El poder y la calumnia

Julio Scherer García fue director de Excélsior del 31 de agosto de 1968 al 8 de julio de 1976. De lo que vivió en aquellos años, de las injurias y calumnias de que fue víctima, de las traiciones, de las presiones brutales del poder político contra el periodismo libre, dejó algunos testimonios estremecedores. En 2003, en Tiempo de saber. Prensa y poder en México, uno de sus libros en coautoría con Carlos Monsiváis, el fundador de Proceso desnudó con su estilo impecable –en las primeras 98 páginas del volumen– los juegos perversos a los que recurrieron los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría para acabar con el que era el diario mexicano de mayor prestigio e influencia. Lo hizo a partir de sus propios recuerdos y de los testimonios documentales de Jorge Velasco, un antiguo cooperativista de Excélsior, voz clave en su texto. Presentamos a continuación la Introducción y algunos fragmentos del mismo.

La calumnia desde el poder es un crimen a mansalva. Requiere de la alevosía para mantener en la sombra a su autor; requiere también del abuso, la disputa desigual. Traiciona, además, porque finge cercanía o amistad por la víctima.

Calumnia el débil moral, al margen de su cultura o su sapiencia. Calumnia el vencido, sin energía para un enfrentamiento real. A todos puede rondar en algún momento la idea de herir mortalmente a su adversario, pero si la calumnia nace en el ámbito presidencial, el delito alcanza todo su hedor.

Hace algún tiempo inicié una amistad a fondo con Jorge Velasco. Me fue contando su vida, le fui contando de la mía. En Excélsior fuimos enemigos, al parecer irreconciliables. Fue expulsado de la cooperativa en 1965 y yo 11 años después. Habíamos peleado con todo, excepto con la maledicencia. Nos repugnaba su caldo de cultivo, el golpe por la espalda. No recuerdo de él una ofensa personal y estoy cierto de que nunca la tuve para él.

Hablamos de nuestro encarnizamiento y de las circunstancias que lo rodearon. Jorge y el grupo al que perteneció se entregaron al gobierno, en la cúspide el presidente Díaz Ordaz; Luis Echeverría, alfil de Díaz Ordaz y luego presidente, y Mario Moya Palencia, para siempre un delfín.

Hombre de orden, Jorge Velasco conservó los documentos de la época y la bitácora de aquellas jornadas. Algún día servirá todo esto, pensaba. Y así lo expresó, como al azar, en nuestras conversaciones insólitas.

Le pedí que detallara los acontecimientos. Me dijo que sí. Precisé, para escapar a cualquier equívoco, que me contara para hacer públicas sus palabras y reflexiones. Me dijo que sí. Le ofrecí lo que tenía para él, lealtad.

Trabajamos juntos y atamos cabos. El trío –Díaz Ordaz, Echeverría y Moya– minó Excélsior. No veía con buenos ojos su desempeño y jugó el juego perverso del poder en su propio tablero: fomentar el desánimo, sembrar la discordia, destruir paulatinamente.

Por aquella época circularon libros sin madre, nacidos del viento, sin registro ante la ley, sin derechos de autor, sin una editorial responsable, anónimos. Su difusión fue limitada, pero llegaron adonde debían llegar, al corazón de los conflictos envenenados: la libertad de expresión, la guerrilla, la matanza del 2 de octubre. El lenguaje brutal en que fueron concebidos y escritos acusa un ánimo de linchamiento. Pululan por ahí seres despreciables que deben ser destruidos, transmitía su lenguaje falsamente sibilino.

Los libros se llaman: El Excélsior de Scherer; Danny, el sobrino del Tío Sam. Biopsia de un cínico; El Móndrigo y Qué poca mad…era la de José Santos Valdés. Los firmantes: Efrén Aguirre, Eugenio Ibarra, El Móndrigo y Prudencio Godines Jr.

El relato de Jorge Velasco me conduce y las palabras se van haciendo a sus recuerdos. Ocurrió algo parecido a una simbiosis entre dos antiguos contendientes. No hay una idea de más ni de menos en la crónica, un invento, alguna conjetura gratuita, acaso la luz cargada o disminuida en alguna escena o algún personaje. La historia aquí reseñada es historia en la vida de Velasco.

