fue transformada en ópera por el compositor Francis Poulenc en complicidad con el escritor, y ya así se estrenó en L’Opera Comique de París el 6 de febrero de 1959. Diez y nueve años después, en 1978, llegó a nuestro Bellas Artes de la mano de quien encabezara la crítica operística y musical en estas páginas, José Antonio Alcaraz, y a su vez dirigiera en escena a la soprano Patricia Mena Di Stefano, mientras que la Orquesta de la Ópera estuvo conducida por Luis Berber.

Un año después, con un elenco diferente, se hizo allí mismo un par de presentaciones más, y desde entonces no se había vuelto a escuchar La voz humana. Es decir, hubieron de pasar 36 años para poder escuchar esta ópera que, sorprendente en su momento por la temática planteada y la forma de su desarrollo, puede perfectamente situarse en el hoy y mostrarnos que su narración nos habla de algo que quizás conozcamos de alguna manera o sepamos le haya acontecido a alguien. Este resurgimiento se dio, en una única función, la noche del pasado lunes 4 cuando María Katzarava, acompañada al piano por Abdiel Vázquez, otorgó nueva vida a obra.

Como sagaz dramaturgo, Cocteau utilizó el gran adelanto tecnológico que en esos años significó el teléfono para contarnos una anécdota absolutamente inusual en ese tiempo: la conversación entre el personaje que aparece en escena, Elle (Ella), y su interlocutor, que nunca aparece y al que ni siquiera se escucha jamás. Se trata de un monólogo de aproximadamente una hora de duración, tenso todo el tiempo y que requiere indefectiblemente de una gran actriz.

Ya como ópera las exigencias protagónicas se duplican porque a la actuación corporal visual debe agregarse la actuación vocal. Esto de actuación vocal es no sólo importante sino determinante porque la voz debe de actuar.

Desde el punto de vista estrictamente musical la obra no es tan exigente, no tiene las sutilezas mozartianas o los recovecos malherianos, por ejemplo; a cambio, exige toda la intencionalidad en cada frase, en cada palabra que muestra los cambiantes estados de ánimo de Ella, quien sabe está realizando su última llamada.

Afortunadamente para el público que llenó la sala, María Katzarava es una cantante excepcional (la más importante soprano mexicana de por lo menos los últimos cincuenta años), con grandes dotes histriónicas, que nos dio una Ella completamente verosímil, plena de matices, bella en su dramatismo y segura en cada nota de su, ahora, embarnecida voz. Elle sin duda perdurable.

Sobrio, mesurado –lo que no quiere decir inadvertido sino al contrario, elegante y preciso–, Abdiel Vázquez dando la dimensión exacta a la música en su rol de acompañante y atmósfera.

Inteligente la dirección del italiano Paolo Gianni Cei, responsable también de la escenografía, vestuario e iluminación, quien nos presentó una recámara blanca, impersonal, fría, con un enorme ventanal a través del cual la noche deja ver la enorme, inhóspita ciudad, ¿París, México, Nueva York, Buenos Aires?

Lo único que yo quitaría de su dirección es, al final, el corte del listón, alusión innecesaria al corte de la vida que, por obvia, desmerece. Por lo demás, sin duda, una noche memorable.