(Habla Velasco)

Yo, de otro nivel, comprometido con Bernardo Ponce, don Bernardo, había recorrido a tiempo los laberintos del periódico. Estaba preparado. Podría medirme sin dificultad con el gerente general. Lo desdeñaba.

A don Bernardo se unieron figuras notables. Enrique Borrego, director de la Segunda Edición de Últimas Noticias, la Extra, la edición que nació con la Segunda Guerra Mundial, fue una de ellas. Gozó una época impecable en el desempeño de su oficio. Sus textos eran maliciosos, sutil el veneno que filtraba. Algo pasó con él, que su hombría se vino abajo. El día de su matrimonio, el presidente Adolfo Ruiz Cortines le regaló la concesión de la Lotería Nacional en Ciudad Juárez, negocio sin sobresaltos. Trastornado por una hermosa bailarina y cantante de Chihuahua, Yolanda de Anda, en días de alcohol y algo más quemaba vestidos de seda y arrojaba al excusado pulseras y collares que reponía en los amaneceres del amor.

Al cinco para las doce de la noche del viernes 9 de septiembre de 1966, Borrego se suicidó de un balazo. Sobre el buró de su recámara dejó escrito mi nombre y una palabra: “Avísenle”.

Un año antes, su hijo, también Enrique, se había lanzado a la muerte desde un sexto piso. Alguna que otra vez aparecía por Excélsior. Recuerdo al muchacho, flaco, de ojos azorados.

Los hermanos del periodista, Armando y Salvador, don Bernardo, Oliverio Duque y yo nos trasladamos a Cuernavaca con la determinación, a la postre inútil, de evitar la autopsia, traumático el destazamiento, el cuerpo tratado como despojo.

Contrastaban Armando y Salvador. Ni disfrazado del gigante Gulliver en la tierra de los enanos habría llamado la atención el primero de ellos. Salvador era de otra madera. Escribió Derrota mundial, visión del Apocalipsis. El suicidio de Hitler y el triunfo de Stalin se combinaban para que el comunismo se hiciera del orbe. En junio de 1968 habían circulado 34 ediciones del libro. Una de sus portadas muestra al führer con el brazo recto hacia el futuro y la esvástica del exterminio en el antebrazo izquierdo.

Escribió también Batallas metafísicas, que se ocupa del sexenio de Echeverría y la víctima que cobró: Eugenio Garza Sada. El gobierno había degradado el ambiente, devaluado el sentido de la vida, alterado los valores de los mexicanos. Echeverría y Garza Sada disputaron por la cadena de García Valseca y sus 37 periódicos en la República. El gobernante la quería para entregarla a sus amigos. No aceptaba que Garza Sada pudiera salvar de la quiebra a tan vasta red editorial. Debía 168 millones y Banca Somex los cobraba a nombre del acreedor, el gobierno. Garza Sada pugnaba en sentido opuesto. Aportaría el dinero que hiciera falta para mantener a flote el frágil emporio periodístico. Hacía falta su red informativa para evitar que los proyectos izquierdizantes del régimen avanzaran a un paso todavía más rápido.

A punto de cerrarse la operación, el 13 de septiembre de 1973, el empresario cayó abatido por un comando guerrillero. La operación financiera quedó deshecha mientras un velo oscuro descendía sobre Monterrey. El luto fue real, dramático. Garza Sada era considerado por los suyos como ejemplo de hombre y empresario, admirado y querido como ningún otro, pilar de la industria, certeza moral.

Despejado el camino, Mario Vázquez Raña, amigo de Luis Echeverría, pudo anunciar “a nombre de un grupo de empresarios” que había adquirido la cadena. Desde entonces, 1976, se le conoce como Organización Editorial Mexicana.

Ya en 1972, Julio Sánchez Vargas, director de Somex y más tarde procurador de la República, había nombrado interventor de los bienes de García Valseca al doctor en derecho David Vega Vera. Nos conocíamos de tiempo atrás y me contaba: recibía instrucciones de Fausto Zapata, el cerebro de Echeverría en los asuntos de la información; de Juan Francisco Ealy Ortiz García, hoy multimillonario con cartera para comprarlo todo, y de Gabriel Alarcón Chargoy, de fortuna paralela a la de su exsocio Miguel Espinosa Iglesias.

Vega Vera los escuchaba como quien oye llover. Tenía un jefe, Mario Vázquez Raña, su compadre. A su antojo, éste hacía y deshacía. Él llevó en 1976 a Mario Moya Palencia a la dirección de El Sol de México, la avanzada periodística de la empresa.

Los Marios, así eran conocidos en la Organización, se querían y juntos disfrutaban de la vida. Un día del doble onomástico, la fiesta tuvo una culminación entusiasta. Mario Moya Palencia se casaría pronto. Los presentes lo festejaron como se halaga a un novio feliz. Se hicieron bromas. El gran escándalo del momento era el secuestro de Moya Palencia: una mujer hermosa –dichoso él– se había apoderado de su corazón.

A finales de 1976, el grupo Sayrols, del que yo era director, encomendó al publicista Silvio García Patto una campaña en forma. Se trataba del lanzamiento espectacular de una revista ambiciosa: Ser Padres.

A la cita para la presentación del proyecto, García Patto llegó con una hora de retraso. Sudoroso, jadeante, se deshacía en caravanas y ofrecía disculpas. Se explicó, finalmente: en Los Pinos y del “mismísimo presidente Echeverría” había recibido instrucciones para diseñar una “campaña de suscripciones agresiva, convincente y poderosa” para hacer de El Sol de México el diario más influyente del país. Impresionado, García Patto comentó que vio en el presidente a un gran empresario convencido de su producto. A Fausto Zapata debería entregarle el proyecto para la campaña del más brillante de los soles, el sol sobre la República.

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Por aquellos días (18 de septiembre de 1969, jueves), a un año de la matanza del 2 de octubre y de la fiesta oscura de la Olimpiada, una bomba cimbró el edificio de Reforma 18. No hubo consecuencias dolorosas, sólo el hipócrita desfile de la preocupación oficial. Investigaría, ofreció el gobierno. A fondo, como dice siempre. Lamentable, afirmó el presidente Díaz Ordaz, y con él, todos. A las declaraciones seguiría el silencio, cal sobre el cadáver.

La historia habló a través del general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa en el tiempo aciago. Dejó escrito, bajo su firma, entregado el pliego a su hijo Javier, que el bombazo a Excélsior fue ordenado por el general brigadier Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial. Eran signos, las sombras que en pocos años cobrarían forma y volumen.

Luis Echeverría, el secretario de Gobernación, estaba en lo suyo. Maestro del doble rostro, se hizo de una imagen: el deber. Entrada la madrugada, mantenía el cuerpo inclinado sobre los documentos de una administración al gusto del presidente. Horas después, aún tibio el sol, volvía al trabajo como si la fatiga le fuera ajena.

Sus siete hijos eran muy unidos, y su esposa, doña Esther Zuno, que enseñaba a bailar a grupos de niñas, era considerada un ejemplo de buen trato y armonía interior. Era, además, la celosa cuidadora de un huerto hermoso. Su padre, el general José Guadalupe Zuno, era la antítesis del yerno: el viejo jalisciense entregaba los ojos a sus interlocutores y peleaba de frente. Había sido izquierda y mantenía una actitud escandalosa.

Echeverría abrió el juego para nosotros, los expulsados de Excélsior. Habría dinero para mantenernos en la lucha contra la pandilla hasta su destrucción final. Recuperaríamos nuestro patrimonio y salvaríamos un periódico a la deriva sin la mancuerna inolvidable: Gilberto y Rodrigo, que así empezábamos a llamarlos, sin el Don, porque eran nuestros.

Como primera medida alquilamos una oficina en el décimo piso, despacho 1013, del edificio San Antonio (polvo por el temblor de 1985), marcado con el número 64 de la Avenida Juárez, a unas cuadras de Excélsior. Gobernación cubriría la renta, el sueldo de la secretaria, el teléfono, la papelería, el alcohol cuando hiciera falta, que no hay como un trago para humedecer el alma.

Los viernes, días de pago en la caja de la cooperativa, serían también días de pago en el despacho de San Antonio. Todo proveería Gobernación: percepciones, vacaciones, gratificaciones trimestrales, licencias por enfermedad, la recompensa de fin de año. El licenciado Rojo Reyes, funcionario a la orden del titular de Gobernación, se encargaba hasta donde podía de nuestro bienestar.

De los 37 expulsados, 13 no cobraban, 24 sí.

Éramos del no: Carlos Álvarez, Armando Borrego, Oliverio Duque, Félix Escobedo, Octavio Figueroa, Carlos Freyre, Raúl Beethoven Lomelí, Jesús Moreno, Bernardo Ponce, Arnulfo Rodríguez, Aurelio Silva, Guillermo Velasco y Jorge Velasco.

Teníamos recursos o nos sobraba el dinero, como a don Bernardo, propietario de una mansión en Tecamachalco; o contábamos con influencias, como Arnulfo Rodríguez, Viborillas, y Raúl Beethoven Lomelí; o nos iniciábamos en un nuevo trabajo, como Oliverio Duque, mi hermano Guillermo y yo.

Eran del sí: Martha E. Alarcón, Fulvio Baroni, Salvador Cedeño, Ricardo Chávez, Alfredo Domínguez, Rafael Escobedo, Luis Garmendia, Tomás García, Alberto Gutiérrez, Raúl Gutiérrez, Óscar Guzmán, Enrique Jiménez, Evodio López, Guillermo López, Pablo López, Héctor Minués, Adolfo Ortega, Gilberto Rodríguez, Raúl Rodríguez, Luis Rojas, Pedro Salinas, Ladislao Santoyo, Juan Tenorio y Luis Urrutia.

No hubo problema, reclamo alguno por las listas antagónicas. O cobraban los del “sí” o el grupo se desintegraba. No había de otra. Nos unía una causa y un impulso: la salvación de la cooperativa.

A Rojo Reyes yo le llamaba “el perfecto secretario”. De corta estatura, rebasado por la moda, sin un rasgo propio, la voz confidencial era su habla. Presuroso, los minutos marcaban su tiempo. Susurraba: “Son instrucciones, señor…”.

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El 17 de marzo de 1972 enviamos un telegrama urgente a Luis Echeverría, donde se le pedía que ordenara que Industria y Comercio “convoque conforme al artículo 83 de la Ley, asamblea general para que socios de cooperativa la encaucemos nuevamente dentro de la legalidad y restablézcanse libertad, justicia y garantías constitucionales ahora violadas por usurpadores de Excélsior”.

Además, se le informaba que

“En momento que usted ordene, exhibiremos firmas originales de cientos de peticionarios convocatoria asamblea general (…) Al presidente de la República, al revolucionario, del modo más atento le pedimos intervenga para terminar situación injusta mancha y perjudica movimiento cooperativo mexicano. Conforme Ley y doctrina cooperativa seguimos solicitando asamblea libre donde voluntad socios sea respetada. Usted mismo, señor presidente, dijo dentro empresas periodísticas debe haber libertad para quienes en ellas trabajan. En Excélsior estamos en campo de concentración digno de los mejores días del fachismo. Usted es la luz única que nos queda en esta ignominia indigna del México que usted preside. Aguardamos su anhelada intervención, reiterándole respeto y consideración atenta.”

Pasó un tiempo breve y eterno. Don Bernardo y yo sentíamos esa fatiga que no es de los músculos.

A las 18 horas del 2 de julio de 1972, Moya nos invitaba con un ademán para que nos sentáramos en los sillones de piel oscura que añadían su matiz a una oficina concebida para el orden y el mando. Yo quedé frente a un cuadro de Benito Juárez, de Jorge Leguízamo. Me atrajo el Benemérito, con la raya del lado derecho de su cabello negrísimo.

Don Bernardo cumplió el rito, dio las gracias por la audiencia concedida y entró en materia como si llevara prisa. Echeverría, en los hechos, les había concedido todo a los usurpadores. “Repítase el procedimiento”, había dicho en el Tribunal Superior de Justicia; “La justicia de la Unión ampara y protege”, había sentado la ejecutoria a los colegiados; Industria y Comercio había autorizado nuevos libros de actas para las asambleas y consejos de la cooperativa en quiebra legal. “Todo para ellos”, escuché a don Bernardo, ya alterado. Y en seguida: “Deseamos saber las reglas del juego. Yo he invertido en esta lucha mis últimos siete años útiles, y Jorge, unido a un importante grupo de cooperativistas, ha visto cómo lo despojan de su patrimonio y, más aún, le quiebran su fe en las leyes. Deseamos saber cuáles son las reglas de este juego para aceptarlo o rechazarlo. Hablo sólo por los dos”.

Moya lo miró segundos largos, luego se detuvo en mí y sin decir palabra se incorporó del alto sillón de su escritorio y desapareció. Hablaba por teléfono. La red, los hilos del poder.

Regresó. Sonreía.

–Don Bernardo, Jorge, les tengo un mensaje del señor presidente.

–Viene –dijo don Bernardo.

–El señor presidente les pide, don Bernardo, Jorge, que su mensaje lo hagan extensivo a todos sus compañeros.

–Viene –repitió don Bernardo.

–Que tengan confianza.

Casi indiferente, don Bernardo interrumpió el ritmo del diálogo, una cierta cadencia que se había instalado entre
nosotros.

–Don Mario, le ruego me permita hacer una llamada al señor presidente, aquí mismo.

–Imposible, don Bernardo. El uso de la red impone reglas severas.

–Le ruego, entonces, que le pida al señor presidente que nos reciba. No le quitaremos más de un minuto. Que en este momento vamos para allá.

–No me es posible, don Bernardo. Se trata del señor presidente. Yo le puedo transmitir el mensaje que usted quiera.

–Se trata de un mensaje muy personal.

–No importa.

–Entonces, ya que usted insiste, dígale que vaya y chingue a su madre.

Me estremecí.

(Habla Scherer)

El año de 1973 circuló El Excélsior de Scherer, libro de 158 páginas. El escritor es virtual, Efrén Aguirre, nombre y apellido sin firma. No hay editorial responsable ni registro legal ni derechos de autor. El libro es la nada y, simultáneamente, un vasto mundo, obra etérea y pedregosa para atraer el escándalo sobre personas que más valiera se hubieran disuelto en el anonimato.

Yo aparezco como un sujeto cenagoso, menesteroso de la ayuda del embajador de la Unión Soviética, traidor a las causas nobles, adicto a todas las drogas y miserias. Al terminar la lectura que me era obligada, pensé que el autor habría deseado lijarme la piel y luego descargar agua de letrina sobre mi cuerpo.

El Excélsior… no fue libro único en su estilo. Al año siguiente de su aparición, un señor Leoncio Ibarra dedicó 140 páginas a don Daniel Cosío Villegas, cáustico crítico del gobierno, y vio también la luz El Móndrigo, autobiografía anónima que da cuenta del 2 de octubre y las torcidas razones del movimiento de huelga. También apareció Qué poca Mad…era, despunte de la guerrilla en la remota estación ferroviaria y cuartel del Ejército en Chihuahua.

Transcribo acerca de la obra que me alude:

“Ofreceremos la personalidad psicopática (de JSG) como un platillo para psiquiatras, biólogos y genetistas, con sus fuerzas psíquicas y fisiológicas que han hecho posible que siendo un insignificante ayer, ahora haya podido destrozar una entidad tan vigorosa, como Excélsior, el Periódico de la Vida Nacional.

“En cada viaje al extranjero, Julio consulta con especialistas de renombre y aquí sólo le ha faltado ponerse en manos de yerberos. Hemos sabido que algunos profesores que lo examinaron en Alemania, han expresado su insatisfacción con términos como inferioridad psicopática o personalidad psicopática y también con términos anticuados como insania moral.

“Desgraciadamente para Julio, su mal avanza. Es irreversible.”

No encuentro mi psicopatía galopante, pero sí el delirio ajeno. Detalla la obra los objetivos que perseguía en Excélsior. Movilizar al pueblo humilde en contra del gobierno; abatir la inversión de Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Alemania, Francia y países europeos no socialistas; nacionalizar la banca; expropiar las empresas comerciales nacionales y las que formen parte de consorcios extranjeros; dar muerte a la sociedad de consumo; confiscar las propiedades rurales en manos de extranjeros; anular los certificados de la inafectabilidad agraria y ganadera; abrir las cárceles a los presos políticos; amnistiar a los guerrilleros rurales y urbanos; sustituir el Servicio Militar por la Guardia Nacional y esto por tres poderosos motivos: La Guardia Nacional es el pueblo en armas; la Guardia Nacional incluye a jóvenes y adultos; la Guardia Nacional es una estructura de la democracia popular. Por último, a manera de colofón: disolver los cuerpos de policía y del Ejército para sustituirlos por milicias populares.

Sigue el libro, página 14:

“Desde hace años Julio Scherer García es cliente habitual de la clínica psiquiátrica del doctor Ramón de la Fuente, situada en la Avenida de los Insurgentes Sur, número 1748, despacho 503, de la capital de la República. En ese lugar estudian sus complejos que le hacen brotar desde el fondo de su subconciencia, algo que quieren ser dientes de guadañas y lengua de sicofanta (impostor, calumniador). En los anaqueles de la clínica, el doctor De la Fuente guarda celosamente el legajo de la personalidad psicosomática de Julio, en la cual aprecia la carroña encerrada en los meandros de su cerebro y entre los tegumentos de su corazón.

“Sabemos que su estado actual es de peligro, al grado que si se le sometiera a una operación quirúrgica, de esas parecidas a la autopsia, se hallaría una hipertrofia de sus glándulas suprarrenales, cuya excesiva producción de adrenalina causa, en su cerebro y en su hipotálamo, los efectos de una desorbitada megalomanía.”

Le pedí al doctor Juan Ramón de la Fuente, psiquiatra como su padre, que le diera a conocer las líneas que a él le conciernen. “Es un texto lamentable”, dijo. “Sí, doctor, por eso le pido que hable con el viejo profesor”.

Días después me vi con el rector: “Me contó mi padre que usted lo entrevistó varias veces en su condición de periodista y él respondió en su calidad de hombre de ciencia. Me dijo que desde entonces se estiman, convencido de que también los unen las discrepancias. Le hirió la calumnia a los dos, a usted y a él. No hay golpe artero sin dolor”.

“Hablemos usted y yo de la calumnia, doctor.”

Conversamos:

El asesino mata, muchas veces arrebatado por una vorágine que no puede dominar. Al calumniador no hay remolino que lo extravíe, perdida así sea momentáneamente la noción del tiempo y del espacio. El calumniador medita, une circunstancias y en el momento oportuno inocula el veneno. El calumniador agazapado mira de lejos la destrucción que causa. Es débil orgánico, psicológico.

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Desde su primera entrega –16 de agosto de 1968–, los artículos de don Daniel harían historia. Desechada la solemnidad, llegaron a describir al presidente Echeverría como a un lenguaraz y a Mario Moya Palencia, el aspirante número uno de la sucesión, como a un hombre sin el brillo inimitable de la cultura. A Díaz Ordaz lo inmovilizó en la historia con una frase, a propósito de Tlatelolco: “El gobierno caerá en un descrédito que nada ni nadie lavará jamás”.

Hizo la autopsia de la libertad de prensa el 29 de junio de 1969, días después de que el gobierno y los medios se congratularan de vivir en paz, atentos a la patria. Escribió: “No se ha dado ni puede darse una prensa libre junto a un parlamento servil; tampoco cuando el cine, la radio y la televisión son esclavos oficiales, o están excesivamente comercializados. No puede darse donde la autoridad tiene un poder incontrastable, sea legítimo o arbitrario. Imposible que florezca donde el ciudadano se siente inseguro, ya porque desconoce sus derechos, ya porque el temor le impide reclamarlos. No puede brotar si el gobernante es insensible al pulso de la opinión pública y si ésta carece de canales abiertos para manifestarse sin esfuerzo ni riesgo, es decir, natural y diariamente”.

“Arriba y adelante”, el fervoroso lema de campaña de Echeverría, provocaba a don Daniel: “Pero de dónde partimos y adónde vamos es lo único que no dice don Luis. ‘Arriba y adelante’, tan vacío como las nubes en que avanza su nave imaginaria”.

Aún temprano en el sexenio que siguió con pasión detectivesca, Cosío Villegas percibió dos características del personaje de la banda: su locuacidad y su mesianismo, al grado que pretendió el liderazgo mundial, la Secretaría General de las Naciones Unidas. Quedó asentado en El estilo personal de gobernar: “No sólo se tiene la impresión de que hablar es para Echeverría una verdadera necesidad fisiológica, sino de que está convencido de que dice cada vez cosas nuevas, en realidad verdaderas revelaciones. Es más: llega uno a imaginarlo desfallecido cuando se encuentra solo, y vivo, aun exaltado en cuanto tiene por delante un auditorio. Y si éste es restringido por el número o la homogeneidad de sus componentes, pide que lo escuche otro más amplio, de hecho la nación y aun el mundo entero”.